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04 marzo, 2011


Proporciones


En la plaza hay albores de sol cuando el Queco llega y comienza a buscar un buen sitio de pasto y serenidades. Le es imperante descansar un poco la perspectiva, ya que hasta hace rato no ha hecho otra cosa que mirar demasiada gente en la calle -e irremediablemente- sentirse muy solo. Y como los Quecos llevan de estandarte el amor a la soledad, tanto bullicio de veredas y peatones lo ha descolocado: lleva la nariz en los dientes, los dientes en la frente y las ganas de alguien en las manos, algo así como querer abrazar. Busca y desespera entre los bancos de la plaza, pero en cada uno de ellos encuentra razones que se dispersan en sus brazos para estirarlos y apretujarse muy fuerte; el anciano dando de comer a las palomas, la madre haciendo mimos al bebé, los niños jugando a la popa, la chica que lo mira de reojo y sonríe tibiamente.

El Queco se pone muy nervioso y ahora sus orejas están en los hombros. Corre al azar, a diestra y siniestra siente la tarde, hasta que por fin el aquelarre de sus piernas lo llevan detrás de unos árboles donde el pasto es tan verde como el rojo en el vestido amarillo que lleva esa Tita, de espaldas al suelo, de frente al cielo y de ojos cerrados. Como es costumbre, un encuentro de estas magnitudes es infortunio para el Queco, que de un sobresalto da media vuelta y se dispone a correr pelándose los codos que ahora están donde sus pies. Recuerda que al fin y al cabo el Merthiolate arde a mares, y luego de un sollozo con voz desconocida, se sienta en el césped a merced del azar.

–Gracias –dice la Tita, igual de tibio que la chica que lo mira de reojo.

Como si fuese la nueva costumbre antigua, el Queco se siente en la cuerda floja, a punto de subirse a una aventura de las que no le gustan, esas que no se pueden controlar.

–No entiendo por qué me agradeces, Tita serena.

–Que gracias por el salto floral que diste cuando me encontraste. Mira qué lindo ha quedado mi vestido. Aunque creo que el sueño no es tan mío como pensaba; yo no hice esto. Y la intensidad de un simple beso es proporcional a un abrazo que a brazos damos.

Ciertamente, el vestido ahora está lleno de flores, y el Queco dado vuelta de afuera hacia adentro, o viceversa. Pareciera que empieza a entenderlo absolutamente nada; porque le encantaría reprocharle tantas cosas, pero lo único que le sale es quedarse atónito. Y le sale horrorosamente bien.

–Y perdón, mi Queco... Estás hecho un rompecabezas hermoso que no te gusta, pero siempre me pasa que cuando sueño, juego mucho con lo que no puedo al estar despierta. Por lo menos uno puede ser dueño del sueño, ¿no te parece?

–Pero Tita, ¿cómo es esto? ¿Estás soñando conmigo? –dice el Queco con la voz muy bajita, tanto que se da cuenta que en realidad no ha movido los labios y el sonido resuena en su cabeza. La respuesta le llega de la misma manera, tan vital y desde las entrañas, que siente como si estuviera hablándose a sí mismo. –Y si dejaras de soñar, ¿qué será de mi?

–No lo sé, Queco. Pero creo que sería bueno averiguarlo. Ven que te pellizco a ver qué me sucede –dice la Tita, mientras extiende sus brazos. –Acertar un abrazo ante la necesidad del mismo vale por dos, el uno y el otro. Pero poder pedirlo, vale la vida misma.

–¡No me toques, Tita de la perdición! –grita el Queco, mientras siente que toda su existencia pende de un hilo de barrilete. –¿No ves que este es mi mundo? ¿Que sólo aquí existo y me sé vivo, en esta ventana de imaginación y sueño? ¡No quiero desaparecer, Tita, no lo hagas, por favor, que quiero tantas cosas, tantas que no puedo explicar! –termina diciendo con los brazos muy abiertos.

La Tita lo mira y sonríe tiernamente. El Queco está a punto de llorar. Se acerca a su rostro, le da una caricia con el dorso de su mano, pone cada cosa en su lugar y lo mira al fondo de los ojos, tan adentro que el Queco ve su mirada reflejada en las pupilas de la muchacha como él mismo.

–Tanto en tan poco, –dice la Tita. –Mira qué hermosos son tus brazos abiertos. ¿Quieres un abrazo, Queco?

–Siento mucha vergüenza, Tita. Me gusta tanto estar solo. Pero sí.

–¿Sí qué?

–Quiero un abrazo.

–Entonces despierta. Quizás la realidad no sea tan distinta a la de tu sueño, y yo quiera un beso que se sienta como un abrazo, y tú un abrazo que se sienta como un beso. O viceversa. Igualmente ya sabes que son proporcionales.

–¿Qué?

–Que despiertes –y tomándolo de los hombros, lo empuja hacia atrás.

De pronto un abismo, la caída libre, y justo antes del impacto el Queco despierta en el césped de la plaza, bajo un sol radiante y junto a la Tita y su vestido floreado en una siesta de tres de la tarde. La contempla muy despacio para no despertarla y se acerca a su rostro, mientras siente el tibio ida y vuelta de su respirar en él. Mira hacia un lado, mira hacia el otro, se pone colorado y le da un pequeño beso en los labios, que siente como un abrazo, que siente como un sueño, que siente como un todo. La Tita despierta y sonríe de punta a punta.

