30 julio, 2010


Cuadrante Inferior Izquierdo


Le fue inútil intentar recordarla. Ya sea porque algunas veces el detalle de su hombro reflotara un momento, allí en el límite de la foto, con amigos y torta de cumpleaños; ya sea porque a las tres de la tarde sonara una débil melodía de plaza, como cuando niños; ya sea al oír algún llanto travieso, colgado en la vidriera de una tienda. Sabía que pronto le quedaría el olvido, único recuerdo de que algo se había perdido para siempre. Pero estaba su hombro, de saco beige y botones nácar, rayando al tiempo que se mostraba a punto de volver. Quizá en ese pequeño anhelo la vida escapara en un santiamén, abriendo un nuevo camino; quizá una tarde de veredas y sol le cruzaría una mirada. Pero fue inútil intentar recordarla, una y otra vez lo fue.

Dejarla ir, como esas cosas nulas para dejar ir, retazo antiguo que podría haber sido, o todo lo contrario. Su hombro en la fotografía, siempre allí, siempre la duda certera.
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06 julio, 2010


Instructivo N° 3


Los absurdos de la vida (usted ya sabe a lo que me refiero cuando digo la vida; pero usted es usted, y sabrá mucho más que yo sobre sus absurdos: dónde vienen, adónde ponerlos, dónde irse y adónde ponerse); decía, los absurdos se incrementan día tras día como los soldados en Medio Oriente; se han vuelto una gran pasta uniforme. Si quiere pensar en un chicle recién masticado presto a embadurnarle toda la existencia, hágalo; verá que es buen ejercicio para ganarse una patología fructífera. Engominar el organismo con soluciones en cápsulas no es lo suyo, y busca imperiosamente una salida ante el caos de la vida y sus absurdos. Usted elige fumar.

Fumar es igual que inmolarse a crédito, pero con otras cosas más pintorescas en el pensamiento. Una manera más sutil de olvidar hasta la misma muerte de uno; fume usted y quizás venga la Parca, pero se llevará consigo a la tumba el glorioso recuerdo de haberle empapado el humo en la cara antes de la guadaña.

Para fumar no hay lugar ni horario, sino situaciones propicias: un hechizo de amor golpeando en el subconsciente mientras se destripa el sentimentario, las personas-presionan que se cuelgan como alfileres de gancho en toda la piel, el impuesto del mes pasado en el buzón equivocado, los sesenta segundos que hay en un minuto, los sesenta minutos que hay en una hora... (estos ejemplos no dejan de ser azarosos; piense usted en el abanico de sus absurdos y aletéelo por un momento; llénese del vasto río, impregne sus piernas en el fango y respire el fulgor de la cloaca hasta reinar en la náusea).

Llega el instante de la vena en la sien pidiendo auxilio.

Busque un cigarrillo. Piense lo siguiente: hasta donde usted sabe, no ha visto un cartel que prohiba fumar. Eso exonerará la culpa ante algún escrúpulo impertinente. Pero si es usted de los que gustan la adrenalina, mire antes a todos los flancos hasta encontrar la advertencia, sonría como niño, y préstese a fumar de la siguiente manera: extienda la mano que más tenga a mano, abra la palma, y muy lentamente haga una caricia; no piense dónde, sino en la simple y absurda acción de la materia ocupando su espacio en el universo. Sienta cómo el aire cede ante el movimiento, de qué manera debe expandirse ante el paso de su carne. Si cierra la mano, tendrá un leve pedacito de magia consigo. Ahora bien, le quedan dos cosas por hacer: se lo guarda en el bolsillo y corre a casa para invertirla en correrías, risas y barriles de felicidad, o deja esa misma magia allí, para realizar un verdadero truco. Tome un cigarrillo por la punta, e introduzca levemente en su boca el extremo naranja (nota: es imperiosamente necesario fumar cigarrillos con filtro; ya dice la ley que el fumar es perjudicial para la salud, y pre-judicial ante los efectos de un carcinoma; por favor, cuídese el juicio, no tanto como el prejuicio). Luego de cavilar ante la moralina, busque fuego por sus propios medios; aunque un encendedor o caja de fósforos vendrían de perillas. Si no lleva consigo, recorra las calles lindantes, encuentre una persona en situación de calle y pídale amablemente lumbre (sea cortés; regálele el paquete).

Para encender un cigarrillo es necesario asustarse. Con el mismo ya en la boca y el fuego al acecho, piense en el viejo de la bolsa, o si sigue con la persona en situación de calle, aproveche la oportunidad de mirarla fijamente al fondo de sus ojos. En seguida sentirá cómo el pánico toma su mando, y de repente llega el sobresalto como un golpe de cañón al pecho; de forma leve y precisa, mientras sus pelos se erizan aspirará una bocanada de esa misma magia que tuvo antes en su mano. Es necesario actuar inmediatamente ya que el instante durará una milésima de segundo y usted no querrá otro susto, claro; cuando aspire, lleve el fuego a la punta del cigarrillo, piense en un foso vacío, usted en caída libre y zás, ha encendido por primera vez un cigarrillo.

Ahora deguste el humo que nace de la brasa. ¿Puede escuchar un leve quejido? Es el tabaco clamando a la madre tierra; usted es ahora dueño de un incendio forestal minimalista.

