La mediocridad humana se adquiere. De forma inconsciente, por herencia, educación o entorno; creo que es en vano discutir sobre esta afirmación. También están aquellos que la adquieren a conciencia, trocando sus voluntades por las exigencias del contexto en el que desarrollan sus vidas. Cabe preguntarse de qué manera una persona se vuelve mediocre, pudiendo intentar una analogía con otro de los tópicos que generan opiniones dispares: el talento humano. Hay quienes afirman que se nace con él, otros dirán que se lo forma, aquellos agregarán que es un ida y vuelta entre los genes de la ascendencia, mas el énfasis en estimular ese talento innato con el paso del tiempo. En relación a la mediocridad, podría pasar lo mismo. Para quien nace y comienza a desplegar su vida en un entorno mediocre, habrá dos caminos posibles: el primero, será vivir indiferente en ese entorno, envuelto en la naturalidad de su esquema de vida -que no es otra cosa que el esquema de vida de quienes le rodean-, y así cumplir un rol de engranaje. El segundo camino es mucho más complicado y riesgoso, pero no menos enriquecedor; será cuestión de encontrar alternativas que nos lleven a cuestionar nuestro mundo, lo que pasa en él, lo que nos pasa a nosotros mismos, y de una forma u otra ir abriendo los ojos ante lo estipulado y los dictámenes de pensamiento y roles, ya sean familiares, sociales, de relación o laborales. Esta apertura puede llegar de muchas maneras y por medio de distintas fuentes; lo que ya no cambiará nunca es que una vez abiertos los ojos, y habiendo incorporado las demás realidades a la nuestra, será imposible hacer caso omiso de ellas y obviarlas. Comienza así la eterna lucha, lucha por el ideal, por la utopía, lucha por la que correrán lágrimas de amargura y desazón. Porque quien abre los ojos y comienza el derrotero de capitanear su vida, su actuar y su pensar según decisiones propias, chocará innumerablemente contra los escollos de la mediocridad reinante, y muchas serán las piedras que lo harán trastabillar en la búsqueda de su ideal: indiferencia, cuestionamientos, incomprensión, desarraigo, acusaciones, prejuicios, falta de pertenencia; soledad. Quien quiera ser su propio dueño deberá sortear estas tempestades que los mediocres lanzarán sin piedad contra su pecho. El que haya abierto los ojos no tiene otra salida más que esta: luchar, y luchar. Constantemente. Y puede que la vida le vaya en ello. El valor que se impregne a la misma será el estoicismo ante todo y todos.
Podrá afirmarse entonces que el primer camino planteado es mucho más sano, menos pedregoso y más simple. Que la vida de esa manera es más llevadera. Y esto es verdad. Para los mediocres, la vida es simple. Pero como hemos dicho, una vez abiertos los ojos, imposible el cerrarlos.
Existe un tercer camino. El más despreciable de todos. Es el camino de aquellos quienes han abierto los ojos, quienes han descubierto la alternativa, la verdad indisoluble en un punto de quiebre para sus vidas, y tarde o temprano, mientras luchan una y otra vez contra las piedras, se dejan vencer o huyen de la senda. Y no hablo aquí de perder batallas; quienes tomen el segundo camino perderán inumerables. Hablo de perder la guerra contra lo mediocre. De volver al primer camino. De suicidarse en vida; para pertenecer, formar parte de algo, ser alguien, no quedarnos solos, para ser simples y sin cuestionamientos. Cobardes. Mediocres.
O tal vez simplemente quien tome el tercer camino haya sido siempre una persona mediocre, y el abrir los ojos la ha desplazado de su escencia natural. De ser esto posible, entonces sí se puede nacer mediocre, y mi primera afirmación es discutible.