–Hola de nuevo, Queco –y lo abraza.
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12 octubre, 2010


Diecisiete (Doce) Cuadras


-Osvaldo... Mire; mejor le digo la verdad. Me cansé de este grupo borrachón. Ya no puedo mantener una conversación coherente, y sus amigos están cada vez peor. Quisiera irme a mi casa. ¿Usted haría el favor de acompañarme?

Se había escurrido entre Manuel y Ramón, que la acechaban después de la undécima copa de vino regalada al brindis. Como una súplica, esquivando las sillas desparramadas fuera del tablón, llegó a mi lugar apartado bajo la frescura del sauce que dividía el patio. Mi cenicero estaba lleno de colillas, quedaban pocos cigarrillos, la nuca me dolía, y el lugar era ya una ensalada amorfa de cuerpos que no tenían la más mínima relación con los sonidos que carraspeaba la fonola.

Y ahí estaba Julia, arrodillada y hablándome al oído; como ocultándose. Era extraño. El reloj recién marcaba un nuevo día y la madrugada despertaba. Los muchachos estaban bastantes insoportables, tal vez, pero era divertido escuchar los raudos suspiros y oraciones inconclusas en las que volcaban todo un paisaje etílico. Julia apretó suavemente mi hombro para insistir. En realidad no estaba muy a gusto con su forma de pedirme aquel favor, pero al notarle cierto brillo de sugerencia en los ojos, dejé de buscar en mi archivo de excusas gentiles para damas, y accedí sonriendo. La tomé del brazo y nos levantamos mientras reflexionaba: apenas había pasado media hora de la medianoche, Julia vivía un poco alejada del lugar, y en realidad nadie sabía qué esperar allá afuera en las calles del barrio, oscuras y húmedas gracias al maldito verano que sufríamos en esos tiempos de miedo casi prohibidos para aquel que quisiera vagar solitario en la noche. Bastaba el sólo hecho de pensar un instante en la posibilidad de caer en las manos de un depravado como el que andaba suelto y al acecho.

Ajenos de lo que sucedía a nuestro alrededor, nos deslizamos hasta un tapial y desaparecimos por detrás del sauce que nos ayudó a pasar inadvertidos. De allí en más, la calle nos acogió con su soledad forzada.

En aquél panorama desértico supongo que hubiera sido agradable observarnos desde lejos. Un indiscreto se habría encontrado con dos siluetas adueñándose de toda la oscuridad nocturna; el caballero y su dama marcando el compás del camino. Un caballero rey en su imagen de hombre considerado y valeroso. Una dama que halagada de encanto, lo llenaba de orgullo. Y allí estaban, eran, pero al mismo tiempo no. Porque también había un hombre que en su interior, donde nadie podía verlo, agradecía estar acompañado en aquella boca de lobo. Un cobarde incapaz de confesar el temor a la oscuridad; un niño que necesitaba de un abrazo y contención; un pasado de carencia afectiva.

Luego de unos pasos faltos de coordinación, doblamos en la esquina y nos detuvimos bajo el toldo del quiosco de María. Que cómo le va, que tanto tiempo sin vernos, que el calor insoportable. En fin, las mentiras piadosas de nuestro papel de siempre, para no pasar al silencio incómodo y rellenarlo con cosas más vacías y menos interesantes que la tranquilidad de esperar un simple vuelto.

Cruzamos la calle sin otra posta en el camino, y Julia abrió su paquete de cigarrillos.

-Tome. Fúmese uno conmigo.

-No, gracias. Ya estoy bastante atabacado por esta noche.

Yo venía tranquilo con las manos en los bolsillos, y no tenía intención de sacarlas por el momento.

-Vamos, Osvaldo. No me deje sola. Compartamos la misma nube de humo.

-Bueno Julia, si insiste...

Trabajosamente, saqué las manos.

-Che, ni que hiciera frío -dijo empujándome con su hombro.

Lo peor que pudo haber hecho en ese momento fue tutearme de manera cómplice para romper el hielo. Junté mis cejas lo más que pude y la miré fijo, esperando no tener que explicar mi desaprobación con su actitud.

-Bueno, como quien diría, el horno hoy no está para bollos... -y me empujó de nuevo.

Otra vez esa confianza insegura y grosera. Quise insultarla, pero me contuve imaginando mi cama bailando en el silencio de la tranquilidad, con el velador encendido sobre mi cabeza. Me limité entonces a tratar de no prestar atención a la oscuridad; bajar la mirada en los pies, contar los pasos, y degustar mi cigarrillo. Para colmo de males eran Fontanares. Ese dibujo estúpido con los arbolitos. Julia entendió mi indirecta, y caminó unos metros sin emitir otro sonido más que el leve exhalar del humo de esa bocota que tenía. Bocota para parlotear como un loro que aprendió su primera palabra; pero según los muchachos del bar, para otras cosas servía.

Verán: Julia hacía poco tiempo que estaba en el barrio. Había llegado casi sin llamar la atención, con nada de equipaje, prácticamente lo que traía consigo. Con el pasar de los primeros días comenzó a pasearse por las veredas como una ráfaga de viento sur; se instaló en el cuartucho de una pensión, y todavía buscaba trabajo. Ya en menos de una semana estaba en boca de las mayores chismosas de la cuadra, y gracias a su desenfado juguetón y sugerente, comenzó a tener cierta mala fama. Y parecía estar hecha para ese juego sucio; le gustaba. No era linda, pero tampoco su espejo se opacaba al reflejarla; grandota, de senos opulentos, siempre ingeniando alguna forma para hacerlos resaltar más de la cuenta. Todo el tiempo su boca pintada de un rojo furioso, que resaltaba los labios como una marquesina de cine. Ella nunca lo decía, pero usaba peluca; una peluca rubia con grandes bucles al estilo Marylin Monroe, que de vez en cuando dejaba escapar algún mechón castaño oscuro. Y siempre llevaba un pañuelo cubriendo su cuello, supongo que para ocultar algún detalle cosmético. Tendría unos treinta y seis años; era una espina de rosa suelta en un salón lleno de globos.