Procure no olvidar lo siguiente: una vez inspirado el humo, nunca intente olvidarse del asunto e irse a jugar un numerito a la quiniela, porque al humo no le interesan los cursos de anatomía. Una vez adentro, hay que sacarlo. Muchas personas optan por formas atípicas y peculiares, como exorcismos u órdenes de desalojo; en esta ocasión buscaremos una solución simple y certera. Tome una extensión de alambre, forme en un extremo un pequeño círculo, busque un vaso con agua y jabón, inserte el alambre en el mismo, y luego sople sobre la espuma que se extenderá en el círculo. O sea; haga pompas de jabón y acabemos de explicar, que para fumar estamos.

Mire.

La magia atrapada en una pompa, ¿verdad? Pocas cosas son tan bellas como crear desde las entrañas; todo tiende a impartir nuevas reglas y sabores; regocígese en las formas y matices del gris. Optará luego por decorar el mundo con su imaginación; cartas documento, declaraciones juradas, ramilletes de flores, y a medida que su capacidad pulmonar vaya decreciendo, locomotoras, dinosaurios, corazones y simples argollitas con su último aliento. Ha completado el truco y la vida es mucho más placentera mientras usted fuma.
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17 junio, 2010


01 - Introducción Al Franco


Al ser humano se lo puede medir de muchas maneras; pero si de buscar la esencia se trata, hay que enfocarse en sus costumbres. No hace falta apegarse demasiado en la forma de pensar; si convenimos que el pensamiento lleva de consecuencia una acción, la misma instaurada deviene en costumbre. Ocupándonos de una cultura o región en particular podríamos hacer un análisis extensivo, fértil y por ende tedioso de su idiosincrasia; pero no estamos aquí para eso, ya que la intención es lo particular. Las costumbres nuestras, las de uno mismo, placeres que le dan más sabor a los momentos, esas llamadas locuras -léase manías, caprichos, usanzas; algunos utilizan el singular vocablo extravagancias-, delicias frecuentes habituadas en lo simple y cotidiano, haciendo que valga la pena armarse de coraje para atravesar los espacios negros que crean las obligaciones, y llegar por fin a la satisfacción individual; imaginen algo así como un náufrago en alta mar encontrando salvación sobre un montículo de arena, que luego huye con la marea y volverá más tarde.

Todos estamos habituados a nuestras costumbres, por más extrañas que sean; las personas, y en extensión los grupos y sociedades sin modos establecidos tienden al caos, por ende a la destrucción. También sabemos que lo inusual causa rechazo; frente a lo nuevo y ajeno el ser humano repara en una suerte de hostilidad -a veces inconsciente, otras no-, y busca cerrarse en sí, a consecuencia de sentir un desequilibrio en la integridad del entorno, su cómodo capullo. Por lo general, este elemento extraño luego de un tiempo se convierte en algo usual, es asimilado y pasa a formar parte en la vida del individuo; éste sería un ejemplo típico y normal. Aunque puede suceder todo lo contrario, y de la misma manera surja del ego un extremo rechazo; igualmente no hace falta hablar sobre esto, pues se encuentran suficientes y variados ejemplos, con sus lamentables consecuencias, a través de nuestra histeria* de civilización.

Luego de este pequeño preámbulo a modo introductorio, les otorgo el agrado (o no, eso dependerá del margen de aceptación y tolerancia con el que dispongan) de conocer a mi amigo el Franco. Presentarle una persona a Franco es siempre un bello e interesante momento. Sucede lo de siempre: uno dispara la mano derecha buscando estrechar la contigua de manera gentil y zás, de repente es la ronda de cosquillas por detrás de las orejas y el mordisco tierno en la nariz. Todo esto con una sonrisa como para ahorcarse. Les parece una forma extravagante de saludo, ¿no? Es que este tipo es digno de ser contado. Sería entonces -por decir de alguna manera- considerable, que les relate una minúscula parte de su vida, o mejor, de sus costumbres. No por acometer contra Franco y pintarlo como un delirante; más bien es una forma de amortiguar lo que será el repaso de algunas cosas un poco extrañas. Extrañas para el humano tipo, ese que vive los días de su vida en un constante replay una y otra vez, a partir de que el despertador, el desayuno, el trabajo, la cena, el televisor, dormir y el replay. Más o menos así, ¿no? Yo vivo de esta manera y soy una entidad tipo, de pura cepa. Ahora, Franco es muy raro. Pero de esos raros con los que uno se termina encariñando, por más que en medio de un paseo veraniego por la peatonal, y en la hora pico de concurrencia, te desfigure el rostro a puñetazos por el sólo hecho de haberle venido la gana así porque sí. “¿Yo? Tenía ganas de pegarte... De vez en cuando es bueno golpear a alguien. Y mejor todavía si es alguien a quien uno quiere mucho”, dice, y la gente que se detuvo alrededor nuestro formando un círculo curioso libera un suspiro de enamorados, y te miran clavándote los ojos a la espera de una respuesta, y es imposible no esbozar una sonrisa de ternura y dibujar en su cuerpo un abrazo, para luego marchar contentos al hospital.

Para Franco, la manía es su forma de expresar -es lo que afirma cuando le preguntan- su personalidad extravagante; “La tensión del mundo me lleva a vivirlo de otra manera”, dice con un aire extra-vagante. Todos lo ven entonces como un loco lindo y divertido, pero muy bien sé que en el fondo sus locuras son una llave de escape, una forma de atentar contra el mundo y su irremediable monotonía; esa tensión de la que habla, tan constante, abrasiva e interminable que se vuelve una quietud sepulcral, una mortaja que nubla los sentidos y el alma. Ese constante replay; ese destino de disco rayado.

