07 diciembre, 2010


Espejitos De Colores 6



"¿Deseas buscar el camino que conduzca hacia ti mismo? Espera todavía un momento y escúchame: Quien busca, fácilmente se pierde. Todo aislado es una culpa. ¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿O eres un primer movimiento? ¿O una rueda que gira sobre sí misma? ¿Puedes obligar a las estrellas a que giren alrededor de ti? ¡Son tantas las codicias que quieren elevarse hasta las alturas! ¡Tantos los movimientos desordenados de los ambiciosos! ¡Existen tantos grandes pensamientos que sólo actúan como una vejiga inflada! Cuanto más se inflan se hacen más vacíos. ¿Te llamas libre? Quiero que me digas tu pensamiento más importante y que no te has escapado de un yugo. ¿Eres alguien que tuvo el derecho de liberarse de un yugo? Hay quienes pierden su último valor al sacudirse de una servidumbre. ¿Libre, de qué? Pero tu límpida mirada debería anunciarse: ¿libre, para qué? ¿Puedes señalarte a ti mismo tu bien y tu mal y suspender tu voluntad por encima de ti como una ley? ¿Puedes ser tú el vengador y el juez de tu propia ley? Es terrible permanecer a solas con el juez y el vengador de su propia ley. Como una estrella proyectada en el vacío y en la helada atmósfera de la soledad. Hoy todavía te atormenta el número, a ti, el único. Hoy todavía posees todo tu valor y todas tus esperanzas. Sin embargo, tu soledad te fatigará un día. Tu orgullo se doblegará y tu valor rechinará los dientes. Un día gritarás: ¡Estoy solo!. Un día no verás más tu elevación, y tu bajeza estará demasiado cerca de ti. Lo que hay en ti de sublime te causará miedo, como un fantasma. Un día gritarás: ¡Todo es falso!. Hay sentimientos que quieren matar al solitario. Si no consiguen medrar, tendrán que perecer a su vez. Pero ¿eres tú capaz de ser asesino?"


Friedrich Nietzsche, Así Habló Zaratustra.
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12 octubre, 2010


Diecisiete (Doce) Cuadras


-Osvaldo... Mire; mejor le digo la verdad. Me cansé de este grupo borrachón. Ya no puedo mantener una conversación coherente, y sus amigos están cada vez peor. Quisiera irme a mi casa. ¿Usted haría el favor de acompañarme?

Se había escurrido entre Manuel y Ramón, que la acechaban después de la undécima copa de vino regalada al brindis. Como una súplica, esquivando las sillas desparramadas fuera del tablón, llegó a mi lugar apartado bajo la frescura del sauce que dividía el patio. Mi cenicero estaba lleno de colillas, quedaban pocos cigarrillos, la nuca me dolía, y el lugar era ya una ensalada amorfa de cuerpos que no tenían la más mínima relación con los sonidos que carraspeaba la fonola.

Y ahí estaba Julia, arrodillada y hablándome al oído; como ocultándose. Era extraño. El reloj recién marcaba un nuevo día y la madrugada despertaba. Los muchachos estaban bastantes insoportables, tal vez, pero era divertido escuchar los raudos suspiros y oraciones inconclusas en las que volcaban todo un paisaje etílico. Julia apretó suavemente mi hombro para insistir. En realidad no estaba muy a gusto con su forma de pedirme aquel favor, pero al notarle cierto brillo de sugerencia en los ojos, dejé de buscar en mi archivo de excusas gentiles para damas, y accedí sonriendo. La tomé del brazo y nos levantamos mientras reflexionaba: apenas había pasado media hora de la medianoche, Julia vivía un poco alejada del lugar, y en realidad nadie sabía qué esperar allá afuera en las calles del barrio, oscuras y húmedas gracias al maldito verano que sufríamos en esos tiempos de miedo casi prohibidos para aquel que quisiera vagar solitario en la noche. Bastaba el sólo hecho de pensar un instante en la posibilidad de caer en las manos de un depravado como el que andaba suelto y al acecho.

Ajenos de lo que sucedía a nuestro alrededor, nos deslizamos hasta un tapial y desaparecimos por detrás del sauce que nos ayudó a pasar inadvertidos. De allí en más, la calle nos acogió con su soledad forzada.

En aquél panorama desértico supongo que hubiera sido agradable observarnos desde lejos. Un indiscreto se habría encontrado con dos siluetas adueñándose de toda la oscuridad nocturna; el caballero y su dama marcando el compás del camino. Un caballero rey en su imagen de hombre considerado y valeroso. Una dama que halagada de encanto, lo llenaba de orgullo. Y allí estaban, eran, pero al mismo tiempo no. Porque también había un hombre que en su interior, donde nadie podía verlo, agradecía estar acompañado en aquella boca de lobo. Un cobarde incapaz de confesar el temor a la oscuridad; un niño que necesitaba de un abrazo y contención; un pasado de carencia afectiva.

Luego de unos pasos faltos de coordinación, doblamos en la esquina y nos detuvimos bajo el toldo del quiosco de María. Que cómo le va, que tanto tiempo sin vernos, que el calor insoportable. En fin, las mentiras piadosas de nuestro papel de siempre, para no pasar al silencio incómodo y rellenarlo con cosas más vacías y menos interesantes que la tranquilidad de esperar un simple vuelto.

Cruzamos la calle sin otra posta en el camino, y Julia abrió su paquete de cigarrillos.

-Tome. Fúmese uno conmigo.

-No, gracias. Ya estoy bastante atabacado por esta noche.

Yo venía tranquilo con las manos en los bolsillos, y no tenía intención de sacarlas por el momento.

-Vamos, Osvaldo. No me deje sola. Compartamos la misma nube de humo.

-Bueno Julia, si insiste...

Trabajosamente, saqué las manos.

-Che, ni que hiciera frío -dijo empujándome con su hombro.

Lo peor que pudo haber hecho en ese momento fue tutearme de manera cómplice para romper el hielo. Junté mis cejas lo más que pude y la miré fijo, esperando no tener que explicar mi desaprobación con su actitud.

-Bueno, como quien diría, el horno hoy no está para bollos... -y me empujó de nuevo.

Otra vez esa confianza insegura y grosera. Quise insultarla, pero me contuve imaginando mi cama bailando en el silencio de la tranquilidad, con el velador encendido sobre mi cabeza. Me limité entonces a tratar de no prestar atención a la oscuridad; bajar la mirada en los pies, contar los pasos, y degustar mi cigarrillo. Para colmo de males eran Fontanares. Ese dibujo estúpido con los arbolitos. Julia entendió mi indirecta, y caminó unos metros sin emitir otro sonido más que el leve exhalar del humo de esa bocota que tenía. Bocota para parlotear como un loro que aprendió su primera palabra; pero según los muchachos del bar, para otras cosas servía.

Verán: Julia hacía poco tiempo que estaba en el barrio. Había llegado casi sin llamar la atención, con nada de equipaje, prácticamente lo que traía consigo. Con el pasar de los primeros días comenzó a pasearse por las veredas como una ráfaga de viento sur; se instaló en el cuartucho de una pensión, y todavía buscaba trabajo. Ya en menos de una semana estaba en boca de las mayores chismosas de la cuadra, y gracias a su desenfado juguetón y sugerente, comenzó a tener cierta mala fama. Y parecía estar hecha para ese juego sucio; le gustaba. No era linda, pero tampoco su espejo se opacaba al reflejarla; grandota, de senos opulentos, siempre ingeniando alguna forma para hacerlos resaltar más de la cuenta. Todo el tiempo su boca pintada de un rojo furioso, que resaltaba los labios como una marquesina de cine. Ella nunca lo decía, pero usaba peluca; una peluca rubia con grandes bucles al estilo Marylin Monroe, que de vez en cuando dejaba escapar algún mechón castaño oscuro. Y siempre llevaba un pañuelo cubriendo su cuello, supongo que para ocultar algún detalle cosmético. Tendría unos treinta y seis años; era una espina de rosa suelta en un salón lleno de globos.

De su vida, poco y nada. Solamente que venía de la capital. ¿A qué en esta ciudad apueblada? Ella decía que buscaba tranquilidad. Y parecía que la encontraba, sobre todo al anochecer, ya que al poco tiempo se hizo habitué del boliche. Llegaba sola, sentada sola, marchaba sola. Una copita de jerez y quedaba perdida en la calle, a través de la ventana. Hasta que una noche se fue con Teodoro. Teodoro era el que más levante tenía en el grupo, y no era raro verlo acompañado por una mujer de vez en cuando. Los dos desaparecieron prácticamente de la misma manera que lo hicimos en la fiesta, y esa noche con los muchachos quedamos varados en ideas que con el pasar de las horas se tornaron historias prohibidas.

La intriga perduró hasta el día después, cuando Teodoro apareció medio deshecho, y las conjeturas continuaban en el mismo lugar donde habían quedado la noche anterior. Lo rodeamos como niños prestos a una travesura secreta, y allí tomó forma la célebre historia de la boca de Julia. Las viejas del barrio escribían simples gacetillas; nosotros, todo un diario completo.

En nuestro recorrido nocturno, todas estas cosas que sabía de Julia me daban vueltas en la cabeza como un carrousel de ideas, subiendo y bajando, desapareciendo y mostrándose en cada nueva vuelta. Su boca, su ropa, el misterio, la sugestión... En realidad, no sabía que hacer. Se me tiró encima y me tomó del brazo. Yo seguía con muy poco humor, e intentaba guardar aunque sea una mano en el bolsillo. Y la miré a los ojos otra vez, para recibir justamente lo que no quería: una mirada provocativa.

-Osvaldo... ¿No le da un poco de miedo esto de andar los dos solos por la calle, y a estas horas?

Parecía estar hecha solamente para fastidiarme. Me sentía mal por aborrecerla tanto, pero hacía todo lo que no debía. Miré el cielo que me espiaba con sus miles de ojos, bajé la vista aterrorizado, tomé aire y decidí hablar.

-Para eso me solicitó que la acompañe Julia, para que no tema.

-Si, ya sé, tontito... Pero... ¿Mire si ahora sale el loco ese y nos mata a los dos juntos?

La vena latiendo en mi nuca señalaba el límite de tolerancia -que en general ha sido siempre bastante efímero-, y mis manos comenzaban a transpirar sudor frío. Ataqué sin importarme ser rudo o grosero.