De su vida, poco y nada. Solamente que venía de la capital. ¿A qué en esta ciudad apueblada? Ella decía que buscaba tranquilidad. Y parecía que la encontraba, sobre todo al anochecer, ya que al poco tiempo se hizo habitué del boliche. Llegaba sola, sentada sola, marchaba sola. Una copita de jerez y quedaba perdida en la calle, a través de la ventana. Hasta que una noche se fue con Teodoro. Teodoro era el que más levante tenía en el grupo, y no era raro verlo acompañado por una mujer de vez en cuando. Los dos desaparecieron prácticamente de la misma manera que lo hicimos en la fiesta, y esa noche con los muchachos quedamos varados en ideas que con el pasar de las horas se tornaron historias prohibidas.

La intriga perduró hasta el día después, cuando Teodoro apareció medio deshecho, y las conjeturas continuaban en el mismo lugar donde habían quedado la noche anterior. Lo rodeamos como niños prestos a una travesura secreta, y allí tomó forma la célebre historia de la boca de Julia. Las viejas del barrio escribían simples gacetillas; nosotros, todo un diario completo.

En nuestro recorrido nocturno, todas estas cosas que sabía de Julia me daban vueltas en la cabeza como un carrousel de ideas, subiendo y bajando, desapareciendo y mostrándose en cada nueva vuelta. Su boca, su ropa, el misterio, la sugestión... En realidad, no sabía que hacer. Se me tiró encima y me tomó del brazo. Yo seguía con muy poco humor, e intentaba guardar aunque sea una mano en el bolsillo. Y la miré a los ojos otra vez, para recibir justamente lo que no quería: una mirada provocativa.

-Osvaldo... ¿No le da un poco de miedo esto de andar los dos solos por la calle, y a estas horas?

Parecía estar hecha solamente para fastidiarme. Me sentía mal por aborrecerla tanto, pero hacía todo lo que no debía. Miré el cielo que me espiaba con sus miles de ojos, bajé la vista aterrorizado, tomé aire y decidí hablar.

-Para eso me solicitó que la acompañe Julia, para que no tema.

-Si, ya sé, tontito... Pero... ¿Mire si ahora sale el loco ese y nos mata a los dos juntos?

La vena latiendo en mi nuca señalaba el límite de tolerancia -que en general ha sido siempre bastante efímero-, y mis manos comenzaban a transpirar sudor frío. Ataqué sin importarme ser rudo o grosero.

-Le dije que la acompaño para que no pase nada. ¿Usted no lee los diarios?

-En realidad no simpatizo con la tergiversación amarillista.

-Bueno, a ver si me atiende un poco. Supongamos que nos topamos con el tipo; sinceramente, creo que no haría nada. Este hombre, según lo que se describe en el diario, respeta ciertas condiciones al actuar. Estrangula por las noches, sí, tiene preferencias por las mujeres, pero en oportunidades que son detonantes para su libido criminal. Es necesario que estén solas, y su perfume desparramado a varios metros. La cuestión es que nosotros somos dos, yo soy hombre, y no creo que usted lleve puesto algún perfume.

La miré fijo por un instante en el cual quise cerrar los ojos para abrirlos nuevamente en la fiesta, y emborracharme con mis amigos en una avalancha de abrazos inconscientes y felices. Julia me miraba petrificada: pensé que a fin de cuentas había tocado su orgullo y se callaría por un rato, pero fue todo lo contrario. Su credulidad e inocencia le hicieron tomar mis palabras como un cumplido; sonrió, y se colgó de mi brazo. Escapé desviando la vista en el camino, ansiando la llegada a mi hogar. Y Julia, sin embargo, se acercaba más a mi cuerpo. Yo, agotado de llevar la máscara del duro, de reojo vigilaba el cielo, falto de luna y lleno de agujeros que miraban y miraban, una y otra vez. Caminábamos en la oscuridad total, de no ser por unos tímidos faroles que alumbraban a través de las ramas, dibujando sombras espantosas en el asfalto. Y una salida de estos soles nocturnos, nos hundía en una tumba que con cada palada de tierra estancaba mis pasos. El canto del viento a través de las hojas hablaba en el idioma del susto, y al cuerpo entero llegaban los recuerdos del niño que todavía soy bajo el influjo de la oscuridad.

Pero allí estaba Julia con su terca insistencia. Mi rencor comenzó a crecer como un desborde de río, mientras ella no dejaba de hablar del criminal, intentando llevar la conversación hacia el punto crucial: el sexo. Este loco ataba a sus víctimas y las violaba de una forma salvaje y grosera, estrangulando de manera gradual, ejerciendo cada vez más presión, hasta llegar al orgasmo en el mismo momento que la víctima moría asfixiada. Supongo que buscaba una verdadera fusión de la pequeña muerte, como llaman al orgasmo en Francia, con la muerte misma. Era tal la brutalidad aflorante de su frenesí, que cuando las pobres víctimas eran encontradas, sus cuerpos descansaban en un gran charco de sangre; sin embargo, no presentaban un solo corte en todo el cuerpo. En la mejilla de cada mujer, siempre la firma del asesino: una marca de rouge, como un beso de despedida.