Franco dice que la gente ya no es gente, sino inercia. Inercia que pulula; una fuerza de resto. Y cada vez que logra captar la atención de algún imprudente, como le gusta llamar a los desconocidos, se desvive con gran entusiasmo y presteza para explicar su punto de vista sobre la Inercia Humana. Pero si no tiene a quien inspirar, no se hace problema: busca estratégicamente un lugar en la vía pública, y comienza con su pequeña gran explicación. Bien, ahora lo que despierta la curiosidad de la gente, más allá de la teoría, es la forma en la que Franco se compra su interés. Es inevitable no prestarle atención a una persona en el medio de la calle, cuando se lo ve, precisamente, en el medio de la calle, intentando persuadir a los transeúntes a grito tendido. Ni bien ve acercarse un automóvil, se lanza vociferando al mismo, provocando frenadas infernales y desconcierto en los transeúntes. Cuando se asegura una ronda de insultos que no tienen fin y el conductor lo deja atrás todavía exasperado, la gente está atónita, con la boca abierta, despavoridos. Y ahí es cuando al Franco se le prende un motorcito envidiable -pues su poder de oratoria no tiene comparación- y se larga en un devenir verbal tomando como ejemplo el momento ocurrido; primero con eso de que los cuerpos en movimiento tienden a seguir la dirección que llevan, y si hay una fuerza que detiene su marcha ocurre el principio de inercia y que el cuerpo del conductor reacciona de la misma manera ante una frenada y que seguramente todavía la ronda de insultos continúa pero no con la intensidad de los primeros gritos y que. Entonces, añade, “...si pudiésemos parar un poco y mirar alrededor no es tan difícil encontrar la analogía, si trasladamos todo esto a la forma en que vivimos hoy, nos daremos cuenta que no somos otra cosa que eso, una fuerza de resto, una foto movida, un movimiento vacío hacia adelante que no toma conciencia de su forma ingrávida”. Y entonces la gente se lo queda mirando por un rato largo, y Franco los mira orgulloso, pues acaba de develar una verdad existencial, rompiendo las cadenas de un secreto prohibido. Y siente que el mundo va a explotar, que todo va a esfumarse y desaparecer en un mar de gritos lastimosos, en un tifón que arrasa con las conciencias de los imprudentes. Pero justo en ese momento de clímax en el que ya nada va a ser como ha sido, ni como es -que en realidad no lo es-, las miradas se desvían, y todo el mundo sigue su curso, hacia adelante. Y Franco siente que la fuerza del inicio se detuvo a dormir en sus convicciones, me mira con un dejo de tristeza y dice que la convicción no es más que eso, inercia, pero una inercia hacia atrás, una inercia que precursa toda su energía y la malgasta como forma de omisión, pues el hecho de presentir de antemano el éxito con la gente lo duerme, lo anestesia en el momento de la verdad, “...cuando era necesario poner toda la carne en el asador”, dice. Y después de afirmar esto último, maldice por el solo hecho de haber utilizado una frase gastada por el común de la gente, justamente esa gente que él no quiere ser, y medita por un instante. Me mira luego con una sonrisa cómplice, y vocifera como subido a un pedestal “Sucedió lo impensado: David quiso tomar la piedra asesina de Goliath, pero no sabía que luchaba en un campo de trigo”, mientras un pequeño brillo en sus ojos promete al mundo un nuevo round. En ese momento yo pienso “Perdió una batalla, pero no la guerra”, y no me atrevo a decirlo, pues me da vergüenza.

* Quise decir historia.


(Continuará en próximas publicaciones)
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07 junio, 2010


De Terrazas Y Sol


El Queco se encuentra apesadumbrado. De repente siente como una sombra de duda embutida en la cresta de su cabecita. Mira en las alturas y allá a lo lejos, muy por encima de sus expectativas, reconoce el gris de una nube paseandera en los cielos. Y le ha tapado el sol. Ya tiene todo listo para gozar el fulgor del astro, y resulta que se le nubla el panorama. La sillita, el bronceador, algodoncitos humedecidos para los ojos, media zanahoria y la radio AM con unos buenos foxtrots hilvanando el silencio de la siesta y la terraza. Todo disperso en el toallón, como un aquelarre de tardes y verano. Pero se han nublado las cosas; y el Queco comienza el refunfuño típico de estos muchachitos; primero unas morisquetas que nadie entendería cómo plasmar en un rostro ajeno (los Quecos logran maravillas con sus músculos faciales), y luego de encontrar el punto justo de tensión entre el ceño, las mejillas y una curva en los labios cual plastilina, libera del pecho un sollozo bajito, mientras se planta las manos en la cintura. Y allí se queda unos minutos, con los ojos cerrados, esperando al abrirlos que todo sea un sábado de super acción. Pero es domingo de siestas, y lo único que escucha es el canturreo de la radio.

–¡Cálla ya, radio chillona! –logra esbozar en una moqueadita de niña. Apaga el aparato, maldiciendo su suerte.

Pobre muchacho. Tienen algo raro los Quecos, siempre andan tropezando con problemas. Pero pequeños. Por añadidura luego vienen los grandes; es como una ley universal kármica que llevan en su existencia, inamovible como una regla de tres simple.

Queco espera entonces que llegue un poco de viento, porque la tarde está de rechupete y en un tris tras va a poder disfrutar de un dorado virginal en su piel, para ir a presumirle luego a sus amigos de la escuela. Pero el viento no llega; pareciera que la nube entendiera lo que espera el Queco, la bondad del sol y como resultado un Narciso de terrazas. Y ahí se queda nomás, tapando los rayos. El Queco se lamenta, vuelve sus brazos al cielo queriendo convencer a la naturaleza con ruegos ancestrales de un documental visto el día anterior.