-Le dije que la acompaño para que no pase nada. ¿Usted no lee los diarios?

-En realidad no simpatizo con la tergiversación amarillista.

-Bueno, a ver si me atiende un poco. Supongamos que nos topamos con el tipo; sinceramente, creo que no haría nada. Este hombre, según lo que se describe en el diario, respeta ciertas condiciones al actuar. Estrangula por las noches, sí, tiene preferencias por las mujeres, pero en oportunidades que son detonantes para su libido criminal. Es necesario que estén solas, y su perfume desparramado a varios metros. La cuestión es que nosotros somos dos, yo soy hombre, y no creo que usted lleve puesto algún perfume.

La miré fijo por un instante en el cual quise cerrar los ojos para abrirlos nuevamente en la fiesta, y emborracharme con mis amigos en una avalancha de abrazos inconscientes y felices. Julia me miraba petrificada: pensé que a fin de cuentas había tocado su orgullo y se callaría por un rato, pero fue todo lo contrario. Su credulidad e inocencia le hicieron tomar mis palabras como un cumplido; sonrió, y se colgó de mi brazo. Escapé desviando la vista en el camino, ansiando la llegada a mi hogar. Y Julia, sin embargo, se acercaba más a mi cuerpo. Yo, agotado de llevar la máscara del duro, de reojo vigilaba el cielo, falto de luna y lleno de agujeros que miraban y miraban, una y otra vez. Caminábamos en la oscuridad total, de no ser por unos tímidos faroles que alumbraban a través de las ramas, dibujando sombras espantosas en el asfalto. Y una salida de estos soles nocturnos, nos hundía en una tumba que con cada palada de tierra estancaba mis pasos. El canto del viento a través de las hojas hablaba en el idioma del susto, y al cuerpo entero llegaban los recuerdos del niño que todavía soy bajo el influjo de la oscuridad.

Pero allí estaba Julia con su terca insistencia. Mi rencor comenzó a crecer como un desborde de río, mientras ella no dejaba de hablar del criminal, intentando llevar la conversación hacia el punto crucial: el sexo. Este loco ataba a sus víctimas y las violaba de una forma salvaje y grosera, estrangulando de manera gradual, ejerciendo cada vez más presión, hasta llegar al orgasmo en el mismo momento que la víctima moría asfixiada. Supongo que buscaba una verdadera fusión de la pequeña muerte, como llaman al orgasmo en Francia, con la muerte misma. Era tal la brutalidad aflorante de su frenesí, que cuando las pobres víctimas eran encontradas, sus cuerpos descansaban en un gran charco de sangre; sin embargo, no presentaban un solo corte en todo el cuerpo. En la mejilla de cada mujer, siempre la firma del asesino: una marca de rouge, como un beso de despedida.

Su mirada me punzaba la cabeza aunque intentara no mirarla. En realidad estaba inmerso en una encrucijada para mis pensamientos, porque sería hipócrita afirmar que no me interesaba en lo más mínimo la osadía de Julia; pero el momento y la situación no eran para nada los indicados. El menor sonido o movimiento eran un mazazo en mi nuca, un mareo repentino fuera de control. Ya no sabía de qué manera evitarla. Terminé mi cigarrillo, excusa para no decir palabra alguna durante las pitadas, y con un movimiento brusco me solté, o mejor dicho, solté la mano de Julia que era ya una ventosa adherida a mi brazo, para introducir las mías nuevamente en los bolsillos. Era lo que más quería.

Fue entonces cuando nos internamos en un callejón completamente oscuro. Era el final: mis miembros comenzaron a responder de una forma insólita, y un sudor frío, de hielo mortal, marcó mi frente. Las piernas comenzaron a temblar, y cada paso era una eternidad; cada sonido disparaba mi corazón en una carrera espantosa y lastimera. Los brazos, las manos, colgaban como carne congelada. Estaba muerto de miedo en una vida de latidos acelerados, y lo único que quería era tirarme al piso y llorar.

Lentamente caminamos; Julia me empujaba como si fuera un juego de escondidas macabro, y arrastrando los pies como si mis suelas fuesen de hierro, me dejé llevar hacia el terror. Transitábamos ya la mitad del callejón, y me hubiera costado todo el resto de mi vida llegar al otro extremo, si no hubiera sido porque en ese momento Julia tomó mi mano.

-Osvaldo... Lo que sí sé sobre ese hombre es lo que hace antes de matar a sus víctimas...

De repente todo en mí era calma. El temblor que amenazaba con tumbarme como una pared desapareció. La oscuridad era ahora mi amiga de toda la vida; por las ventanas de las casas no me acechaba nadie; la luna asomaba entre las azoteas para saludarme, rodeada de constelaciones; los murciélagos sobrevolaban mi cabeza silbando al alejarse, y tenía frente a mi sonrisa eterna y novel, a esta mujer que apretaba suavemente su mano con la mía y hablaba no sé qué cosa. Y un impulso me mandó actuar; algo a lo que no quiero encontrar explicación; algo que nunca jamás voy a reprocharme.

Tomé a Julia por la cintura, la miré a los ojos, y le entregué el beso que entregaría solamente a la mujer de mi vida, que no era precisamente ésta. Pero sentí el impulso y la necesidad de llevarlo a cabo, como también el de abrazarla y acariciarla; desnudarnos poco a poco y bajo la penumbra, mi nuevo hábitat, entre paredes derruidas y en una calle mojada por la humedad, hacer el amor clandestinamente, y llegar de la manera más hermosa, juntos, al éxtasis. La pequeña muerte. Y vivirnos en una pasión ultrajada e improvisada; pero valedera y legítima.

En realidad no sé si Julia hubiera sido la solución a mi dilema. Probablemente; pero nunca lo voy a saber. La única certeza con la que cuento es que hubiera sido terrible el depender de la aversión hacia una persona, y estar con ella por el solo hecho de que correría con todos aquellos temores que volvieron después. Me consuelo pensando de forma negativa; que como todos decían, era una perdida que cambiaba de hombre como de bombacha. Pero me siento una basura insensible ya que hay algo, marcas, que me dictan lo contrario y martirizan a mi arrepentimiento, que se arrastra de una forma reptil para enredarse entre mis piernas y hacerme caer en la verdad de lo que siento.

Ni bien terminamos nuestro acto de entrega, finalmente pude meter las manos en los bolsillos para colocarme los guantes de goma. Julia acarició mi rostro con cariño, y me besó sincera, dibujando un te quiero en sus labios. Yo respondí con una sonrisa y la abracé fuerte con todo el cuerpo. Subí mis manos hasta su cuello y apreté demasiado.

Y me marché dejando un problema nuevo a la policía, y un miedo nuevo a la gente, y un sentimiento nuevo para mí.
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27 septiembre, 2010


02 - El Franco y la Noche


Hasta el día de hoy la civilización, tal y como la concebimos la gran mayoría de los mortales, nos ha manejado con algunas variables más, algunos cambios menos, de la misma manera: para acallar el total salvajismo de la naturaleza humana se imparten ciertas reglas, creencias y mandatos represores, estableciendo un leve equilibrio en común que garantiza la convivencia entre unos y otros para no terminar destruyéndonos. Aquellos individuos que responden al modelo instaurado por lo general proliferan en números, y si el sistema de vida logra sostenerse y las bases del mismo se arraigan al inconsciente colectivo, la ecuación da como resultado una sociedad. Que ésta prospere y se mantenga en el tiempo depende de una sola cosa: obediencia. O mejor dicho pasividad.

Una sociedad se puede comparar con un río. Tiene un cauce donde el agua es contenida, y a su vez una dirección única que debe ser obedecida sin demasiado esfuerzo, pues una vez en ese cauce y abrazadas por el mismo, lo único que las aguas deben hacer es dejarse llevar. Suele decirse que la vida misma es como un río, entonces el ser humano sería un pez que fluye en la corriente. Dentro de ésta, su ciclo vital puede llevar un desarrollo óptimo: nacer, comer, crecer, multiplicarse y morir. En resumidas cuentas, si despojáramos al ser humano de algunas costras que nos han legado la civilización, las sociedades y la historia, nuestra vida no distaría demasiado de la de un pez. Ciertos ortodoxos de lo civilizado se aferran a la supuestamente irrebatible idea de que gracias a un ordenado modelo de sociedad, el ser humano logra desarrollar tanto sus libertades colectivas e individuales, siempre que el mismo acate las reglas y mandatos de convivencia estipulados, para que su pasar por la vida se asemeje al del pez fluyendo en la dirección que marcan el río y su cauce. Pero muchos olvidan que una cosa es un pez, y otra muy diferente un pescado.

Y el Franco siempre ha sido uno de esos que viven cuestionando lo estipulado. Baste un ejemplo, el día y la noche, tal y como se los concibe en la forma natural de nuestras sociedades. Como siempre le ha gustado eso de ir contra la corriente -su animal preferido es el salmón-, Franco vive de noche. Pero no duerme de día; más bien dormita, pues no quiere perderse nada del mundo, aunque despotrique contra casi su total integridad (asegura que la gran mayoría de lo que nos rodea y nos pasa merece ser criticado). Todos sabemos muy bien que en ciertas horas de la madrugada es necesario, hasta para la persona más noctámbula e insomne, cierto momento de relajo; despilfarrar por allí algún que otro cabezazo, jugarle una apuesta al sueño por pura gana, o el trabajo que no terminamos y trajimos a casa (otra vez). El Franco aprovecha esos momentos de debilidad en la conciencia para acometer contra su cuerpo. Cuando lo físico lucha la batalla del cansancio y exige recarga energética, mi amigo ofrece vigilia inagotable, cargamentos de café ennegrecido y extraños procedimientos con los que humilla al sueño, y disfruta su burla como un párroco luego del sermón ante los fieles. Cuando logra un estado de frágil lucidez que se asemeja a esa sensación que tenemos justo al momento de quedarnos dormidos y nos damos cuenta que eso es lo que está sucediendo, Franco inexplicablemente logra mantenerse a voluntad en ese estado durante horas.