Su mirada me punzaba la cabeza aunque intentara no mirarla. En realidad estaba inmerso en una encrucijada para mis pensamientos, porque sería hipócrita afirmar que no me interesaba en lo más mínimo la osadía de Julia; pero el momento y la situación no eran para nada los indicados. El menor sonido o movimiento eran un mazazo en mi nuca, un mareo repentino fuera de control. Ya no sabía de qué manera evitarla. Terminé mi cigarrillo, excusa para no decir palabra alguna durante las pitadas, y con un movimiento brusco me solté, o mejor dicho, solté la mano de Julia que era ya una ventosa adherida a mi brazo, para introducir las mías nuevamente en los bolsillos. Era lo que más quería.

Fue entonces cuando nos internamos en un callejón completamente oscuro. Era el final: mis miembros comenzaron a responder de una forma insólita, y un sudor frío, de hielo mortal, marcó mi frente. Las piernas comenzaron a temblar, y cada paso era una eternidad; cada sonido disparaba mi corazón en una carrera espantosa y lastimera. Los brazos, las manos, colgaban como carne congelada. Estaba muerto de miedo en una vida de latidos acelerados, y lo único que quería era tirarme al piso y llorar.

Lentamente caminamos; Julia me empujaba como si fuera un juego de escondidas macabro, y arrastrando los pies como si mis suelas fuesen de hierro, me dejé llevar hacia el terror. Transitábamos ya la mitad del callejón, y me hubiera costado todo el resto de mi vida llegar al otro extremo, si no hubiera sido porque en ese momento Julia tomó mi mano.

-Osvaldo... Lo que sí sé sobre ese hombre es lo que hace antes de matar a sus víctimas...

De repente todo en mí era calma. El temblor que amenazaba con tumbarme como una pared desapareció. La oscuridad era ahora mi amiga de toda la vida; por las ventanas de las casas no me acechaba nadie; la luna asomaba entre las azoteas para saludarme, rodeada de constelaciones; los murciélagos sobrevolaban mi cabeza silbando al alejarse, y tenía frente a mi sonrisa eterna y novel, a esta mujer que apretaba suavemente su mano con la mía y hablaba no sé qué cosa. Y un impulso me mandó actuar; algo a lo que no quiero encontrar explicación; algo que nunca jamás voy a reprocharme.

Tomé a Julia por la cintura, la miré a los ojos, y le entregué el beso que entregaría solamente a la mujer de mi vida, que no era precisamente ésta. Pero sentí el impulso y la necesidad de llevarlo a cabo, como también el de abrazarla y acariciarla; desnudarnos poco a poco y bajo la penumbra, mi nuevo hábitat, entre paredes derruidas y en una calle mojada por la humedad, hacer el amor clandestinamente, y llegar de la manera más hermosa, juntos, al éxtasis. La pequeña muerte. Y vivirnos en una pasión ultrajada e improvisada; pero valedera y legítima.

En realidad no sé si Julia hubiera sido la solución a mi dilema. Probablemente; pero nunca lo voy a saber. La única certeza con la que cuento es que hubiera sido terrible el depender de la aversión hacia una persona, y estar con ella por el solo hecho de que correría con todos aquellos temores que volvieron después. Me consuelo pensando de forma negativa; que como todos decían, era una perdida que cambiaba de hombre como de bombacha. Pero me siento una basura insensible ya que hay algo, marcas, que me dictan lo contrario y martirizan a mi arrepentimiento, que se arrastra de una forma reptil para enredarse entre mis piernas y hacerme caer en la verdad de lo que siento.

Ni bien terminamos nuestro acto de entrega, finalmente pude meter las manos en los bolsillos para colocarme los guantes de goma. Julia acarició mi rostro con cariño, y me besó sincera, dibujando un te quiero en sus labios. Yo respondí con una sonrisa y la abracé fuerte con todo el cuerpo. Subí mis manos hasta su cuello y apreté demasiado.

Y me marché dejando un problema nuevo a la policía, y un miedo nuevo a la gente, y un sentimiento nuevo para mí.
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15 septiembre, 2010


Génesis


No me gusta el tren fantasma. Contrario a esto, la mayoría de la gente disfruta del mismo, y creo entender por qué tiene tantos adeptos. La razón más evidente es la necesidad de sentir algo tan real y palpable como el miedo, la adrenalina disparada por todo el cuerpo y el corazón bombeando la vida en cada latido; una forma arcaica de saberse vivo, que escapa a cualquier intento de lógica, y conecta directo a los temores primarios de una persona, como la oscuridad, lo oculto o lo sobrenatural. Es también un deleite masoquista; quien se lanza a esa nada lúgubre está alimentando lo más íntimo y traumático de su infancia, o quizás construye un acto de osadía contra el mismo temor, una suerte de provocación efímera para salir victorioso al terminar el recorrido; aunque yo no he visto a nadie entrar solo. Siempre es acompañado. Es muy sencillo compartir la experiencia si se tiene otra persona para tomar del brazo y sentirse protegido, pero quisiera ver qué sucede si alguien se expone al hueco del tren fantasma en la más absoluta soledad. Estoy seguro que de esta manera la atracción ya estaría entre aquellos divertimentos que la mentira del progreso se ha tragado. Pero más allá de todo esto, más allá del miedo en sí, hoy en día veo que la convocatoria del paseo se resume a una sola cosa: sentir. Sentir algo. Aunque sea espantoso. Pero algo real.