–Viento... –esboza como un cántico de Chamán.

–...Dile, a la lluvia... –logra escucharse desde lo lejos, de forma muy armoniosa y primaveral; un sonido preciso de cuerdas vocales buscando el juego.

Ya el Queco bajó los brazos y tiene arruinada la tarde, su intimidad y las ganas de sol. Se asoma hacia un lado y otro, dando vueltas como un trompo, buscando lo inevitable, y allá a dos terrazas de su casa, una Tita disfruta la tarde entre risas y albores de sol.

–Que quiero, volar...

–¡Tú no quieres nada, Tita bronceada, el que quiere un poquito de rayos ultravioletas soy yo, mírate ahí, toda ocre y chamuscada, y yo aquí como un esquimal! –avienta el Queco a través del silencio sepulcral de la tarde.

–Queco Queco, ¡mira mi bella piel atestada de este sol y el regocijo de sus rayos!

La Tita se levanta para ver mejor al muchacho, y este siente vergüenza de su cuerpito blanco como la nieve. Siente que pronto va a suceder algo, ese tipo de cosas fortuitas que pueden lograrse con sólo una sonrisa. Y Tita le está sonriendo, y Queco esperando lo inevitable. Tita mira al cielo, el sol le ciega la vista, luego mira al Queco, y aplaude y grita, mientras algunos perros responden con ladridos de armonía y tarde serena.

–Queco, ¿qué haces en la sombra? ¿No ves que mi amigo el sol quiere darte lo mismo que a mí?

–Tita sociable, no es tu amigo mi problema. Es esa nube que me lo tapa todo, y como verás, a ti parece que te resbala. Todo lo que tienes es el sol.

–Pero Queco, ¡es que yo no le presto atención a la nube! Por eso ella no me presta atención a mí y vuela tranquila en el techo azul... –dice la Tita, y de un salto floral comienza a dar vueltas en su sitio, llena de pasos y baile en sus pies. –Mira Queco, mira esto.

La Tita comienza a bailar ladanza. Salta, suelta sus cabellos y estos zigzaguean por el aire como un pincel dando batalla a un lienzo. Alza sus manitas y entorna cada uno de sus dedos, luego lleva las palmas a cada lado de sus caderas y menea toda su figura. Como es costumbre, el Queco se siente intimidado. Ya la tarde es toda de la Tita.

–No Tita, no me hagas la bailarina exótica que me pongo colorado. Ladanza no sirve para nada, sólo es un invento tuyo para olvidarte de todo.

–¿Es que no entiendes, Queco? Si te olvidas de esa nube que te tapa es mejor, vamos, mira mis pies cómo invocan al azar en cada paso, siente conmigo el ritmo del viento, vuelca tu cuerpo en un salto floral, anda, no seas parco.

Pero los Quecos son parcos por naturaleza. Éste en particular lo sabe, aunque siempre ha sentido la necesidad de ensuciar aunque sea una pizca su pulcritud, esa inercia de almidón en un cuello de camisa. Y la Tita esta allí, flotando en el baile, libre de ataduras, saludando la tibieza del sol.

Poco a poco el Queco lo siente venir; algo lo envuelve y se enciende en una de sus piernas; algo como un pulso constante, un golpeteo alegre que pide pasos, saltos, vueltas, bailes, gritos, zarandeo, y casi sin darse cuenta termina inventando un salto floral; mira a la Tita, que lo llama con sus manos, y así, lentamente, las suyas se elevan como atrapadas en una soga que la muchacha va tirando, grácil hacia ella, volviendo al Queco, sintiendo el vértigo del ritmo, tomando posición, abrazados a las cinturas, reinventando ladanza, en un grito de alegría que invade todo el espacio donde el silencio había traído quietud, donde todo estaba almidonado. Y el Queco y la Tita son plasticidad por los techos, colores fundidos, formas nuevas de a dos.

No sabe cómo, pero al dar el último paso, el Queco tiene tomada a la Tita, muy cerca, sintiendo su respiración agitada en el pecho. Mira sus brazos juntos, y una pequeña gota de sudor corre lentamente hacia abajo, resbala por su antebrazo, y se baña en la cintura de la Tita, que lo abraza llena de risas y júbilos de niña.

–Queco Queco, ladanza te sienta muy bien, aunque no esos pantaloncitos floreados. Te vendrían bien unas bermudas, que no el triángulo, ¿eh?

Otra vez el Queco que no entendió ni medio. Tita va y se sienta a tomar sol; Queco se queda parado. Todavía piensa en la nube y su terraza.

–Pero Tita, ¿qué hago yo aquí?

–Creo que está claro; tomas sol conmigo, Queco hermoso. Mira el colorcete que estás echando. Y bailas ladanza como un cacique, de rechupete.

El Queco mira al cielo. Siente como una evocación; pero en realidad lo que recuerda es que olvidó algo que se fue.

La nube ya no está.

El Queco se acerca a la muchacha con algo de temor, esperando una broma nueva. Pero Tita le hace lugar en su toallón, y le toma la mano para que se acomode junto a ella.

–Mira el sol, Queco; es todo nuestro. Como la vida. Deja que nos encandile.