Llegó entonces la noche en que se me ocurrió acompañarlo, y terminé descubriendo lo que es estar loco. En ese estado de vigilia ensoñada, Franco comenzó a divagar. Contó que ciertas personas aseguran que un demente no es otra cosa que alguien soñando despierto. Y el término soñar le parecía a su vez un feliz acierto, pero casi una verdad apocalíptica, ya que todo el mundo, tal como lo conocemos, no sería otra cosa que una ilusión colectiva. Bien sabemos que estamos divididos por consciente e inconsciente, y que este último se manifiesta en el sueño ejerciendo su libertad, la cual no encuentra en el estado consciente, gracias a las barreras que imponen la moral, la ética, los valores. Un loco entonces es aquél que ha dejado de reconocer -o ha perdido- todas estas imposiciones, y libera su inconsciencia al mundo material. Es así que sueña despierto. Pero entonces, ¿no está haciendo, no está siendo lo que realmente quiere, y el mundo no le deja ser y hacer? Según Franco, una gran razón para no dormir. Sacar al inconsciente a que tome un poco de aire; volverlo realidad constante. Yo le hice notar que gracias a las manifestaciones de la conciencia encontramos el equilibrio justo para lograr la convivencia con los demás; si no fuera por ésta, ya la raza humana se habría exterminado a sí misma. Y Franco me reprochó -luego de esto no supe qué decir- que ése es nuestro destino. Tarde o temprano vamos a ser exterminados por nosotros mismos, y ya lo estamos haciendo desde que somos hombres; y que gracias (GRACIAS) a la conciencia lo vamos a hacer muy tarde. Es como si estuviéramos pagando nuestro certificado de defunción en cuotas. Despotricó contra la histeria de la raza y sentenció que si vamos hacia nuestro fin, sería mejor hacerlo de una buena vez y no dar tantas vueltas.

“Mirá Juan; todos somos únicos, y eso lo sabemos bien. Esto se debe a que por suerte existe la subjetividad; creo que es la característica más rescatable del ser humano. Gracias a ella no somos logaritmos fríos e incorruptibles números, o piezas compactas de un rompecabezas. Pero a fin de cuentas, ¿lo somos o no? A qué estamos atados, qué o quién nos puso un grillete, de qué somos prisioneros? ¿Qué es este mundo delante de nuestras narices? ¿Vos fuiste partícipe de todas estas reglas y mandatos? ¿Alguien pidió tu opinión para que las cosas sean como son? Las pelotas. Me cago en este mundo. Me cago en vos, en mí y en los demás. Me cago en los que siguen lo estipulado; en la objetividad almidonada. Yo alabo lo subjetivo; mi subjetividad, la tuya, y la de toda la gente que la exprese. Esos miles de mundos diferentes que existen gracias a quienes piensan distinto e intentan hacer esa diferencia, aunque sea desde ese lugar tan chiquitito que ocupan en la sopa que es la gente. Y alabo a los artistas, que riegan con sus perfumes el nauseabundo olor a podrido que reina por todos lados; los artistas, que nos salvan con la sensibilidad de lo subjetivo. Y si decir esto es ser un loco, me cago mucho más en todo, y orgulloso estoy de mi delirio.”

Como dije, esa noche conocí la locura. Y hoy me da miedo lo que veo; siento que lo que me rodea puede llegar a esfumarse en algún momento, que pronto esa ilusión colectiva de la que Franco hablaba va a derrumbarse y a ser escombros de una estabilidad de marioneta, y no encuentro otra salvación que la de cerrar los ojos e intentar verme por dentro para salir afuera. Pero en ocasiones -que son las más- no me gusta lo que encuentro.


(Continuará en próximas publicaciones)
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16 septiembre, 2010


Instructivo N° 4


Tarde o temprano usted notará que las uñas de su mano crecen. Lo mismo en la otra, y si observa que al final de cada una de sus dos piernas hay un pie, el asunto termina siendo un espanto de queratina. Justo cuando usted menos guarda su apariencia y más desprecia la cultura de lo superfluo, ese familiar viscoso o aquél vecino recalcitrante se aparece con un trabajo de manicura que da ganas de apalearlo hasta sentirse feliz. Luego mira cada una de sus uñas, desprolijas y aferrándose hasta la vergüenza de toda su carne, escucha el clamor, esos gritos minúsculos, y siente una lástima insufrible. Usted vela por libertad y justicia, simpatiza con movimientos humanistas y hasta participa en alguna manifestación cuando no hay partido; pero lamentablemente debe censurar la naturaleza, aunque le duela en el alma igual que unas anginas. Es verdad, para que no reine el caos debe existir algún tipo de control; remoto es el tiempo en que la paz y el amor eran estandartes de la más sentida generación que no pudo cambiar al mundo. Dulces los recuerdos de armonía y coexistencia, amplia la cúpula que atesora su ideal; pero usted deberá ahora cortarse las uñas, ya que si por el contrario elige tomarse un vermut en cualquier momento van a amotinarse de tal manera, que bastará una leve comezón en su cuello para que al momento de rascarse llegue la venganza como un zarpazo, repatriando chorros tibios en su camisa y comensales.

No es tiempo de vacilar; sus uñas lo odian y lucharán como nunca nadie ha defendido su existencia. Seguramente recuerda aquella discusión con su ex pareja, y todavía han de dolerle cada uno de los rasguños impartidos; pero sépalo usted, que estaba equivocado. Las causas y razones varían de cuando en cuando, pero generalmente son las mismas. He allí lo superfluo. Las crisis maritales no son otra cosa que un gran pasatiempo para ocultar la cruzada que mantienen las uñas contra los humanos. Quizá piense que esta advertencia es el fruto de un ferviente facundo de feria, pero ni la cacofonía podrá desteñir el siguiente, y más revelador de los hechos: usted está en pavorosa desventaja; son veinte uñas contra un humano, y van a vengarse en el próximo evento cotidiano.

Corra. Grite. Abandónese al caos. Porque el fin puede estar en la próxima caricia.

Seguramente ya tiene su tijera o cortauñas consigo. Ha dejado cualquier idea de libertad, igualdad y fraternidad en París (ya bastante tienen en Francia con las revueltas de vello axilar y la demanda insospechada de afeitadoras descartables). Es hora de sentencia y guillotina.

Para cortarse las uñas deberá usted estar muy atento y ser fuerte de carácter; muchos serán los momentos donde una lástima injusta se cuelgue por los recuerdos: esa picadura donde no ha llegado ni la más valiente de sus yemas, y su uña del meñique, sabia y laboriosa, hurgó en buen momento hasta hacerle sentir el éxtasis; aquél resfrío en su fiesta de confirmación, cuando todos prepararon la foto familiar y usted era puro mocos y baba, hasta la magnífica exploración de su índice en cada fosa nasal para barrer con la vergüenza que sería ver su rostro año tras año en los recuerdos de domingo; y por último pero no menos, la satisfacción de haberle arrancado el pellejo con todos los dedos a ese púber que recreo tras recreo atestaba de arena los bolsillos de su delantal. Para no caer en las redes del sentimentalismo es recomendable la más simple solución: emborracharse. Pero cuidado al hacerlo; puede ser un gran problema si al momento de cortar el mundo se escapa en vueltas; peor aún cuando la vista se dobla; verá usted la revolución en plenas narices y querrá escapar, olvidando que las uñas lo persiguen en su cuerpo. Y usted no quiere eso; usted quiere cortarse las uñas.

Una vez borracho y olvidados los recuerdos, extienda en el suelo una buena porción de nylon y acuérdese de alguna canción de cuna. A las uñas les encantan las dulces melodías. Busque calmarlas, y la oportunidad aflorará en el próximo compás. No se duerma, por favor. Será noticia de primera plana si lo hace. Cantando el arrorró, lentamente acerque su tijera extendiendo la mano pero haciendo de cuenta que va a aplaudir el final de la canción. Cuando crea necesario, grite repentinamente, ateste un seco movimiento, y lance la guadaña en picada contra sus uñas. Cierre, abra una y otra vez, disperse los trozos a diestra y siniestra, hurgue en la fina capa que expulsa su piel de cada invasión, llene de estruendos la noche, corte todo vestigio rebelde. Gane la guerra y extienda su bandera en el campo de batalla.

Querido lector; usted se ha cortado las uñas forjando el poderío de la razón sobre la barbarie. Contemple el premio servido al nylon. Es ardiente el triunfo y la sangre del fin, testigo inviolable de un paso rotundo; vasto el fuego de la determinación. Ahora junte cada trocito que haya resultado de un desliz, y marche al hospital, botella en mano. Nadie, ni los médicos, van a opacarle el festejo.
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15 septiembre, 2010


Génesis


No me gusta el tren fantasma. Contrario a esto, la mayoría de la gente disfruta del mismo, y creo entender por qué tiene tantos adeptos. La razón más evidente es la necesidad de sentir algo tan real y palpable como el miedo, la adrenalina disparada por todo el cuerpo y el corazón bombeando la vida en cada latido; una forma arcaica de saberse vivo, que escapa a cualquier intento de lógica, y conecta directo a los temores primarios de una persona, como la oscuridad, lo oculto o lo sobrenatural. Es también un deleite masoquista; quien se lanza a esa nada lúgubre está alimentando lo más íntimo y traumático de su infancia, o quizás construye un acto de osadía contra el mismo temor, una suerte de provocación efímera para salir victorioso al terminar el recorrido; aunque yo no he visto a nadie entrar solo. Siempre es acompañado. Es muy sencillo compartir la experiencia si se tiene otra persona para tomar del brazo y sentirse protegido, pero quisiera ver qué sucede si alguien se expone al hueco del tren fantasma en la más absoluta soledad. Estoy seguro que de esta manera la atracción ya estaría entre aquellos divertimentos que la mentira del progreso se ha tragado. Pero más allá de todo esto, más allá del miedo en sí, hoy en día veo que la convocatoria del paseo se resume a una sola cosa: sentir. Sentir algo. Aunque sea espantoso. Pero algo real.

He vivido lo suficiente para afirmar, como dice la gente grande, que el mundo de hoy ya no es el de antes. Podría hacerse una salvedad al respecto y decir que el mundo sigue siendo el mismo, y la gente es la que ha cambiado. Yo declaro lo siguiente: el mundo es el mismo y la gente también; lo único que cambian son las máscaras. Y este presente que nos toca atestiguar es la era de la máscara. Todos están escondidos, viviendo el anonimato, al resguardo del otro, mirando por sobre los hombros. ¿Pero qué ha vuelto a las personas así? El miedo. Un miedo demasiado abstracto y volátil como para entenderlo y difícilmente identificarlo. Muta constantemente: temor a mostrarse real, vulnerable y lleno de errores, prejuicios ante lo nuevo o distinto, competencia desleal y traicionera, individualismo salvaje y excluyente, miedo a saltar vacíos confiando en los demás sin pensar en las consecuencias; y así se termina siendo otros, esos, aquellos, los demás, y nunca nosotros. Hoy es tiempo del nadie. Nadie hace, nadie dice; sin embargo el mundo sigue andando.