He vivido lo suficiente para afirmar, como dice la gente grande, que el mundo de hoy ya no es el de antes. Podría hacerse una salvedad al respecto y decir que el mundo sigue siendo el mismo, y la gente es la que ha cambiado. Yo declaro lo siguiente: el mundo es el mismo y la gente también; lo único que cambian son las máscaras. Y este presente que nos toca atestiguar es la era de la máscara. Todos están escondidos, viviendo el anonimato, al resguardo del otro, mirando por sobre los hombros. ¿Pero qué ha vuelto a las personas así? El miedo. Un miedo demasiado abstracto y volátil como para entenderlo y difícilmente identificarlo. Muta constantemente: temor a mostrarse real, vulnerable y lleno de errores, prejuicios ante lo nuevo o distinto, competencia desleal y traicionera, individualismo salvaje y excluyente, miedo a saltar vacíos confiando en los demás sin pensar en las consecuencias; y así se termina siendo otros, esos, aquellos, los demás, y nunca nosotros. Hoy es tiempo del nadie. Nadie hace, nadie dice; sin embargo el mundo sigue andando.

Entonces, en este reino absoluto de la máscara y las apariencias, cabe preguntarse cual es la realidad. La realidad del ser humano es su miedo más íntimo. Es lo único auténtico y palpable que le ha quedado. Por eso entiendo que tantas personas se vuelquen al tren fantasma y siga vigente, a pesar de la falsa explosión de sentidos a la que nos ha llevado la tecnología. Es paradójico: se huye del miedo a través del miedo, y se busca lo real a través del disfraz. Porque justamente la atracción es eso, una gran máscara oscura, maquillada de celofán y cartón, escenario de humedad, sombras y mugre, cables, alambres y dispositivos de puro artificio, laberintos que hacen vivir el horror auténtico y primigenio, un miedo puro y cristalino que toma forma diferente para cada uno, pero que sin duda alguna viene del mismo lugar, de la misma entraña, la misma humanidad y el mismo temor instintivo que hace a todos iguales. Ése es el miedo real, y no el que reina en el mundo fuera de los túneles del tren fantasma; ése es el miedo que nos muestra la verdad: la gente no ha cambiado nunca.

Aún así, tras décadas enteras de trabajo sin interrupciones y conociendo todos los secretos sobre el arte de asustar, hoy desprecio mi labor en este sitio. Tarde o temprano iba a suceder, lo supe cuando huí de mis tierras ya hace tiempo, y finalmente estoy cansado. Vivir encerrado en esta mentira decorada no es para mí; no me han nacido para esto. Sin embargo, nunca me he sentido tan a gusto en otro lugar que no sea éste. Y no hablo de melancolía o nostalgia por antaño, ni remembranzas de niñez; este lugar es lo más cercano a un hogar que he tenido en mucho tiempo. Allá afuera los autos, las luces, el ruido, el rebaño y la acometida furiosa del progreso me han desplazado definitivamente, para terminar en este hueco escondido y apagado. Todo por tener escrúpulos; por dudar del llamado natural. Por creer en el ser humano. Una raza acabada, mohosa, sin ningún atisbo de humanidad, viviendo una mentira y en la recta final que conduce a la destrucción. Eso es lo que buscan en estos túneles; revivir el último baluarte de sus realidades. Eso es lo que piden: la aniquilación total del afuera, la muerte de la máscara, la urgencia de un nuevo camino; realidad a través de lo auténtico.

El paso del tiempo y el curso de la historia han demostrado que no hay lugar en el mundo para lo que soy. Así como se debe aceptar lo irreparable, abracé esta idea y me hice a un costado, legando el reino a la humanidad, sólo para ser testigo de su decadencia y posterior caída en este presente aciago. Hoy, la quimera del hombre está abierta junto a las puertas del tren fantasma, clamando el desenfreno del horror y la sangre. Porque la sangre es vida. Y a través de ella nacerá un nuevo mundo, como también el verdadero cambio. Ellos quieren realidad; yo les daré al vampiro.
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01 junio, 2010


Ventura


Era una hoja común y corriente, sin ningún detalle que la distinguiera; seguramente pertenecía a algún bloc o cuaderno de bolsillo, manchada de café y con la tinta corrida en varios lugares. Ni siquiera la letra manuscrita se mostraba dócil a la lectura, y era evidente un nerviosismo profundo en el trazo. La carta decía lo siguiente:

“Mamol, yo sé que andar pensando en estas cosas para vos no tiene sentido. Desde que te conozco siempre fuiste igual; Dios, lo esotérico, el destino y todo lo relacionado a las creencias populares siempre fueron tan importantes para vos como un pedazo de cemento seco. Yo nunca tuve ningún problema con respecto a eso; es más, creo que nuestras diferencias han sido siempre un gran catalizador en momentos de tensión y discordia, y esto nos ha ayudado a mantenernos a flote todo el tiempo que estuvimos juntos. Vos con tus creencias (o la ausencia de ellas), yo con las mías; Caín y Abel un poroto. Pero siempre fue el respeto mutuo, nunca la descalificación gratuita, y no dejo de agradecer que me tomaras como un igual aceptando lo que soy. ¿Te acordás cuando recién nos estábamos conociendo? Me lo habían anunciado, y no sólo eso, sino que sabía cómo iba a ser la historia de allí en adelante por muchos años. Veía señales en todo lo que nos pasaba, le daba sentido a cada pequeña particularidad, mientras vos no hacías otra cosa que reírte a carcajadas de mis ocurrencias. Era muy divertido pasar el tiempo así; el foco de luz que explotó en la plaza, el libro de Bucay, la hora exacta de tu encuentro con el flaco Spinetta, las llamadas por teléfono al presentir que nos pasaba algo... No sé, hoy pensar en eso no me importa tanto, porque lo que rescato es que al fin y al cabo estamos juntos y esa magia según yo, inmediatez de la casualidad según vos, nos llevó a construir nuestra historia de una manera muy particular y enriquecedora.

Yo sé que estoy enfermo de “extrema credulidad”, como me dijiste aquella vez en el bar del Sol. Nunca voy a olvidar lo mal que me sentí conmigo durante tanto tiempo, lo idiota que llegué a ser muchas veces. Siempre buscando respuestas a lo largo de mi vida, pensando que las iba a encontrar en otros lugares u otras personas. La religión, los perceptivos, las energías, campos mórficos, mediums, canalizadores, la sanación y qué se yo cuantas cosas más... Me estafaron, me llenaron la cabeza de porquerías, de creencias que eran humo; soplabas y todo desaparecía. Sin embargo yo seguía en la constante búsqueda, tratando de encontrar un rescate externo, cuando a fin de cuentas lo único que hacía era huir de mí mismo, del verdadero problema, de mis demonios. Vos siempre fuiste mi cable a tierra; desde el primer momento no sólo me escuchaste, sino que te compenetraste con mi incertidumbre. En la plaza me miraste con tu mejor cara de amor, y dijiste “¿Sabés dónde vas a encontrar la respuesta?”, apoyando tu palma en mi pecho. “Quizás necesites ver las cosas desde otra perspectiva, si querés yo puedo brindarte todo mi escepticismo”. Y rompimos en carcajadas, y estalló el foco, y con el destello noté tu cicatriz, te pregunté así muy de cerca y las chispas ya fueron otras. La pelota comenzó a rodar y acá estamos.

Pero esto que pasó ahora ya es demasiado. La plata me importa poco y nada, lo sabés muy bien; la reparto, ayudo a mis amigos y familiares que lo necesiten, compro una casa con todo para llevar un buen pasar, hacemos un viaje alrededor del mundo, qué se yo, no me va a alcanzar la vida para gastar toda esa cantidad. Tendría que estar feliz, saltando en una pata y despreocupado porque todos los problemas que se pueden solucionar con dinero ya no van a existir más.

Y no puedo mamol, no puedo con esto. Es más grande que vos, que yo, más inmenso que la vida misma. No me ridiculices, por favor, no quiero que entiendas, porque sé que se contradice con todo lo que pensás y creés; pero convengamos que las cosas se dieron tal cual me lo dijo Esperanza. Aceptalo como es; así de simple. Aceptá el misterio, abrazalo y dejá que sea. No quiero preguntarme más nada ni darle vueltas a la razón. Las cosas fueron dichas, y así pasaron. Conocerte en el negocio, tu sobrenombre, las primeras conversaciones, el ir y venir de nuestros sentimientos encontrados, el tiempo que se estiró como un chicle durante un año, el primer beso y la frase exacta, los comienzos de nuestro devenir, la muerte de la abuela, el perro que te mordió la pierna, mi operación, vivir juntos, ser felices, no poder tener un bebé... y ahora esto; la lotería.

Te juro que traté de no pensar en ello, pero es imposible obviar el detalle más importante. Cuando fui a tu trabajo con la noticia y el billete en la mano nos abrazamos fuerte fuerte, así como nos gusta a nosotros, y no pude borrar mi cara de preocupación. Te escuché una y otra vez; intenté restar importancia al final de la predicción, pero ni vos estabas convencida de lo que decías, tu inquietud era mucho más evidente que la mía. Y mirá que tratamos de seguir impasibles, pero no, fue un peligro tras otro que ya no podemos manejar, como si el destino estuviera a cada rato mostrando el camino y el final definitivo, mientras seguimos haciendo malabares para escaparle por un rato más.

Y yo así no puedo más, no puedo, me estoy volviendo loco. No quiero que te pase algo malo por lo que me ha tocado. No te merecés esto, mi vida. La tragedia es mía y de nadie más. Hoy después que te fuiste al trabajo salí al patio a regar las plantas, y mientras miraba las nubes se derrumbó todo el sector de la parra que está encima de las reposeras donde siempre tomamos mates. Fue horrible; toda una maraña de alambres y fierros ahí a medio metro de donde estaba parado, como anunciándome la hora. Ya no puedo quitarme la imagen y la posibilidad de que los dos hubiéramos estado ahí sentados en ese momento. No puedo. Primero el choque con el auto, después el bote que se hundió en el río, en navidad las balas perdidas, la semana pasada el horno que explota y hoy esto. Basta.

