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04 marzo, 2011


Proporciones


En la plaza hay albores de sol cuando el Queco llega y comienza a buscar un buen sitio de pasto y serenidades. Le es imperante descansar un poco la perspectiva, ya que hasta hace rato no ha hecho otra cosa que mirar demasiada gente en la calle -e irremediablemente- sentirse muy solo. Y como los Quecos llevan de estandarte el amor a la soledad, tanto bullicio de veredas y peatones lo ha descolocado: lleva la nariz en los dientes, los dientes en la frente y las ganas de alguien en las manos, algo así como querer abrazar. Busca y desespera entre los bancos de la plaza, pero en cada uno de ellos encuentra razones que se dispersan en sus brazos para estirarlos y apretujarse muy fuerte; el anciano dando de comer a las palomas, la madre haciendo mimos al bebé, los niños jugando a la popa, la chica que lo mira de reojo y sonríe tibiamente.

El Queco se pone muy nervioso y ahora sus orejas están en los hombros. Corre al azar, a diestra y siniestra siente la tarde, hasta que por fin el aquelarre de sus piernas lo llevan detrás de unos árboles donde el pasto es tan verde como el rojo en el vestido amarillo que lleva esa Tita, de espaldas al suelo, de frente al cielo y de ojos cerrados. Como es costumbre, un encuentro de estas magnitudes es infortunio para el Queco, que de un sobresalto da media vuelta y se dispone a correr pelándose los codos que ahora están donde sus pies. Recuerda que al fin y al cabo el Merthiolate arde a mares, y luego de un sollozo con voz desconocida, se sienta en el césped a merced del azar.

–Gracias –dice la Tita, igual de tibio que la chica que lo mira de reojo.

Como si fuese la nueva costumbre antigua, el Queco se siente en la cuerda floja, a punto de subirse a una aventura de las que no le gustan, esas que no se pueden controlar.

–No entiendo por qué me agradeces, Tita serena.

–Que gracias por el salto floral que diste cuando me encontraste. Mira qué lindo ha quedado mi vestido. Aunque creo que el sueño no es tan mío como pensaba; yo no hice esto. Y la intensidad de un simple beso es proporcional a un abrazo que a brazos damos.

Ciertamente, el vestido ahora está lleno de flores, y el Queco dado vuelta de afuera hacia adentro, o viceversa. Pareciera que empieza a entenderlo absolutamente nada; porque le encantaría reprocharle tantas cosas, pero lo único que le sale es quedarse atónito. Y le sale horrorosamente bien.

–Y perdón, mi Queco... Estás hecho un rompecabezas hermoso que no te gusta, pero siempre me pasa que cuando sueño, juego mucho con lo que no puedo al estar despierta. Por lo menos uno puede ser dueño del sueño, ¿no te parece?

–Pero Tita, ¿cómo es esto? ¿Estás soñando conmigo? –dice el Queco con la voz muy bajita, tanto que se da cuenta que en realidad no ha movido los labios y el sonido resuena en su cabeza. La respuesta le llega de la misma manera, tan vital y desde las entrañas, que siente como si estuviera hablándose a sí mismo. –Y si dejaras de soñar, ¿qué será de mi?

–No lo sé, Queco. Pero creo que sería bueno averiguarlo. Ven que te pellizco a ver qué me sucede –dice la Tita, mientras extiende sus brazos. –Acertar un abrazo ante la necesidad del mismo vale por dos, el uno y el otro. Pero poder pedirlo, vale la vida misma.

–¡No me toques, Tita de la perdición! –grita el Queco, mientras siente que toda su existencia pende de un hilo de barrilete. –¿No ves que este es mi mundo? ¿Que sólo aquí existo y me sé vivo, en esta ventana de imaginación y sueño? ¡No quiero desaparecer, Tita, no lo hagas, por favor, que quiero tantas cosas, tantas que no puedo explicar! –termina diciendo con los brazos muy abiertos.

La Tita lo mira y sonríe tiernamente. El Queco está a punto de llorar. Se acerca a su rostro, le da una caricia con el dorso de su mano, pone cada cosa en su lugar y lo mira al fondo de los ojos, tan adentro que el Queco ve su mirada reflejada en las pupilas de la muchacha como él mismo.

–Tanto en tan poco, –dice la Tita. –Mira qué hermosos son tus brazos abiertos. ¿Quieres un abrazo, Queco?

–Siento mucha vergüenza, Tita. Me gusta tanto estar solo. Pero sí.

–¿Sí qué?

–Quiero un abrazo.