Entonces, en este reino absoluto de la máscara y las apariencias, cabe preguntarse cual es la realidad. La realidad del ser humano es su miedo más íntimo. Es lo único auténtico y palpable que le ha quedado. Por eso entiendo que tantas personas se vuelquen al tren fantasma y siga vigente, a pesar de la falsa explosión de sentidos a la que nos ha llevado la tecnología. Es paradójico: se huye del miedo a través del miedo, y se busca lo real a través del disfraz. Porque justamente la atracción es eso, una gran máscara oscura, maquillada de celofán y cartón, escenario de humedad, sombras y mugre, cables, alambres y dispositivos de puro artificio, laberintos que hacen vivir el horror auténtico y primigenio, un miedo puro y cristalino que toma forma diferente para cada uno, pero que sin duda alguna viene del mismo lugar, de la misma entraña, la misma humanidad y el mismo temor instintivo que hace a todos iguales. Ése es el miedo real, y no el que reina en el mundo fuera de los túneles del tren fantasma; ése es el miedo que nos muestra la verdad: la gente no ha cambiado nunca.

Aún así, tras décadas enteras de trabajo sin interrupciones y conociendo todos los secretos sobre el arte de asustar, hoy desprecio mi labor en este sitio. Tarde o temprano iba a suceder, lo supe cuando huí de mis tierras ya hace tiempo, y finalmente estoy cansado. Vivir encerrado en esta mentira decorada no es para mí; no me han nacido para esto. Sin embargo, nunca me he sentido tan a gusto en otro lugar que no sea éste. Y no hablo de melancolía o nostalgia por antaño, ni remembranzas de niñez; este lugar es lo más cercano a un hogar que he tenido en mucho tiempo. Allá afuera los autos, las luces, el ruido, el rebaño y la acometida furiosa del progreso me han desplazado definitivamente, para terminar en este hueco escondido y apagado. Todo por tener escrúpulos; por dudar del llamado natural. Por creer en el ser humano. Una raza acabada, mohosa, sin ningún atisbo de humanidad, viviendo una mentira y en la recta final que conduce a la destrucción. Eso es lo que buscan en estos túneles; revivir el último baluarte de sus realidades. Eso es lo que piden: la aniquilación total del afuera, la muerte de la máscara, la urgencia de un nuevo camino; realidad a través de lo auténtico.

El paso del tiempo y el curso de la historia han demostrado que no hay lugar en el mundo para lo que soy. Así como se debe aceptar lo irreparable, abracé esta idea y me hice a un costado, legando el reino a la humanidad, sólo para ser testigo de su decadencia y posterior caída en este presente aciago. Hoy, la quimera del hombre está abierta junto a las puertas del tren fantasma, clamando el desenfreno del horror y la sangre. Porque la sangre es vida. Y a través de ella nacerá un nuevo mundo, como también el verdadero cambio. Ellos quieren realidad; yo les daré al vampiro.
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06 septiembre, 2010


Espejitos De Colores 5


No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de la tumba fría;
muertos son los que tienen muerta el alma
y viven todavía.

No son los muertos, no, los que reciben
rayos de luz en sus despojos yertos;
los que mueren con honra son los vivos,
los que viven sin honra son los muertos.

La vida no es la vida que vivimos,
la vida es el honor, es el recuerdo,
por eso hay muertos que en el mundo viven
y hombres que viven en el mundo, muertos.


Antonio Muñoz Feijoo.
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05 septiembre, 2010


Ramón


Mar adentro,
mar adentro.

Y en la ingravidez del fondo
donde se cumplen los sueños
se juntan dos voluntades
para cumplir un deseo.

Un beso enciende la vida
con un relámpago y un trueno
y en una metamorfosis
mi cuerpo no es ya mi cuerpo,
es como penetrar al centro del universo.

El abrazo más pueril
y el más puro de los besos
hasta vernos reducidos
en un único deseo.

Tu mirada y mi mirada
como un eco repitiendo, sin palabras
‘más adentro’, ‘más adentro’
hasta el más allá del todo
por la sangre y por los huesos.

Pero me despierto siempre
y siempre quiero estar muerto,
para seguir con mi boca
enredada en tus cabellos.


Ramón Sampedro.
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28 agosto, 2010


Aparecer(teme)


Me vale el peso en tu ausencia, lamiendo al tiempo perdido, cayendo como un pendiente (pendiente de todo). Descansa en palma, sudor y ambiente. Sí; gusto de emprender viaje, canto para andar presto, porque tú y la sonrisa ninfa. En blanca imagen de hambres te enciende la noche, llama ardiendo que brama a la calma. Y desprendo gemido, dibujos y brazos prietos, los hijos del muro vientre; lleguen, griten nombres que has tenido por cada vez que he besado. Un beso era tierra abierta; otro aljibe de boca, seca lengua que explora, tiempo vacuo y luz salival. La caricia como el tiempo en la vida, y ya nada sin ese capricho, el de andar pregonando el idioma del cuerpo; esa forma de hablar sin palabra, pero amándola en todo momento. La palabra: tu forma cielo, tu carne horizonte, recuerdo donde hoy mismo, para vengar tu ausencia.
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23 agosto, 2010


Espejitos De Colores 4


Mientras tomemos lo útil como lo útil, nada hay que objetar. Pero si esta preocupación por lo útil llega a constituir el hábito central de nuestra personalidad, cuando se trate de buscar lo verdadero tendremos a confundirlo con lo útil. Y esto, hacer de la utilidad la verdad, es la definición de la mentira.


José Ortega Y Gasset, El Espectador.
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03 agosto, 2010


Proporciones


En la plaza hay albores de sol cuando el Queco llega y comienza a buscar un buen sitio de pasto y serenidades. Le es imperante descansar un poco la perspectiva, ya que hasta hace rato no ha hecho otra cosa que mirar demasiada gente en la calle -e irremediablemente- sentirse muy solo. Y como los Quecos llevan de estandarte el amor a la soledad, tanto bullicio de veredas y peatones lo ha descolocado: lleva la nariz en los dientes, los dientes en la frente y las ganas de alguien en las manos, algo así como querer abrazar. Busca y desespera entre los bancos de la plaza, pero en cada uno de ellos encuentra razones que se dispersan en sus brazos para estirarlos y apretujarse muy fuerte; el anciano dando de comer a las palomas, la madre haciendo mimos al bebé, los niños jugando a la popa, la chica que lo mira de reojo y sonríe tibiamente.

El Queco se pone muy nervioso y ahora sus orejas están en los hombros. Corre al azar, a diestra y siniestra siente la tarde, hasta que por fin el aquelarre de sus piernas lo llevan detrás de unos árboles donde el pasto es tan verde como el rojo en el vestido amarillo que lleva esa Tita, de espaldas al suelo, de frente al cielo y de ojos cerrados. Como es costumbre, un encuentro de estas magnitudes es infortunio para el Queco, que de un sobresalto da media vuelta y se dispone a correr pelándose los codos que ahora están donde sus pies. Recuerda que al fin y al cabo el Merthiolate arde a mares, y luego de un sollozo con voz desconocida, se sienta en el césped a merced del azar.

–Gracias –dice la Tita, igual de tibio que la chica que lo mira de reojo.

Como si fuese la nueva costumbre antigua, el Queco se siente en la cuerda floja, a punto de subirse a una aventura de las que no le gustan, esas que no se pueden controlar.

–No entiendo por qué me agradeces, Tita serena.

–Que gracias por el salto floral que diste cuando me encontraste. Mira qué lindo ha quedado mi vestido. Aunque creo que el sueño no es tan mío como pensaba; yo no hice esto. Y la intensidad de un simple beso es proporcional a un abrazo que a brazos damos.

Ciertamente, el vestido ahora está lleno de flores, y el Queco dado vuelta de afuera hacia adentro, o viceversa. Pareciera que empieza a entenderlo absolutamente nada; porque le encantaría reprocharle tantas cosas, pero lo único que le sale es quedarse atónito. Y le sale horrorosamente bien.

–Y perdón, mi Queco... Estás hecho un rompecabezas hermoso que no te gusta, pero siempre me pasa que cuando sueño, juego mucho con lo que no puedo al estar despierta. Por lo menos uno puede ser dueño del sueño, ¿no te parece?

–Pero Tita, ¿cómo es esto? ¿Estás soñando conmigo? –dice el Queco con la voz muy bajita, tanto que se da cuenta que en realidad no ha movido los labios y el sonido resuena en su cabeza. La respuesta le llega de la misma manera, tan vital y desde las entrañas, que siente como si estuviera hablándose a sí mismo. –Y si dejaras de soñar, ¿qué será de mi?

–No lo sé, Queco. Pero creo que sería bueno averiguarlo. Ven que te pellizco a ver qué me sucede –dice la Tita, mientras extiende sus brazos. –Acertar un abrazo ante la necesidad del mismo vale por dos, el uno y el otro. Pero poder pedirlo, vale la vida misma.

–¡No me toques, Tita de la perdición! –grita el Queco, mientras siente que toda su existencia pende de un hilo de barrilete. –¿No ves que este es mi mundo? ¿Que sólo aquí existo y me sé vivo, en esta ventana de imaginación y sueño? ¡No quiero desaparecer, Tita, no lo hagas, por favor, que quiero tantas cosas, tantas que no puedo explicar! –termina diciendo con los brazos muy abiertos.

La Tita lo mira y sonríe tiernamente. El Queco está a punto de llorar. Se acerca a su rostro, le da una caricia con el dorso de su mano, pone cada cosa en su lugar y lo mira al fondo de los ojos, tan adentro que el Queco ve su mirada reflejada en las pupilas de la muchacha como él mismo.

–Tanto en tan poco, –dice la Tita. –Mira qué hermosos son tus brazos abiertos. ¿Quieres un abrazo, Queco?

–Siento mucha vergüenza, Tita. Me gusta tanto estar solo. Pero sí.

–¿Sí qué?

–Quiero un abrazo.