Ya no quiero seguir esperando más. La predicción de Esperanza debe ser cumplida; y si el destino es vago para actuar, entonces habrá que darle una mano. Esta ventura es mía y no quiero que dañe lo que más amo en el mundo. Por favor, no me odies; entendé que no hay otra opción. Viví tu vida de la mejor manera, y recordá siempre que este tonto quizás alguna vez tuvo razón. Sos mi pedacito de turrón, mi beso de buenas noches, mi luz en la niebla. Recordá siempre lo mucho que te cuidé y lo mucho que te sigo cuidando. No hay tesoro más preciado que todo lo que me diste desde la primera mirada. Te amo. Te amé desde siempre y desde siempre te voy a amar. Adiós mi Pupi, te voy a estar esperando ahí, donde vos pensás que no hay nada. Tu Pipu.”

Esperanza terminó de leer la carta, levantó la mirada, vio el rostro de Pupi y supo que estaba en problemas.
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20 mayo, 2010


Instructivo N° 2


Algo pasa de repente; pareciera que el velo de la realidad no estuviera en su sitio, o se ha desplazado hasta darle un tono impresionista a las cosas. Usted cierra y abre los ojos, vuelca sus dedos en párpados, lagrimea hasta la náusea y repite la acción como una película de domingo a la siesta; la gente alrededor interpreta según su bagaje: pena de amor, consanguíneo terminal, querella administrativa, piedra en el zapato y los etcéteras. Los ojos colorados, llenos de agua y sal, son puertas abiertas a la imaginación de un testigo azaroso. Pero la cuestión es otra. Usted tiene la vista nublada como una foto movida y fuera de foco, tan molesta como la cacofonía de reciente lectura; la edad comienza a pasarle factura y aquí no estamos para rimas, que no es nada bonito descubrirse miope así sin más, en plena limpieza dental o la cola de un banco.

Todo sigue estando en su lugar, no se preocupe; todo sigue igual. Las manchas y sombras que se mueven y pululan alrededor siguen teniendo la misma importancia que si pudiera delimitarlas con vista de lince. Usted está ahora ante una encrucijada existencial, de esas que pueden cambiar la vida entera tras una simple decisión. Siéntese un momento y medite lo siguiente: hasta hoy, ha conocido un mundo, producto de la unión entre su interior y el exterior, este último llegado a usted a través del sentido de la vista. El mundo ha tomado forma a través de sus ojos, pero la triste realidad es que usted no tuvo la más mínima participación en el proceso creativo del mismo. El estar corto de vista abre entonces la amplia gama del lienzo, presto a embadurnarse ante el pincel del creador. Quédese miope y tendrá al alcance de la imaginación una explosiva forma de hacer su Big Bang con el mundo, o en el caso de ir a misa todos los domingos, crear un Edén a gusto y piacere, con el hombre a su imagen y semejanza. Tal tarea se presentará como ardua; podrá entenderse si usted está demasiado ocupado con deudas impositivas, problemas de reuma y horóscopos de diarios. Hoy le es imposible anexar a la vida una nueva vida sin dejar viudas estas cosas tan importantes para su integridad. Ya es usted una persona hecha y derecha y lo torcido no va con sus formas. Y por supuesto, la solución ante el dilema se encuentra en los anteojos.

Los anteojos cumplen la misma función que las muletas o los bastones; asistir a un impedimento físico para lograr ejecutar de manera normal tal o cual acción. Aún así, mientras estos ejemplos de ayuda no son muy bien vistos por la norma (alguien con muletas será un discapacitado y el que use un bastón es un viejo), quien porte unos anteojos no será para nada un chicato, sino que recibirá comentarios de aprobación y halago, como por ejemplo que su rostro está hermosamente enmarcado y hasta cambia su temple, haciéndolo mucho más interesante; inclusive varios lo confundirán con un intelectual catedrático o filósofo mundano, dependiendo del grado de barba que usted lleve. Si es mujer, la situación cambia. Una fémina sin anteojos podrá ser la más hermosa criatura viviente, pero con ellos será una vieja. No hay estudios certeros sobre el sentido social de tales costumbres, pero que pasa, pasa. Otra gran diferencia con los dispositivos de tracción antes nombrados es que mientras los primeros nos llevan, a los anteojos se los lleva. La idea de dependencia ante cierto objeto para realizar las cosas más cotidianas es aquí pisoteada por un simple adminículo que cumple la misma labor, pero de una manera mucho más pintoresca y cosmética.

Así será que para dar una imagen con la que usted se sentirá medianamente cómodo ante los demás, deberá pensar en qué es lo que quiere transmitir. Hoy ya no importan la graduación de los mismos y su efectividad, tanto como qué le darán los anteojos: popularidad, aceptación, exclusividad, diferencia, etcétera. Una vez elegido el diseño del marco que querrá para su estampa, ahora sí vaya a lo de un oculista para realizar las mediciones pertinentes. Mire con un ojo, luego con el otro, diga la verdad y no se haga el machito. Miopía, astigmatismo, hipermetropía, vengan de a uno o los tres juntos, nada podrán ante sus anteojos.

Una vez obtenidos éstos, hay que aprender a usarlos. El ser humano ha sido verdaderamente creativo a la hora de hacer buen uso de los anteojos. Elegir la manera de llevarlos puede ser tan simple como determinante; muchos optan por la elegancia, haciéndolos colgar por una patilla en los bolsillos del pecho en camisas o chalecos, otros interesados en lo moderno los ubican sobre la frente y encima de la misma, forma tal que cumple una doble labor, emitiendo una imagen fresca del rostro mientras sostienen los cabellos en lo alto de la coronilla, modificando inmediatamente el peinado; algunos que persiguen la intelectualidad los posan en las ventanas de la nariz, casi en el final de la misma. Y quien busque dar la impresión del pensar, no tendrá más que tomar los lentes y morder levemente una patilla durante un tiempo. El abanico de posibilidades es amplio; pero quien esté interesado en la función básica y primigenia de los anteojos, deberá abocarse a la misma palabra, donde está explicado el secreto. Los anteojos se usan ante los ojos y no en otra parte. Son pedazos de vidrio encajados en otro pedazo de plástico o metal.