Queco abre mucho mucho los ojos, mira directamente a la luz que lo enceguece, y ya no ve más nada. Pero sabe a la Tita a su lado, con los ojos tan abiertos como él.
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01 junio, 2010


Ventura


Era una hoja común y corriente, sin ningún detalle que la distinguiera; seguramente pertenecía a algún bloc o cuaderno de bolsillo, manchada de café y con la tinta corrida en varios lugares. Ni siquiera la letra manuscrita se mostraba dócil a la lectura, y era evidente un nerviosismo profundo en el trazo. La carta decía lo siguiente:

“Mamol, yo sé que andar pensando en estas cosas para vos no tiene sentido. Desde que te conozco siempre fuiste igual; Dios, lo esotérico, el destino y todo lo relacionado a las creencias populares siempre fueron tan importantes para vos como un pedazo de cemento seco. Yo nunca tuve ningún problema con respecto a eso; es más, creo que nuestras diferencias han sido siempre un gran catalizador en momentos de tensión y discordia, y esto nos ha ayudado a mantenernos a flote todo el tiempo que estuvimos juntos. Vos con tus creencias (o la ausencia de ellas), yo con las mías; Caín y Abel un poroto. Pero siempre fue el respeto mutuo, nunca la descalificación gratuita, y no dejo de agradecer que me tomaras como un igual aceptando lo que soy. ¿Te acordás cuando recién nos estábamos conociendo? Me lo habían anunciado, y no sólo eso, sino que sabía cómo iba a ser la historia de allí en adelante por muchos años. Veía señales en todo lo que nos pasaba, le daba sentido a cada pequeña particularidad, mientras vos no hacías otra cosa que reírte a carcajadas de mis ocurrencias. Era muy divertido pasar el tiempo así; el foco de luz que explotó en la plaza, el libro de Bucay, la hora exacta de tu encuentro con el flaco Spinetta, las llamadas por teléfono al presentir que nos pasaba algo... No sé, hoy pensar en eso no me importa tanto, porque lo que rescato es que al fin y al cabo estamos juntos y esa magia según yo, inmediatez de la casualidad según vos, nos llevó a construir nuestra historia de una manera muy particular y enriquecedora.

Yo sé que estoy enfermo de “extrema credulidad”, como me dijiste aquella vez en el bar del Sol. Nunca voy a olvidar lo mal que me sentí conmigo durante tanto tiempo, lo idiota que llegué a ser muchas veces. Siempre buscando respuestas a lo largo de mi vida, pensando que las iba a encontrar en otros lugares u otras personas. La religión, los perceptivos, las energías, campos mórficos, mediums, canalizadores, la sanación y qué se yo cuantas cosas más... Me estafaron, me llenaron la cabeza de porquerías, de creencias que eran humo; soplabas y todo desaparecía. Sin embargo yo seguía en la constante búsqueda, tratando de encontrar un rescate externo, cuando a fin de cuentas lo único que hacía era huir de mí mismo, del verdadero problema, de mis demonios. Vos siempre fuiste mi cable a tierra; desde el primer momento no sólo me escuchaste, sino que te compenetraste con mi incertidumbre. En la plaza me miraste con tu mejor cara de amor, y dijiste “¿Sabés dónde vas a encontrar la respuesta?”, apoyando tu palma en mi pecho. “Quizás necesites ver las cosas desde otra perspectiva, si querés yo puedo brindarte todo mi escepticismo”. Y rompimos en carcajadas, y estalló el foco, y con el destello noté tu cicatriz, te pregunté así muy de cerca y las chispas ya fueron otras. La pelota comenzó a rodar y acá estamos.

Pero esto que pasó ahora ya es demasiado. La plata me importa poco y nada, lo sabés muy bien; la reparto, ayudo a mis amigos y familiares que lo necesiten, compro una casa con todo para llevar un buen pasar, hacemos un viaje alrededor del mundo, qué se yo, no me va a alcanzar la vida para gastar toda esa cantidad. Tendría que estar feliz, saltando en una pata y despreocupado porque todos los problemas que se pueden solucionar con dinero ya no van a existir más.

Y no puedo mamol, no puedo con esto. Es más grande que vos, que yo, más inmenso que la vida misma. No me ridiculices, por favor, no quiero que entiendas, porque sé que se contradice con todo lo que pensás y creés; pero convengamos que las cosas se dieron tal cual me lo dijo Esperanza. Aceptalo como es; así de simple. Aceptá el misterio, abrazalo y dejá que sea. No quiero preguntarme más nada ni darle vueltas a la razón. Las cosas fueron dichas, y así pasaron. Conocerte en el negocio, tu sobrenombre, las primeras conversaciones, el ir y venir de nuestros sentimientos encontrados, el tiempo que se estiró como un chicle durante un año, el primer beso y la frase exacta, los comienzos de nuestro devenir, la muerte de la abuela, el perro que te mordió la pierna, mi operación, vivir juntos, ser felices, no poder tener un bebé... y ahora esto; la lotería.

Te juro que traté de no pensar en ello, pero es imposible obviar el detalle más importante. Cuando fui a tu trabajo con la noticia y el billete en la mano nos abrazamos fuerte fuerte, así como nos gusta a nosotros, y no pude borrar mi cara de preocupación. Te escuché una y otra vez; intenté restar importancia al final de la predicción, pero ni vos estabas convencida de lo que decías, tu inquietud era mucho más evidente que la mía. Y mirá que tratamos de seguir impasibles, pero no, fue un peligro tras otro que ya no podemos manejar, como si el destino estuviera a cada rato mostrando el camino y el final definitivo, mientras seguimos haciendo malabares para escaparle por un rato más.