–Entonces despierta. Quizás la realidad no sea tan distinta a la de tu sueño, y yo quiera un beso que se sienta como un abrazo, y tú un abrazo que se sienta como un beso. O viceversa. Igualmente ya sabes que son proporcionales.

–¿Qué?

–Que despiertes –y tomándolo de los hombros, lo empuja hacia atrás.

De pronto un abismo, la caída libre, y justo antes del impacto el Queco despierta en el césped de la plaza, bajo un sol radiante y junto a la Tita y su vestido floreado en una siesta de tres de la tarde. La contempla muy despacio para no despertarla y se acerca a su rostro, mientras siente el tibio ida y vuelta de su respirar en él. Mira hacia un lado, mira hacia el otro, se pone colorado y le da un pequeño beso en los labios, que siente como un abrazo, que siente como un sueño, que siente como un todo. La Tita despierta y sonríe de punta a punta.

–Hola de nuevo, Queco –y lo abraza.
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30 julio, 2010


Cuadrante Inferior Izquierdo


Le fue inútil intentar recordarla. Ya sea porque algunas veces el detalle de su hombro reflotara un momento, allí en el límite de la foto, con amigos y torta de cumpleaños; ya sea porque a las tres de la tarde sonara una débil melodía de plaza, como cuando niños; ya sea al oír algún llanto travieso, colgado en la vidriera de una tienda. Sabía que pronto le quedaría el olvido, único recuerdo de que algo se había perdido para siempre. Pero estaba su hombro, de saco beige y botones nácar, rayando al tiempo que se mostraba a punto de volver. Quizá en ese pequeño anhelo la vida escapara en un santiamén, abriendo un nuevo camino; quizá una tarde de veredas y sol le cruzaría una mirada. Pero fue inútil intentar recordarla, una y otra vez lo fue.

Dejarla ir, como esas cosas nulas para dejar ir, retazo antiguo que podría haber sido, o todo lo contrario. Su hombro en la fotografía, siempre allí, siempre la duda certera.
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24 julio, 2010


Espejitos De Colores 3


¡Ay! Siempre son contados aquellos cuyo corazón conserva largo tiempo sus ánimos y su impetuosidad; en este pequeño grupo el espíritu permanece perseverante. Todo el resto es cobardía. El resto es siempre la mayoría, los vulgares y los superfluos; los que están de más... ¡Todos ellos son cobardes! Quien sea de mi especie topará en su camino con aventuras semejantes a las mías: de suerte que sus primeros compañeros deberán ser cadáveres y acróbatas. Los segundos compañeros, sin embargo, se llamarán los creyentes: una animada multitud, mucho amor, mucha locura; mucha veneración infantil. Quien pertenezca a mi especie entre las personas deberá ligar su corazón a estos creyentes. ¡Quien conozca la especie humana, feble y huidiza, no deberá creer en estas primaveras ni en estas policromas praderas! Si estos creyentes pudiesen de otra manera, querrían de otra manera también. Lo que no es más que a medias, destruye a todo lo que es completo.


Friedrich Nietzsche, Así Habló Zaratustra.
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06 julio, 2010


Instructivo N° 3


Los absurdos de la vida (usted ya sabe a lo que me refiero cuando digo la vida; pero usted esusted, y sabrá mucho más que yo sobre sus absurdos: dónde vienen, adónde ponerlos, dónde irse y adónde ponerse); decía, los absurdos se incrementan día tras día como los soldados en Medio Oriente; se han vuelto una gran pasta uniforme. Si quiere pensar en un chicle recién masticado presto a embadurnarle toda la existencia, hágalo; verá que es buen ejercicio para ganarse una patología fructífera. Engominar el organismo con soluciones en cápsulas no es lo suyo, y busca imperiosamente una salida ante el caos de la vida y sus absurdos. Usted elige fumar.

Fumar es igual que inmolarse a crédito, pero con otras cosas más pintorescas en el pensamiento. Una manera más sutil de olvidar hasta la misma muerte de uno; fume usted y quizás venga la Parca, pero se llevará consigo a la tumba el glorioso recuerdo de haberle empapado el humo en la cara antes de la guadaña.

Para fumar no hay lugar ni horario, sino situaciones propicias: un hechizo de amor golpeando en el subconsciente mientras se destripa el sentimentario, las personas-presionan que se cuelgan como alfileres de gancho en toda la piel, el impuesto del mes pasado en el buzón equivocado, los sesenta segundos que hay en un minuto, los sesenta minutos que hay en una hora... (estos ejemplos no dejan de ser azarosos; piense usted en el abanico de sus absurdos y aletéelo por un momento; llénese del vasto río, impregne sus piernas en el fango, respire el fulgor de la cloaca hasta reinar en la náusea y exploten los pulmones).

Llega el instante de la vena en la sien pidiendo auxilio.

Busque un cigarrillo. Piense lo siguiente: hasta donde usted sabe, no ha visto un cartel que prohiba fumar. Eso exonerará la culpa ante algún escrúpulo impertinente. Pero si es usted de los que gustan la adrenalina, mire antes a todos los flancos hasta encontrar la advertencia, sonría como niño, y préstese a fumar de la siguiente manera: extienda la mano que más tenga a mano, abra la palma, y muy lentamente haga una caricia; no piense dónde, sino en la simple y absurda (así le parecerá) acción de la materia ocupando su espacio en el universo. Sienta cómo el aire cede ante el movimiento, de qué manera debe expandirse ante el paso de su carne. Si cierra la mano, tendrá un leve pedacito de magia consigo. Ahora bien, le quedan dos cosas por hacer: se lo guarda en el bolsillo y corre a casa para invertirla en correrías, risas y barriles de felicidad, o deja esa misma magia allí, para realizar un verdadero truco por el que pagará hasta la CNN por ver. Tome un cigarrillo por la punta, e introduzca levemente en su boca el extremo naranja (nota: es imperiosamente necesario fumar cigarrillos con filtro; ya dice la ley que el fumar es perjudicial para la salud, y pre-judicial ante los efectos de un cáncer; por favor, cuídese el juicio, no tanto como el prejuicio). Luego de cavilar ante la moralina, busque fuego por sus propios medios; aunque un encendedor o caja de fósforos vendrían de perillas. Si no lleva consigo, recorra las calles lindantes, encuentre un vagabundo y pídale amablemente lumbre (sea cortés; regálele el paquete. Ni se le ocurra sacar la moneda que duerme en su bolsillo trasero).

Para encender un cigarrillo es necesario asustarse. Con el mismo ya en la boca y el fuego al acecho, piense en el viejo de la bolsa (si sigue con el vagabundo aproveche la oportunidad de mirarlo fijamente al fondo de los ojos). Sentirá cómo el pánico toma su mando, y de repente llega el sobresalto como un golpe de cañón al pecho; de forma leve y precisa, mientras sus pelos se erizan aspirará una bocanada de esa misma magia que tuvo antes en su mano. Es necesario actuar inmediatamente ya que el instante durará una milésima de segundo y usted no querrá otro susto, claro; cuando aspire, lleve el fuego a la punta del cigarrillo, piense en un foso vacío, usted en caída libre y zás, ha encendido por primera vez un cigarrillo.

Ahora inspire el humo que nace de la brasa. ¿Puede escuchar un leve quejido? Es el tabaco clamando a la madre tierra; usted es ahora dueño de un pequeño incendio forestal privado.

Procure no olvidar lo siguiente: una vez inspirado el humo, nunca intente olvidarse del asunto e irse a jugar un numerito a la quiniela, porque al humo no le interesan los cursos de anatomía. Una vez adentro, hay que sacarlo. Muchas personas optan por formas más atípicas y peculiares, como llamar a un exorcista o conseguir inmediatamente una orden de desalojo; en esta ocasión buscaremos una solución simple y certera. Tome una extensión de alambre, forme en un extremo un pequeño círculo, busque un vaso con agua y jabón, inserte el alambre en el mismo, y luego sople sobre la espuma que se extenderá en el círculo. O sea; haga pompas de jabón y acabemos de explicar, que para fumar estamos.

Mire.

La magia, ¿verdad? Nada es más bello que crear desde las entrañas; todo tiende a impartir nuevas reglas y sabores; todo es dicha en el reino del Señor. Optará luego por decorar el mundo con su imaginación; cartas documento, declaraciones juradas, ramilletes de flores, y a medida que su capacidad pulmonar vaya decreciendo, locomotoras, dinosaurios, corazones y simples argollitas con su último aliento. Ha completado el truco y la vida es mucho más placentera mientras usted fuma.
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17 junio, 2010


01 - Introducción Al Franco


Al ser humano se lo puede medir de muchas maneras; pero si de buscar la esencia se trata, hay que enfocarse en sus costumbres. No hace falta apegarse demasiado en la forma de pensar; si convenimos que el pensamiento lleva de consecuencia una acción, la misma instaurada deviene en costumbre. Ocupándonos de una cultura o región en particular podríamos hacer un análisis extensivo, fértil y por ende tedioso de su idiosincrasia; pero no estamos aquí para eso, ya que la intención es lo particular. Las costumbres nuestras, las de uno mismo, placeres que le dan más sabor a los momentos, esas llamadas locuras -léase manías, caprichos, usanzas; algunos utilizan el singular vocablo extravagancias-, delicias frecuentes habituadas en lo simple y cotidiano, haciendo que valga la pena armarse de coraje para atravesar los espacios negros que crean las obligaciones, y llegar por fin a la satisfacción individual; imaginen algo así como un náufrago en alta mar encontrando salvación sobre un montículo de arena, que luego huye con la marea y volverá más tarde.

Todos estamos habituados a nuestras costumbres, por más extrañas que sean; las personas, y en extensión los grupos y sociedades sin modos establecidos tienden al caos, por ende a la destrucción. También sabemos que lo inusual causa rechazo; frente a lo nuevo y ajeno el ser humano repara en una suerte de hostilidad -a veces inconsciente, otras no-, y busca cerrarse en sí, a consecuencia de sentir un desequilibrio en la integridad del entorno, su cómodo capullo. Por lo general, este elemento extraño luego de un tiempo se convierte en algo usual, es asimilado y pasa a formar parte en la vida del individuo; éste sería un ejemplo típico y normal. Aunque puede suceder todo lo contrario, y de la misma manera surja del ego un extremo rechazo; igualmente no hace falta hablar sobre esto, pues se encuentran suficientes y variados ejemplos, con sus lamentables consecuencias, a través de nuestra histeria* de civilización.