Ya ubicados en su lugar, pruebe un rato. Primero intente mirar; a su alrededor, arriba, abajo, a los flancos. Reconozca todo aquello que le ha sido impuesto desde el momento en que abrió los ojos sobre el regazo de su madre. Mire la calle, los semáforos, la gente, los autos corriendo de un lado a otro. Notará que no hay mucha diferencia con las manchas que vio al quedar miope. ¿Sabe usted por qué tienen tanta prisa? Ni se le ocurra preguntarles. Alce un momento la vista por encima de las azoteas. A que nunca ha contemplado el cielo tan azul y las nubes tan blancas, ¿eh?

Vaya a casa tranquilo; todo está en su lugar. Una vez en el hogar, intente lo siguiente: deje de mirar. Ahora trate de ver. ¿Cree que los anteojos ayudarán a diferenciar una cosa de la otra? Ande, inténtelo. Vaya al baño. Véase en el espejo. Ese es usted. Esa es su mujer que llega del mercado con las compras del día a saludarlo. Esos son sus hijos correteando por la casa sin parar. Esos son los impuestos que hay que pagar antes del día diez. Esa es la televisión ejerciendo el reinado. Ese es el reloj despertador que sonará a las siete. Ese es el mundo.

Tranquilo. Siempre que usted quiera, puede sacarse los anteojos para que todo pierda el sentido, y como hablamos anteriormente, darle forma al nuevo mundo. De qué manera hacerlo, sólo usted lo va a entender. Si pudo dejar de mirar para ver, media batalla está ganada, dijo la frase trillada. Lo demás será libertad e improvisación.
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14 mayo, 2010


Interviniendo A Quasimodo


La idea del ejercicio fue la siguiente: elegir de una serie de textos presentados en la clase el que más nos gustara o movilizara, e intervenirlo. La forma de la intervención era libre, se podría entonces agregar texto, cambiar las palabras o el sentido de las mismas, utilizar el original y encajarlo en una creación nueva, etc. Terminé eligiendo un breve poema de Salvatore Quasimodo, que me impactó por su hermetismo y su fuerza devastadora. Tan cerrado como abierto, tan puntual como universal:


Cada uno está solo
sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol;
y enseguida anochece.


La intención fue entonces abrir un poco el poema y anclarlo, llevándolo a algo más puntual. El resultado de tal destrucción por parte de quien escribe fue el siguiente:


De pie a bruces, al ras en la altura;
se imparten reflejos donde el matiz
el tacto, el cuerpo en su elemento
y ocurre un lenguaje silente, rito de cercanía
a piel, boca y pliegues
para olvidar, un momento
que cada uno está solo sobre el corazón de la tierra.
Así, traspasados por un rayo de sol efímero
súbitamente anochece
y dentro uno mismo, el otro, los demás
en la arena y el viento.
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13 abril, 2010


Subir


En verdad, no importaba. Estaba lo concreto; lo inalterable. Era el final, tal como todos admiten la idea de lo perecedero en un gesto, una palabra o la vida misma. Ascender había sido un desafío absoluto; sin embargo, la metáfora perdía el sentido, ya que literalmente, situarse donde estaba le había costado sudor, padecimiento, y sobre todo un esfuerzo mayúsculo que caló hondo en su integridad física; el derrotero de los años estuvo presente en cada uno de sus pasos. Era sin duda un logro, con alguna que otra razón para objetar. Las decisiones, pero sobre todo el acierto en las mismas, nunca habían sido su fuerte. Quizá el motivo por el que huía de este tipo de compromisos, estaba relacionado de manera estrecha con la idea del poder. Nunca se había sentido a gusto en un contexto que lo elevara por sobre los demás, otorgándole el prestigio del liderazgo. Ya fuera por su patológico sentido responsable, que lo anulaba cuando la suerte de otros dependía de su voluntad, o porque en realidad, sospechaba que había nacido para ejercer dictámenes sin cuestionarse en lo más mínimo. Era entendible que su pasatiempo favorito fueran los rompecabezas; encajar era lo suyo. Igualmente esto era distinto. Nadie, sólo él, estaba envuelto en las consecuencias de esta decisión, vaga, insustancial, pero con variables que hubieran sido más provechosas y menos sufridas. El atajo, lo obvio, la comodidad, sin duda alguna eran la mejor opción. Pero pudo otra vez más esa intachable pulcritud moral, ridícula y pertinaz, que almidonaba toda su vida. Nunca entendió que un tigre, sin manchas, no es tigre. Eso tampoco importaba ya; porque a fin de cuentas, había llegado. Deshecho como nunca, contempló en la imagen de sus compañeros la placidez de lo simple, lo mundano y banal. Mucho antes, y ante aquella pendiente de escalones altivos, optó por la diferencia, cuando lo más acertado hubiera sido seguir la corriente. Comprendió que no era momento y lugar para dar el vuelco, y que otra vez, sus decisiones lo habían llevado por mal camino. Cinco pisos a pie eran demasiado. La próxima ocasión tomaría el ascensor.
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