–Entonces despierta. Quizás la realidad no sea tan distinta a la de tu sueño, y yo quiera un beso que se sienta como un abrazo, y tú un abrazo que se sienta como un beso. O viceversa. Igualmente ya sabes que son proporcionales.

–¿Qué?

–Que despiertes –y tomándolo de los hombros, lo empuja hacia atrás.

De pronto un abismo, la caída libre, y justo antes del impacto el Queco despierta en el césped de la plaza, bajo un sol radiante y junto a la Tita y su vestido floreado en una siesta de tres de la tarde. La contempla muy despacio para no despertarla y se acerca a su rostro, mientras siente el tibio ida y vuelta de su respirar en él. Mira hacia un lado, mira hacia el otro, se pone colorado y le da un pequeño beso en los labios, que siente como un abrazo, que siente como un sueño, que siente como un todo. La Tita despierta y sonríe de punta a punta.

–Hola de nuevo, Queco –y lo abraza.
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02 mayo, 2010


Catalizador


Apenas vio la luz en las salas de cine, “Misión a Marte”, film del talentoso Brian De Palma, acabó destruido bajo el yugo de la crítica especializada; muy pocos fueron benévolos en su apreciación, y en verdad, pueden entenderse las razones hostiles con el resultado final: objetivamente es una cinta obvia, fofa y llena de clichés. Más allá de estos detalles, personalmente creo que la crítica y gran parte del público no han entendido absolutamente nada. O quizás aquí entren en juego cuestiones subjetivas, que me han llevado a encontrar lo que otros no han visto en el film; de ahí el título de esta nota. Porque “Misión a Marte” no es una película de ciencia ficción, viajes por el espacio y suspenso; tampoco cuenta la historia de un rescate en el lejano planeta rojo, que deviene en el primer contacto de la raza humana con una civilización extraterrestre. Eso es sólo la cáscara del motor primigenio que late durante el transcurso de toda la cinta. Porque el film de Brian De Palma es, sobre todo, una historia de seres; un relato del ser, que pone en primer plano las cualidades que nos hacen lo que somos, humanos, por encima del gran apartado científico que prima a través de toda la trama. Es una historia de viajes, sacrificio y heroísmo, y a su vez, un relato de historias individuales, tan pequeñas a simple vista, pero tan enormes cuando se mira hacia adentro. Así como el espacio interminable se extiende allá afuera, De Palma hace hincapié en lo interno, en las marcas, lo que nos retrasa, nos frena, nos clava al piso sin poder despegar, y bucea en la idea del viaje, en este caso el viaje interno, para finalmente encontrar la liberación, la consciencia, el movimiento necesario para dejar ir, soltar lastre y fluir, levantando vuelo hacia un nuevo camino.




Entre naves espaciales, interminables botones, paneles, luces y efectos especiales, allí en el vacío y la total soledad del espacio exterior, De Palma traza el escenario para desplegar el verdadero viaje, ese devenir en el que Jim encontrará el rumbo, el centro, su hogar, la historia de aquí en más, lejos, tan lejos de todo como tan cerca de uno mismo, de lo que él es, y muchas veces somos.

Jim es un experimentado y exitoso astronauta que se ha preparado gran parte de su vida para lograr una hazaña histórica: ser el primer hombre en pisar el planeta Marte. Y no está solo en esta empresa, sino con grandes compañeros y amigos que son parte de la misión. Inclusive su mujer, también astronauta, participa del combo; junto a ella, Jim ha compartido su vida tanto como su trabajo, entrenando, proyectando y preparando ese gran viaje que les había sido asignado y por el que tanto soñaban.

Todo da un vuelco drástico en la vida de Jim cuando su mujer muere tras batallar contra una enfermedad, dejándolo devastado, y según los criterios de la Nasa, en condiciones psicológicas inadmisibles para un proyecto de tal envergadura; por lo que es hecho a un lado, relegado a una especie de “director técnico” de la misión, innecesario para la misma pero necesario a la vez, ya que nadie conoce todos los detalles cruciales tanto como él.




Parte de su grupo embarca al viaje; ya en Marte, se topan con la tragedia en una expedición para investigar un gran montículo que parece emitir ondas de radio. Luego de intentar rastrear la señal, de la misma montaña se levanta un gran torbellino con voluntad propia, que acaba con las vidas de los astronautas, pero dejando un sobreviviente. La base planetaria pierde todo tipo de contacto con la Tierra, y ante la encrucijada, se decide enviar una misión de rescate. Finalmente, Jim se hace con la oportunidad por la que tanto se había sacrificado, y junto a varios de sus compañeros y amigos, emprenden el viaje sin saber qué los espera en el planeta rojo.