Luego de este pequeño preámbulo a modo introductorio, les otorgo el agrado (o no, eso dependerá del margen de aceptación y tolerancia con el que dispongan) de conocer a mi amigo el Franco. Presentarle una persona a Franco es siempre un bello e interesante momento. Sucede lo de siempre: uno dispara la mano derecha buscando estrechar la contigua de manera gentil y zás, de repente es la ronda de cosquillas por detrás de las orejas y el mordisco tierno en la nariz. Todo esto con una sonrisa como para ahorcarse. Les parece una forma extravagante de saludo, ¿no? Es que este tipo es digno de ser contado. Sería entonces -por decir de alguna manera- considerable, que les relate una minúscula parte de su vida, o mejor, de sus costumbres. No por acometer contra Franco y pintarlo como un delirante; más bien es una forma de amortiguar lo que será el repaso de algunas cosas un poco extrañas. Extrañas para el humano tipo, ese que vive los días de su vida en un constante replay una y otra vez, a partir de que el despertador, el desayuno, el trabajo, la cena, el televisor, dormir y el replay. Más o menos así, ¿no? Yo vivo de esta manera y soy una entidad tipo, de pura cepa. Ahora, Franco es muy raro. Pero de esos raros con los que uno se termina encariñando, por más que en medio de un paseo veraniego por la peatonal, y en la hora pico de concurrencia, te desfigure el rostro a puñetazos por el sólo hecho de haberle venido la gana así porque sí. “¿Yo? Tenía ganas de pegarte... De vez en cuando es bueno golpear a alguien. Y mejor todavía si es alguien a quien uno quiere mucho”, dice, y la gente que se detuvo alrededor nuestro formando un círculo curioso libera un suspiro de enamorados, y te miran clavándote los ojos a la espera de una respuesta, y es imposible no esbozar una sonrisa de ternura y dibujar en su cuerpo un abrazo, para luego marchar contentos al hospital.

Para Franco, la manía es su forma de expresar -es lo que afirma cuando le preguntan- su personalidad extravagante; “La tensión del mundo me lleva a vivirlo de otra manera”, dice con un aire extra-vagante. Todos lo ven entonces como un loco lindo y divertido, pero muy bien sé que en el fondo sus locuras son una llave de escape, una forma de atentar contra el mundo y su irremediable monotonía; esa tensión de la que habla, tan constante, abrasiva e interminable que se vuelve una quietud sepulcral, una mortaja que nubla los sentidos y el alma. Ese constante replay; ese destino de disco rayado.

Franco dice que la gente ya no es gente, sino inercia. Inercia que pulula; una fuerza de resto. Y cada vez que logra captar la atención de algún imprudente, como le gusta llamar a los desconocidos, se desvive con gran entusiasmo y presteza para explicar su punto de vista sobre la Inercia Humana. Pero si no tiene a quien inspirar, no se hace problema: busca estratégicamente un lugar en la vía pública, y comienza con su pequeña gran explicación. Bien, ahora lo que despierta la curiosidad de la gente, más allá de la teoría, es la forma en la que Franco se compra su interés. Es inevitable no prestarle atención a una persona en el medio de la calle, cuando se lo ve, precisamente, en el medio de la calle, intentando persuadir a los transeúntes a grito tendido. Ni bien ve acercarse un automóvil, se lanza vociferando al mismo, provocando frenadas infernales y desconcierto en los transeúntes. Cuando se asegura una ronda de insultos que no tienen fin y el conductor lo deja atrás todavía exasperado, la gente está atónita, con la boca abierta, despavoridos. Y ahí es cuando al Franco se le prende un motorcito envidiable -pues su poder de oratoria no tiene comparación- y se larga en un devenir verbal tomando como ejemplo el momento ocurrido; primero con eso de que los cuerpos en movimiento tienden a seguir la dirección que llevan, y si hay una fuerza que detiene su marcha ocurre el principio de inercia y que el cuerpo del conductor reacciona de la misma manera ante una frenada y que seguramente todavía la ronda de insultos continúa pero no con la intensidad de los primeros gritos y que. Entonces, añade, “...si pudiésemos parar un poco y mirar alrededor no es tan difícil encontrar la analogía, si trasladamos todo esto a la forma en que vivimos hoy, nos daremos cuenta que no somos otra cosa que eso, una fuerza de resto, una foto movida, un movimiento vacío hacia adelante que no toma conciencia de su forma ingrávida”. Y entonces la gente se lo queda mirando por un rato largo, y Franco los mira orgulloso, pues acaba de develar una verdad existencial, rompiendo las cadenas de un secreto prohibido. Y siente que el mundo va a explotar, que todo va a esfumarse y desaparecer en un mar de gritos lastimosos, en un tifón que arrasa con las conciencias de los imprudentes. Pero justo en ese momento de clímax en el que ya nada va a ser como ha sido, ni como es -que en realidad no lo es-, las miradas se desvían, y todo el mundo sigue su curso, hacia adelante. Y Franco siente que la fuerza del inicio se detuvo a dormir en sus convicciones, me mira con un dejo de tristeza y dice que la convicción no es más que eso, inercia, pero una inercia hacia atrás, una inercia que precursa toda su energía y la malgasta como forma de omisión, pues el hecho de presentir de antemano el éxito con la gente lo duerme, lo anestesia en el momento de la verdad, “...cuando era necesario poner toda la carne en el asador”, dice. Y después de afirmar esto último, maldice por el solo hecho de haber utilizado una frase gastada por el común de la gente, justamente esa gente que él no quiere ser, y medita por un instante. Me mira luego con una sonrisa cómplice, y vocifera como subido a un pedestal “Sucedió lo impensado: David quiso tomar la piedra asesina de Goliath, pero no sabía que luchaba en un campo de trigo”, mientras un pequeño brillo en sus ojos promete al mundo un nuevo round. En ese momento yo pienso “Perdió una batalla, pero no la guerra”, y no me atrevo a decirlo, pues me da vergüenza.

* Quise decir historia.


(Continuará en próximas publicaciones)
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07 junio, 2010


De Terrazas Y Sol


El Queco se encuentra apesadumbrado. De repente siente como una sombra de duda embutida en la cresta de su cabecita. Mira en las alturas y allá a lo lejos, muy por encima de sus expectativas, reconoce el gris de una nube paseandera en los cielos. Y le ha tapado el sol. Ya tiene todo listo para gozar el fulgor del astro, y resulta que se le nubla el panorama. La sillita, el bronceador, algodoncitos humedecidos para los ojos, media zanahoria y la radio AM con unos buenos foxtrots hilvanando el silencio de la siesta y la terraza. Todo disperso en el toallón, como un aquelarre de tardes y verano. Pero se han nublado las cosas; y el Queco comienza el refunfuño típico de estos muchachitos; primero unas morisquetas que nadie entendería cómo plasmar en un rostro ajeno (los Quecos logran maravillas con sus músculos faciales), y luego de encontrar el punto justo de tensión entre el ceño, las mejillas y una curva en los labios cual plastilina, libera del pecho un sollozo bajito, mientras se planta las manos en la cintura. Y allí se queda unos minutos, con los ojos cerrados, esperando al abrirlos que todo sea un sábado de super acción. Pero es domingo de siestas, y lo único que escucha es el canturreo de la radio.

–¡Cálla ya, radio chillona! –logra esbozar en una moqueadita de niña. Apaga el aparato, maldiciendo su suerte.

Pobre muchacho. Tienen algo raro los Quecos, siempre andan tropezando con problemas. Pero pequeños. Por añadidura luego vienen los grandes; es como una ley universal kármica que llevan en su existencia, inamovible como una regla de tres simple.

Queco espera entonces que llegue un poco de viento, porque la tarde está de rechupete y en un tris tras va a poder disfrutar de un dorado virginal en su piel, para ir a presumirle luego a sus amigos de la escuela. Pero el viento no llega; pareciera que la nube entendiera lo que espera el Queco, la bondad del sol y como resultado un Narciso de terrazas. Y ahí se queda nomás, tapando los rayos. El Queco se lamenta, vuelve sus brazos al cielo queriendo convencer a la naturaleza con ruegos ancestrales de un documental visto el día anterior.

–Viento... –esboza como un cántico de Chamán.

–...Dile, a la lluvia... –logra escucharse desde lo lejos, de forma muy armoniosa y primaveral; un sonido preciso de cuerdas vocales buscando el juego.

Ya el Queco bajó los brazos y tiene arruinada la tarde, su intimidad y las ganas de sol. Se asoma hacia un lado y otro, dando vueltas como un trompo, buscando lo inevitable, y allá a dos terrazas de su casa, una Tita disfruta la tarde entre risas y albores de sol.

–Que quiero, volar...

–¡Tú no quieres nada, Tita bronceada, el que quiere un poquito de rayos ultravioletas soy yo, mírate ahí, toda ocre y chamuscada, y yo aquí como un esquimal! –avienta el Queco a través del silencio sepulcral de la tarde.

–Queco Queco, ¡mira mi bella piel atestada de este sol y el regocijo de sus rayos!

La Tita se levanta para ver mejor al muchacho, y este siente vergüenza de su cuerpito blanco como la nieve. Siente que pronto va a suceder algo, ese tipo de cosas fortuitas que pueden lograrse con sólo una sonrisa. Y Tita le está sonriendo, y Queco esperando lo inevitable. Tita mira al cielo, el sol le ciega la vista, luego mira al Queco, y aplaude y grita, mientras algunos perros responden con ladridos de armonía y tarde serena.

–Queco, ¿qué haces en la sombra? ¿No ves que mi amigo el sol quiere darte lo mismo que a mí?

–Tita sociable, no es tu amigo mi problema. Es esa nube que me lo tapa todo, y como verás, a ti parece que te resbala. Todo lo que tienes es el sol.

–Pero Queco, ¡es que yo no le presto atención a la nube! Por eso ella no me presta atención a mí y vuela tranquila en el techo azul... –dice la Tita, y de un salto floral comienza a dar vueltas en su sitio, llena de pasos y baile en sus pies. –Mira Queco, mira esto.

La Tita comienza a bailar ladanza. Salta, suelta sus cabellos y estos zigzaguean por el aire como un pincel dando batalla a un lienzo. Alza sus manitas y entorna cada uno de sus dedos, luego lleva las palmas a cada lado de sus caderas y menea toda su figura. Como es costumbre, el Queco se siente intimidado. Ya la tarde es toda de la Tita.