Y yo así no puedo más, no puedo, me estoy volviendo loco. No quiero que te pase algo malo por lo que me ha tocado. No te merecés esto, mi vida. La tragedia es mía y de nadie más. Hoy después que te fuiste al trabajo salí al patio a regar las plantas, y mientras miraba las nubes se derrumbó todo el sector de la parra que está encima de las reposeras donde siempre tomamos mates. Fue horrible; toda una maraña de alambres y fierros ahí a medio metro de donde estaba parado, como anunciándome la hora. Ya no puedo quitarme la imagen y la posibilidad de que los dos hubiéramos estado ahí sentados en ese momento. No puedo. Primero el choque con el auto, después el bote que se hundió en el río, en navidad las balas perdidas, la semana pasada el horno que explota y hoy esto. Basta.

Ya no quiero seguir esperando más. La predicción de Esperanza debe ser cumplida; y si el destino es vago para actuar, entonces habrá que darle una mano. Esta ventura es mía y no quiero que dañe lo que más amo en el mundo. Por favor, no me odies; entendé que no hay otra opción. Viví tu vida de la mejor manera, y recordá siempre que este tonto quizás alguna vez tuvo razón. Sos mi pedacito de turrón, mi beso de buenas noches, mi luz en la niebla. Recordá siempre lo mucho que te cuidé y lo mucho que te sigo cuidando. No hay tesoro más preciado que todo lo que me diste desde la primera mirada. Te amo. Te amé desde siempre y desde siempre te voy a amar. Adiós mi Pupi, te voy a estar esperando ahí, donde vos pensás que no hay nada. Tu Pipu.”

Esperanza terminó de leer la carta, levantó la mirada, vio el rostro de Pupi y supo que estaba en problemas.
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25 mayo, 2010


Espejitos De Colores 2


La Revolución de Mayo fue hecha por Buenos Aires y para Buenos Aires, sin las provincias y contra las provincias.
Juan Bautista Alberdi.
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20 mayo, 2010


Instructivo N° 2


Algo pasa de repente; pareciera que el velo de la realidad no estuviera en su sitio, o se ha desplazado hasta darle un tono impresionista a las cosas. Usted cierra y abre los ojos, vuelca sus dedos en párpados, lagrimea hasta la náusea y repite la acción como una película de domingo a la siesta; la gente alrededor interpreta según su bagaje: pena de amor, consanguíneo terminal, querella administrativa, piedra en el zapato y los etcéteras. Los ojos colorados, llenos de agua y sal, son puertas abiertas a la imaginación de un testigo azaroso. Pero la cuestión es otra. Usted tiene la vista nublada como una foto movida y fuera de foco, tan molesta como la cacofonía de reciente lectura; la edad comienza a pasarle factura y aquí no estamos para rimas, que no es nada bonito descubrirse miope así sin más, en plena limpieza dental o la cola de un banco.

Todo sigue estando en su lugar, no se preocupe; todo sigue igual. Las manchas y sombras que se mueven y pululan alrededor siguen teniendo la misma importancia que si pudiera delimitarlas con vista de lince. Usted está ahora ante una encrucijada existencial, de esas que pueden cambiar la vida entera tras una simple decisión. Siéntese un momento y medite lo siguiente: hasta hoy, ha conocido un mundo, producto de la unión entre su interior y el exterior, este último llegado a usted a través del sentido de la vista. El mundo ha tomado forma a través de sus ojos, pero la triste realidad es que usted no tuvo la más mínima participación en el proceso creativo del mismo. El estar corto de vista abre entonces la amplia gama del lienzo, presto a embadurnarse ante el pincel del creador. Quédese miope y tendrá al alcance de la imaginación una explosiva forma de hacer su Big Bang con el mundo, o en el caso de ir a misa todos los domingos, crear un Edén a gusto y piacere, con el hombre a su imagen y semejanza. Tal tarea se presentará como ardua; podrá entenderse si usted está demasiado ocupado con deudas impositivas, problemas de reuma y horóscopos de diarios. Hoy le es imposible anexar a la vida una nueva vida sin dejar viudas estas cosas tan importantes para su integridad. Ya es usted una persona hecha y derecha y lo torcido no va con sus formas. Y por supuesto, la solución ante el dilema se encuentra en los anteojos.

Los anteojos cumplen la misma función que las muletas o los bastones; asistir a un impedimento físico para lograr ejecutar de manera normal tal o cual acción. Aún así, mientras estos ejemplos de ayuda no son muy bien vistos por la norma (alguien con muletas será un discapacitado y el que use un bastón es un viejo), quien porte unos anteojos no será para nada un chicato, sino que recibirá comentarios de aprobación y halago, como por ejemplo que su rostro está hermosamente enmarcado y hasta cambia su temple, haciéndolo mucho más interesante; inclusive varios lo confundirán con un intelectual catedrático o filósofo mundano, dependiendo del grado de barba que usted lleve. Si es mujer, la situación cambia. Una fémina sin anteojos podrá ser la más hermosa criatura viviente, pero con ellos será una vieja. No hay estudios certeros sobre el sentido social de tales costumbres, pero que pasa, pasa. Otra gran diferencia con los dispositivos de tracción antes nombrados es que mientras los primeros nos llevan, a los anteojos se los lleva. La idea de dependencia ante cierto objeto para realizar las cosas más cotidianas es aquí pisoteada por un simple adminículo que cumple la misma labor, pero de una manera mucho más pintoresca y cosmética.

Así será que para dar una imagen con la que usted se sentirá medianamente cómodo ante los demás, deberá pensar en qué es lo que quiere transmitir. Hoy ya no importan la graduación de los mismos y su efectividad, tanto como qué le darán los anteojos: popularidad, aceptación, exclusividad, diferencia, etcétera. Una vez elegido el diseño del marco que querrá para su estampa, ahora sí vaya a lo de un oculista para realizar las mediciones pertinentes. Mire con un ojo, luego con el otro, diga la verdad y no se haga el machito. Miopía, astigmatismo, hipermetropía, vengan de a uno o los tres juntos, nada podrán ante sus anteojos.