Es aquí donde comienza la gran analogía, donde el concepto del viaje se abre a lo interno, centrándose en Jim. Todo el trayecto hasta llegar a Marte se convierte así en una metáfora enorme, que se adapta al detalle con aquella etapa que lo ha marcado a fuego en su historia, con ese viaje de vida que había comenzado a transitar junto a su mujer, quedando trunco y dejándolo a la deriva e inmóvil al mismo tiempo. El viaje espacial es su historia, que comienza con los mejores auspicios y la fe apostada a lo que vendrá, plácido y calmo, siguiendo un trayecto seguro, que con el devenir de los hechos comienza a mostrar sus aristas ante lo inesperado, partiendo de una lluvia de meteoritos que los golpea, los sacude y los marca; de allí en adelante ya nada será igual y todo se decantará en la tragedia, ya que luego de solucionar los problemas eventuales, se toparán ante la verdadera encrucijada, que los llevará a enfrentar el sacrificio y la muerte, quedando expuestos al vacío y el silencio del espacio exterior, a la total inmediatez de la deriva. A medida que se van sucediendo los hechos, podemos apreciar cómo Jim comienza a captar algo implícito allí frente a sus narices, cómo su rostro y sus actitudes muestran la certidumbre de lo inexplicable, sabiendo él mismo ese algo allí presente, aquello que trata de hablarle, que comienza a nacer, como una especie de percepción mayor o entendimiento al que todavía no tiene acceso consciente, pero que sin duda alguna lo está preparando para lo que vendrá, llegado el momento crucial. Jim sabe, pero todavía no entiende. Es el proceso lo que lo hará comprender que es él mismo quien se está hablando, explicando y entendiendo, aquello que le grita desde adentro que ya es hora.




Y la hora llega, estando ya en Marte, luego de encontrarse con uno de sus compañeros de la primera misión. El grupo decide volver a aquella montaña ahora descubierta del polvo marciano, que muestra en todo su esplendor un rostro gigante mirando hacia lo profundo del espacio. Descifran el enigma, y son invitados al interior de la antigua construcción. Dentro de la misma son testigos de los vestigios de una antigua civilización marciana que al enfrentar una catástrofe planetaria, deben huir al espacio, sin antes enviar a la tierra una cápsula con ADN que al caer en el océano, da inicio con la vida y su evolución. Jim comienza a comprender: “Ellos son nosotros, y nosotros somos ellos”, dice con una leve sonrisa cómplice.

Es entonces que todo se decanta, cuando se dan cuenta que la enorme construcción marciana es una puerta de invitación a las estrellas, al concilio entre las razas, a la unión entre unos y otros. Y es Jim quien toma la posta al aceptar la travesía, comprendiendo que ése es su lugar, que todo aquello que lo mantuvo inmóvil internamente debe ser soltado, debe irse, tanto como él mismo debe tomar un nuevo camino de ahora en más, una nueva aventura tan grande como la vida misma. Sus compañeros regresan a la tierra y Jim se interna en una suerte de cápsula, mientras los compases sublimes de Ennio Morricone comienzan a volar, cada vez más altos, más intensos, y un líquido transparente llena la cápsula, y Jim se asusta, intenta liberarse, hasta quedar sumergido y conteniendo la respiración, un momento, sólo un momento, hasta no soportar más, soltar el poco aire que queda en los pulmones y quedarse así al instante, atónito, darse cuenta que está bien, que en ese líquido amniótico está él, Jim, sólo él, muriendo y naciendo a la vez, soltando el lastre, abierto a lo inmediato, peregrino de una vida nueva, y así, abriendo los ojos lo ve, lo entiende, finalmente sabe, en esa mirada y esa sonrisa está todo aquello que fue, todo aquello que termina de encajar, la vida pasando frente a él, imagen tras imagen, hablándole, diciéndole, y Jim aceptando, Jim feliz, cuando la música encuentra el clímax apoteósicamente como la luz del amanecer entrando en las pupilas, como la vida misma estallando por los poros, como Jim que sonríe de ojos abiertos, muy abiertos, asintiendo levemente con la cabeza, comprendiéndolo todo, abrazado a la vida.




Y Jim se va, Jim vuela al espacio y las galaxias, estalla desde adentro como un mandala, se interna en el nuevo Jim, en sí mismo, tan lejos como tan cerca, un ser nuevo, el alfa y el omega, el principio y el fin, la flama de la esperanza; Jim es la caricia del renacer, Jim es un hombre amaneciendo, Jim soy yo.


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