–No Tita, no me hagas la bailarina exótica que me pongo colorado. Ladanza no sirve para nada, sólo es un invento tuyo para olvidarte de todo.

–¿Es que no entiendes, Queco? Si te olvidas de esa nube que te tapa es mejor, vamos, mira mis pies cómo invocan al azar en cada paso, siente conmigo el ritmo del viento, vuelca tu cuerpo en un salto floral, anda, no seas parco.

Pero los Quecos son parcos por naturaleza. Éste en particular lo sabe, aunque siempre ha sentido la necesidad de ensuciar aunque sea una pizca su pulcritud, esa inercia de almidón en un cuello de camisa. Y la Tita esta allí, flotando en el baile, libre de ataduras, saludando la tibieza del sol.

Poco a poco el Queco lo siente venir; algo lo envuelve y se enciende en una de sus piernas; algo como un pulso constante, un golpeteo alegre que pide pasos, saltos, vueltas, bailes, gritos, zarandeo, y casi sin darse cuenta termina inventando un salto floral; mira a la Tita, que lo llama con sus manos, y así, lentamente, las suyas se elevan como atrapadas en una soga que la muchacha va tirando, grácil hacia ella, volviendo al Queco, sintiendo el vértigo del ritmo, tomando posición, abrazados a las cinturas, reinventando ladanza, en un grito de alegría que invade todo el espacio donde el silencio había traído quietud, donde todo estaba almidonado. Y el Queco y la Tita son plasticidad por los techos, colores fundidos, formas nuevas de a dos.

No sabe cómo, pero al dar el último paso, el Queco tiene tomada a la Tita, muy cerca, sintiendo su respiración agitada en el pecho. Mira sus brazos juntos, y una pequeña gota de sudor corre lentamente hacia abajo, resbala por su antebrazo, y se baña en la cintura de la Tita, que lo abraza llena de risas y júbilos de niña.

–Queco Queco, ladanza te sienta muy bien, aunque no esos pantaloncitos floreados. Te vendrían bien unas bermudas, que no el triángulo, ¿eh?

Otra vez el Queco que no entendió ni medio. Tita va y se sienta a tomar sol; Queco se queda parado. Todavía piensa en la nube y su terraza.

–Pero Tita, ¿qué hago yo aquí?

–Creo que está claro; tomas sol conmigo, Queco hermoso. Mira el colorcete que estás echando. Y bailas ladanza como un cacique, de rechupete.

El Queco mira al cielo. Siente como una evocación; pero en realidad lo que recuerda es que olvidó algo que se fue.

La nube ya no está.

El Queco se acerca a la muchacha con algo de temor, esperando una broma nueva. Pero Tita le hace lugar en su toallón, y le toma la mano para que se acomode junto a ella.

–Mira el sol, Queco; es todo nuestro. Como la vida. Deja que nos encandile.

Queco abre mucho mucho los ojos, mira directamente a la luz que lo enceguece, y ya no ve más nada. Pero sabe a la Tita a su lado, con los ojos tan abiertos como él.
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01 junio, 2010


Ventura


Era una hoja común y corriente, sin ningún detalle que la distinguiera; seguramente pertenecía a algún bloc o cuaderno de bolsillo, manchada de café y con la tinta corrida en varios lugares. Ni siquiera la letra manuscrita se mostraba dócil a la lectura, y era evidente un nerviosismo profundo en el trazo. La carta decía lo siguiente:

“Mamol, yo sé que andar pensando en estas cosas para vos no tiene sentido. Desde que te conozco siempre fuiste igual; Dios, lo esotérico, el destino y todo lo relacionado a las creencias populares siempre fueron tan importantes para vos como un pedazo de cemento seco. Yo nunca tuve ningún problema con respecto a eso; es más, creo que nuestras diferencias han sido siempre un gran catalizador en momentos de tensión y discordia, y esto nos ha ayudado a mantenernos a flote todo el tiempo que estuvimos juntos. Vos con tus creencias (o la ausencia de ellas), yo con las mías; Caín y Abel un poroto. Pero siempre fue el respeto mutuo, nunca la descalificación gratuita, y no dejo de agradecer que me tomaras como un igual aceptando lo que soy. ¿Te acordás cuando recién nos estábamos conociendo? Me lo habían anunciado, y no sólo eso, sino que sabía cómo iba a ser la historia de allí en adelante por muchos años. Veía señales en todo lo que nos pasaba, le daba sentido a cada pequeña particularidad, mientras vos no hacías otra cosa que reírte a carcajadas de mis ocurrencias. Era muy divertido pasar el tiempo así; el foco de luz que explotó en la plaza, el libro de Bucay, la hora exacta de tu encuentro con el flaco Spinetta, las llamadas por teléfono al presentir que nos pasaba algo... No sé, hoy pensar en eso no me importa tanto, porque lo que rescato es que al fin y al cabo estamos juntos y esa magia según yo, inmediatez de la casualidad según vos, nos llevó a construir nuestra historia de una manera muy particular y enriquecedora.

Yo sé que estoy enfermo de “extrema credulidad”, como me dijiste aquella vez en el bar del Sol. Nunca voy a olvidar lo mal que me sentí conmigo durante tanto tiempo, lo idiota que llegué a ser muchas veces. Siempre buscando respuestas a lo largo de mi vida, pensando que las iba a encontrar en otros lugares u otras personas. La religión, los perceptivos, las energías, campos mórficos, mediums, canalizadores, la sanación y qué se yo cuantas cosas más... Me estafaron, me llenaron la cabeza de porquerías, de creencias que eran humo; soplabas y todo desaparecía. Sin embargo yo seguía en la constante búsqueda, tratando de encontrar un rescate externo, cuando a fin de cuentas lo único que hacía era huir de mí mismo, del verdadero problema, de mis demonios. Vos siempre fuiste mi cable a tierra; desde el primer momento no sólo me escuchaste, sino que te compenetraste con mi incertidumbre. En la plaza me miraste con tu mejor cara de amor, y dijiste “¿Sabés dónde vas a encontrar la respuesta?”, apoyando tu palma en mi pecho. “Quizás necesites ver las cosas desde otra perspectiva, si querés yo puedo brindarte todo mi escepticismo”. Y rompimos en carcajadas, y estalló el foco, y con el destello noté tu cicatriz, te pregunté así muy de cerca y las chispas ya fueron otras. La pelota comenzó a rodar y acá estamos.

Pero esto que pasó ahora ya es demasiado. La plata me importa poco y nada, lo sabés muy bien; la reparto, ayudo a mis amigos y familiares que lo necesiten, compro una casa con todo para llevar un buen pasar, hacemos un viaje alrededor del mundo, qué se yo, no me va a alcanzar la vida para gastar toda esa cantidad. Tendría que estar feliz, saltando en una pata y despreocupado porque todos los problemas que se pueden solucionar con dinero ya no van a existir más.

Y no puedo mamol, no puedo con esto. Es más grande que vos, que yo, más inmenso que la vida misma. No me ridiculices, por favor, no quiero que entiendas, porque sé que se contradice con todo lo que pensás y creés; pero convengamos que las cosas se dieron tal cual me lo dijo Esperanza. Aceptalo como es; así de simple. Aceptá el misterio, abrazalo y dejá que sea. No quiero preguntarme más nada ni darle vueltas a la razón. Las cosas fueron dichas, y así pasaron. Conocerte en el negocio, tu sobrenombre, las primeras conversaciones, el ir y venir de nuestros sentimientos encontrados, el tiempo que se estiró como un chicle durante un año, el primer beso y la frase exacta, los comienzos de nuestro devenir, la muerte de la abuela, el perro que te mordió la pierna, mi operación, vivir juntos, ser felices, no poder tener un bebé... y ahora esto; la lotería.

Te juro que traté de no pensar en ello, pero es imposible obviar el detalle más importante. Cuando fui a tu trabajo con la noticia y el billete en la mano nos abrazamos fuerte fuerte, así como nos gusta a nosotros, y no pude borrar mi cara de preocupación. Te escuché una y otra vez; intenté restar importancia al final de la predicción, pero ni vos estabas convencida de lo que decías, tu inquietud era mucho más evidente que la mía. Y mirá que tratamos de seguir impasibles, pero no, fue un peligro tras otro que ya no podemos manejar, como si el destino estuviera a cada rato mostrando el camino y el final definitivo, mientras seguimos haciendo malabares para escaparle por un rato más.

Y yo así no puedo más, no puedo, me estoy volviendo loco. No quiero que te pase algo malo por lo que me ha tocado. No te merecés esto, mi vida. La tragedia es mía y de nadie más. Hoy después que te fuiste al trabajo salí al patio a regar las plantas, y mientras miraba las nubes se derrumbó todo el sector de la parra que está encima de las reposeras donde siempre tomamos mates. Fue horrible; toda una maraña de alambres y fierros ahí a medio metro de donde estaba parado, como anunciándome la hora. Ya no puedo quitarme la imagen y la posibilidad de que los dos hubiéramos estado ahí sentados en ese momento. No puedo. Primero el choque con el auto, después el bote que se hundió en el río, en navidad las balas perdidas, la semana pasada el horno que explota y hoy esto. Basta.

Ya no quiero seguir esperando más. La predicción de Esperanza debe ser cumplida; y si el destino es vago para actuar, entonces habrá que darle una mano. Esta ventura es mía y no quiero que dañe lo que más amo en el mundo. Por favor, no me odies; entendé que no hay otra opción. Viví tu vida de la mejor manera, y recordá siempre que este tonto quizás alguna vez tuvo razón. Sos mi pedacito de turrón, mi beso de buenas noches, mi luz en la niebla. Recordá siempre lo mucho que te cuidé y lo mucho que te sigo cuidando. No hay tesoro más preciado que todo lo que me diste desde la primera mirada. Te amo. Te amé desde siempre y desde siempre te voy a amar. Adiós mi Pupi, te voy a estar esperando ahí, donde vos pensás que no hay nada. Tu Pipu.”