Una vez obtenidos éstos, hay que aprender a usarlos. El ser humano ha sido verdaderamente creativo a la hora de hacer buen uso de los anteojos. Elegir la manera de llevarlos puede ser tan simple como determinante; muchos optan por la elegancia, haciéndolos colgar por una patilla en los bolsillos del pecho en camisas o chalecos, otros interesados en lo moderno los ubican sobre la frente y encima de la misma, forma tal que cumple una doble labor, emitiendo una imagen fresca del rostro mientras sostienen los cabellos en lo alto de la coronilla, modificando inmediatamente el peinado; algunos que persiguen la intelectualidad los posan en las ventanas de la nariz, casi en el final de la misma. Y quien busque dar la impresión del pensar, no tendrá más que tomar los lentes y morder levemente una patilla durante un tiempo. El abanico de posibilidades es amplio; pero quien esté interesado en la función básica y primigenia de los anteojos, deberá abocarse a la misma palabra, donde está explicado el secreto. Los anteojos se usan ante los ojos y no en otra parte. Son pedazos de vidrio encajados en otro pedazo de plástico o metal.

Ya ubicados en su lugar, pruebe un rato. Primero intente mirar; a su alrededor, arriba, abajo, a los flancos. Reconozca todo aquello que le ha sido impuesto desde el momento en que abrió los ojos sobre el regazo de su madre. Mire la calle, los semáforos, la gente, los autos corriendo de un lado a otro. Notará que no hay mucha diferencia con las manchas que vio al quedar miope. ¿Sabe usted por qué tienen tanta prisa? Ni se le ocurra preguntarles. Alce un momento la vista por encima de las azoteas. A que nunca ha contemplado el cielo tan azul y las nubes tan blancas, ¿eh?

Vaya a casa tranquilo; todo está en su lugar. Una vez en el hogar, intente lo siguiente: deje de mirar. Ahora trate de ver. ¿Cree que los anteojos ayudarán a diferenciar una cosa de la otra? Ande, inténtelo. Vaya al baño. Véase en el espejo. Ese es usted. Esa es su mujer que llega del mercado con las compras del día a saludarlo. Esos son sus hijos correteando por la casa sin parar. Esos son los impuestos que hay que pagar antes del día diez. Esa es la televisión ejerciendo el reinado. Ese es el reloj despertador que sonará a las siete. Ese es el mundo.

Tranquilo. Siempre que usted quiera, puede sacarse los anteojos para que todo pierda el sentido, y como hablamos anteriormente, darle forma al nuevo mundo. De qué manera hacerlo, sólo usted lo va a entender. Si pudo dejar de mirar para ver, media batalla está ganada, dijo la frase trillada. Lo demás será libertad e improvisación.
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17 mayo, 2010


Cuer(p)os


Desconfío de lo mío; será que hay algo extraño en mi silencio, porque duerme tristemente sobre el tuyo. Renueva al buscar, sosiega caprichos y distiende en gemidos sinuosos, como la única razón de la vergüenza niña, vil animal que percibe lo que no es suyo. Luego despierto en un bostezo de gris afrenta, ante la imagen que perdí en el instante reflejo; me vuelco en lapsos para fijar la ambigüedad de una curva. No porque tema olvidar; es que esos momentos de carne y líquidos vuelven hacia abajo, con las ganas. Tienen voluntad y ganan terreno; llevan. El deseo busca refugio; porque si eres mi guía en busca de lo silente, fracaso al seguirte; porque si soy tu vigía te llevo al tártaro, juego la silenciosa carta del barro, un as de manga corta. Soy todo un soberbio tramposo.

Cuerpos; ¿qué os oculta, hijos del pecado? ¿Qué es el ansia en la vil injuria de la soledad? La piel del otro, un sabio cuero que cubre y enseña. Allí asedian caricias como látigos y uñas; las fuerzas de conquista desgarran en sumisión. Muy pronto se forjan caminos de lo intransitable y despega la fiebre, como el calor del verano en el asfalto. Y ante la desidia en esta rutina de actuar vestigios, habla el idioma del tacto, la lengua y los sexos.

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14 mayo, 2010


Interviniendo A Quasimodo


La idea del ejercicio fue la siguiente: elegir de una serie de textos presentados en la clase el que más nos gustara o movilizara, e intervenirlo. La forma de la intervención era libre, se podría entonces agregar texto, cambiar las palabras o el sentido de las mismas, utilizar el original y encajarlo en una creación nueva, etc. Terminé eligiendo un breve poema de Salvatore Quasimodo, que me impactó por su hermetismo y su fuerza devastadora. Tan cerrado como abierto, tan puntual como universal:


Cada uno está solo
sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol;
y enseguida anochece.