Esperanza terminó de leer la carta, levantó la mirada, vio el rostro de Pupi y supo que estaba en problemas.
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27 mayo, 2010


Marañal 3


¡Reverendos animales! Hurgando en mi casilla de correo, me he encontrado con un mail más de esos que se envían porque pensé en tí (y me fue más simple apretar un botón que escribir unas líneas verdaderas); típico mensaje con frases que buscan enseñarme a ser mejor persona, aunque de seguir el consejo, lograrían todo lo contrario: convertirme en un imbécil. Dice algo así:

"Hay un punto en tu vida, en el que te das cuenta quién importa, quién nunca importó, quién no importa más, y quién siempre importará. De modo que no te preocupes por la gente de tu pasado, hay una razón por la que no estarán en tu futuro."

Es alarmante el grado de estupidez evasiva al que podemos llegar los seres humanos. Realmente. Oh, qué gran verdad para tener en cuenta, cuánta sabiduría, pensará la persona acostumbrada a abrazarse de la primer porquería que le ponen bajo las narices, sin el más mínimo atisbo de cuestionamiento. Porque todo importa; todo hace a lo que soy, todo me completa hasta hoy, inclusive mis más amargos errores; y restarle importancia a ello, sentarme a dejar ser a todo esto, no es otra cosa que irresponsabilidad e inmadurez. Así me lo dictan en estas frases ambiguas, así ordenan que me vuelva un Pilatos, que pase de todo y mire adelante, ya que supuestamente existe una especie de destino, impulso universal o razón mayor que se encarga de hilvanar el bordado de mi vida, dictaminando qué o quiénes importan, ayer, hoy y mañana.

Y no es así, porque Yo soy responsable de todo; Yo soy la razón por la que he dejado gente en el pasado, y Yo seré responsable de que esa gente no esté en mi futuro. No me vengan a embaucar con destinos y razones mayores, responsables éstos de que alguien, uno o varios, hayan quedado atrás. Porque así como han quedado en el camino, así como los he dejado atrás en pos de crecer y mejorar, puedo haberme equivocado al tomar tal o cual decisión, y el precio a pagar termina siendo peligroso. Tanto para mi integridad como persona, como para mi entorno. Y si estoy equivocado, Yo tengo el deber moral de resarcir mi error, y la oportunidad de hacerlo se encuentra al alcance de mi mano, no del destino. El destino es una patraña. Por culpa del mismo, de la creencia en el mismo, se arruinan historias, se olvidan puertas abiertas, se vive en la equivocación. Si tiene que ser, será, dicen también por ahí; una de las grandes estupideces a las que nos aferramos para escapar de toda responsabilidad ante las cosas que nos pasan y dejarlas en la nada, cuando requieren a gritos una acción clara y concisa de nuestra parte. Otra gran forma de pasar de todo sin culpa, ya que por algo es.

No te preocupes por la gente de tu pasado, hay una razón por la que no estarán en tu futuro. Claro que hay una razón, esa razón soy Yo, esa razón son los Demás, esa razón somos Nosotros, y en Nosotros está la clave. Seguir el dictamen de este tipo de frases orgullosas y esquivas es una de las tantas cosas que tienen al mundo como está hoy en día, hundido en la individualidad, en un aquelarre de escapismo. No dejemos las cosas en manos del destino; pongamos en juego lo que hace falta, humanidad, dobleguemos ese orgullo putrefacto, demos el brazo a torcer, reconozcamos nuestros errores. Pero con eso no basta. Luego de esto, hay que ponerse en acción; allí es donde verdaderamente demostraremos nuestro valor. El valor de responsabilizarnos ante los acontecimientos. El valor de poder recomponer las cosas que requieren nuestro esfuerzo. El valor de no dejar atrás porque simplemente quedó atrás. El destino lo hacemos nosotros.
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25 mayo, 2010


Espejitos De Colores 2


La Revolución de Mayo fue hecha por Buenos Aires y para Buenos Aires, sin las provincias y contra las provincias.
Juan Bautista Alberdi.
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20 mayo, 2010


Instructivo N° 2


Algo pasa de repente; pareciera que el velo de la realidad no estuviera en su sitio, o se ha desplazado hasta darle un tono impresionista a las cosas. Usted cierra y abre los ojos, vuelca sus dedos en párpados, lagrimea hasta la náusea y repite la acción como una película de domingo a la siesta; la gente alrededor interpreta según su bagaje: pena de amor, consanguíneo terminal, querella administrativa, piedra en el zapato y los etcéteras. Los ojos colorados, llenos de agua y sal, son puertas abiertas a la imaginación de un testigo azaroso. Pero la cuestión es otra. Usted tiene la vista nublada como una foto movida y fuera de foco, tan molesta como la cacofonía de reciente lectura; la edad comienza a pasarle factura y aquí no estamos para rimas, que no es nada bonito descubrirse miope así sin más, en plena limpieza dental o la cola de un banco.

Todo sigue estando en su lugar, no se preocupe; todo sigue igual. Las manchas y sombras que se mueven y pululan alrededor siguen teniendo la misma importancia que si pudiera delimitarlas con vista de lince. Usted está ahora ante una encrucijada existencial, de esas que pueden cambiar la vida entera tras una simple decisión. Siéntese un momento y medite lo siguiente: hasta hoy, ha conocido un mundo, producto de la unión entre su interior y el exterior, este último llegado a usted a través del sentido de la vista. El mundo ha tomado forma a través de sus ojos, pero la triste realidad es que usted no tuvo la más mínima participación en el proceso creativo del mismo. El estar corto de vista abre entonces la amplia gama del lienzo, presto a embadurnarse ante el pincel del creador. Quédese miope y tendrá al alcance de la imaginación una explosiva forma de hacer su Big Bang con el mundo, o en el caso de ir a misa todos los domingos, crear un Edén a gusto y piacere, con el hombre a su imagen y semejanza. Tal tarea se presentará como ardua; podrá entenderse si usted está demasiado ocupado con deudas impositivas, problemas de reuma y horóscopos de diarios. Hoy le es imposible anexar a la vida una nueva vida sin dejar viudas estas cosas tan importantes para su integridad. Ya es usted una persona hecha y derecha y lo torcido no va con sus formas. Y por supuesto, la solución ante el dilema se encuentra en los anteojos.

Los anteojos cumplen la misma función que las muletas o los bastones; asistir a un impedimento físico para lograr ejecutar de manera normal tal o cual acción. Aún así, mientras estos ejemplos de ayuda no son muy bien vistos por la norma (alguien con muletas será un discapacitado y el que use un bastón es un viejo), quien porte unos anteojos no será para nada un chicato, sino que recibirá comentarios de aprobación y halago, como por ejemplo que su rostro está hermosamente enmarcado y hasta cambia su temple, haciéndolo mucho más interesante; inclusive varios lo confundirán con un intelectual catedrático o filósofo mundano, dependiendo del grado de barba que usted lleve. Si es mujer, la situación cambia. Una fémina sin anteojos podrá ser la más hermosa criatura viviente, pero con ellos será una vieja. No hay estudios certeros sobre el sentido social de tales costumbres, pero que pasa, pasa. Otra gran diferencia con los dispositivos de tracción antes nombrados es que mientras los primeros nos llevan, a los anteojos se los lleva. La idea de dependencia ante cierto objeto para realizar las cosas más cotidianas es aquí pisoteada por un simple adminículo que cumple la misma labor, pero de una manera mucho más pintoresca y cosmética.

Así será que para dar una imagen con la que usted se sentirá medianamente cómodo ante los demás, deberá pensar en qué es lo que quiere transmitir. Hoy ya no importan la graduación de los mismos y su efectividad, tanto como qué le darán los anteojos: popularidad, aceptación, exclusividad, diferencia, etcétera. Una vez elegido el diseño del marco que querrá para su estampa, ahora sí vaya a lo de un oculista para realizar las mediciones pertinentes. Mire con un ojo, luego con el otro, diga la verdad y no se haga el machito. Miopía, astigmatismo, hipermetropía, vengan de a uno o los tres juntos, nada podrán ante sus anteojos.

Una vez obtenidos éstos, hay que aprender a usarlos. El ser humano ha sido verdaderamente creativo a la hora de hacer buen uso de los anteojos. Elegir la manera de llevarlos puede ser tan simple como determinante; muchos optan por la elegancia, haciéndolos colgar por una patilla en los bolsillos del pecho en camisas o chalecos, otros interesados en lo moderno los ubican sobre la frente y encima de la misma, forma tal que cumple una doble labor, emitiendo una imagen fresca del rostro mientras sostienen los cabellos en lo alto de la coronilla, modificando inmediatamente el peinado; algunos que persiguen la intelectualidad los posan en las ventanas de la nariz, casi en el final de la misma. Y quien busque dar la impresión del pensar, no tendrá más que tomar los lentes y morder levemente una patilla durante un tiempo. El abanico de posibilidades es amplio; pero quien esté interesado en la función básica y primigenia de los anteojos, deberá abocarse a la misma palabra, donde está explicado el secreto. Los anteojos se usan ante los ojos y no en otra parte. Son pedazos de vidrio encajados en otro pedazo de plástico o metal.

Ya ubicados en su lugar, pruebe un rato. Primero intente mirar; a su alrededor, arriba, abajo, a los flancos. Reconozca todo aquello que le ha sido impuesto desde el momento en que abrió los ojos sobre el regazo de su madre. Mire la calle, los semáforos, la gente, los autos corriendo de un lado a otro. Notará que no hay mucha diferencia con las manchas que vio al quedar miope. ¿Sabe usted por qué tienen tanta prisa? Ni se le ocurra preguntarles. Alce un momento la vista por encima de las azoteas. A que nunca ha contemplado el cielo tan azul y las nubes tan blancas, ¿eh?

Vaya a casa tranquilo; todo está en su lugar. Una vez en el hogar, intente lo siguiente: deje de mirar. Ahora trate de ver. ¿Cree que los anteojos ayudarán a diferenciar una cosa de la otra? Ande, inténtelo. Vaya al baño. Véase en el espejo. Ese es usted. Esa es su mujer que llega del mercado con las compras del día a saludarlo. Esos son sus hijos correteando por la casa sin parar. Esos son los impuestos que hay que pagar antes del día diez. Esa es la televisión ejerciendo el reinado. Ese es el reloj despertador que sonará a las siete. Ese es el mundo.

Tranquilo. Siempre que usted quiera, puede sacarse los anteojos para que todo pierda el sentido, y como hablamos anteriormente, darle forma al nuevo mundo. De qué manera hacerlo, sólo usted lo va a entender. Si pudo dejar de mirar para ver, media batalla está ganada, dijo la frase trillada. Lo demás será libertad e improvisación.
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