La intención fue entonces abrir un poco el poema y anclarlo, llevándolo a algo más puntual. El resultado de tal destrucción por parte de quien escribe fue el siguiente:


De pie a bruces, al ras en la altura;
se imparten reflejos donde el matiz
el tacto, el cuerpo en su elemento
y ocurre un lenguaje silente, rito de cercanía
a piel, boca y pliegues
para olvidar, un momento
que cada uno está solo sobre el corazón de la tierra.
Así, traspasados por un rayo de sol efímero
súbitamente anochece
y dentro uno mismo, el otro, los demás
en la arena y el viento.
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09 mayo, 2010


Instructivo N° 1


Tarde o temprano usted notará que las uñas de su mano crecen. Lo mismo en la otra, y si observa que al final de cada una de sus dos piernas hay un pie, el asunto termina siendo un espanto de queratina. Justo cuando usted menos guarda su apariencia y más desprecia la cultura de lo superfluo, ese familiar viscoso o aquél vecino recalcitrante se aparece con un trabajo de manicura que da ganas de apalearlo hasta sentirse feliz. Luego mira cada una de sus uñas, desprolijas y aferrándose hasta la vergüenza de toda su carne, escucha el clamor, esos gritos minúsculos, y siente una lástima insufrible. Usted vela por libertad y justicia, simpatiza con movimientos humanistas y hasta participa en alguna manifestación cuando no hay partido; pero lamentablemente debe censurar la naturaleza, aunque le duela en el alma igual que unas anginas. Es verdad, para que no reine el caos debe existir algún tipo de control; remoto es el tiempo en que la paz y el amor eran estandartes de la más sentida generación que no pudo cambiar al mundo. Dulces los recuerdos de armonía y coexistencia, amplia la cúpula que atesora su ideal; pero usted deberá ahora cortarse las uñas, ya que si por el contrario elige tomarse un vermut en cualquier momento van a amotinarse de tal manera, que bastará una leve comezón en su cuello para que al momento de rascarse llegue la venganza como un zarpazo, repatriando chorros tibios en su camisa y comensales.

No es tiempo de vacilar; sus uñas lo odian y lucharán como nunca nadie ha defendido su existencia. Seguramente recuerda aquella discusión con su ex pareja, y todavía han de dolerle cada uno de los rasguños impartidos; pero sépalo usted, que estaba equivocado. Las causas y razones varían de cuando en cuando, pero generalmente son las mismas. He allí lo superfluo. Las crisis maritales no son otra cosa que un gran pasatiempo para ocultar la cruzada que mantienen las uñas contra los humanos. Quizá piense que esta advertencia es el fruto de un ferviente facundo de feria, pero ni la cacofonía podrá desteñir el siguiente, y más revelador de los hechos: usted está en pavorosa desventaja; son veinte uñas contra un humano, y van a vengarse en el próximo evento cotidiano.

Corra. Grite. Abandónese al caos. Porque el fin puede estar en la próxima caricia.

Seguramente ya tiene su tijera o cortauñas consigo. Ha dejado cualquier idea de libertad, igualdad y fraternidad en París (ya bastante tienen en Francia con las revueltas de vello axilar y la demanda insospechada de afeitadoras descartables). Es hora de sentencia y guillotina.

Para cortarse las uñas deberá usted estar muy atento y ser fuerte de carácter; muchos serán los momentos donde una lástima injusta se cuelgue por los recuerdos: esa picadura donde no ha llegado ni la más valiente de sus yemas, y su uña del meñique, sabia y laboriosa, hurgó en buen momento hasta hacerle sentir el éxtasis; aquél resfrío en su fiesta de confirmación, cuando todos prepararon la foto familiar y usted era puro mocos y baba, hasta la magnífica exploración de su índice en cada fosa nasal para barrer con la vergüenza que sería ver su rostro año tras año en los recuerdos de domingo; y por último pero no menos, la satisfacción de haberle arrancado el pellejo con todos los dedos a ese púber que recreo tras recreo atestaba de arena los bolsillos de su delantal. Para no caer en las redes del sentimentalismo es recomendable la más simple solución: emborracharse. Pero cuidado al hacerlo; puede ser un gran problema si al momento de cortar el mundo se escapa en vueltas; peor aún cuando la vista se dobla; verá usted la revolución en plenas narices y querrá escapar, olvidando que las uñas lo persiguen en su cuerpo. Y usted no quiere eso; usted quiere cortarse las uñas.

Una vez borracho y olvidados los recuerdos, extienda en el suelo una buena porción de nylon y acuérdese de alguna canción de cuna. A las uñas les encantan las dulces melodías. Busque calmarlas, y la oportunidad aflorará en el próximo compás. No se duerma, por favor. Será noticia de primera plana si lo hace. Cantando el arrorró, lentamente acerque su tijera extendiendo la mano pero haciendo de cuenta que va a aplaudir el final de la canción. Cuando crea necesario, grite repentinamente, ateste un seco movimiento, y lance la guadaña en picada contra sus uñas. Cierre, abra una y otra vez, disperse los trozos a diestra y siniestra, hurgue en la fina capa que expulsa su piel de cada invasión, llene de estruendos la noche, corte todo vestigio rebelde. Gane la guerra y extienda su bandera en el campo de batalla.

Querido lector; usted se ha cortado las uñas forjando el poderío de la razón sobre la barbarie. Contemple el premio servido al nylon. Es ardiente el triunfo y la sangre del fin, testigo inviolable de un paso rotundo; vasto el fuego de la determinación. Ahora junte cada trocito que haya resultado de un desliz, y marche al hospital, botella en mano. Nadie, ni los médicos, van a opacarle el festejo.
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02 mayo, 2010


Catalizador


Apenas vio la luz en las salas de cine, “Misión a Marte”, film del talentoso Brian De Palma, acabó destruido bajo el yugo de la crítica especializada; muy pocos fueron benévolos en su apreciación, y en verdad, pueden entenderse las razones hostiles con el resultado final: objetivamente es una cinta obvia, fofa y llena de clichés. Más allá de estos detalles, personalmente creo que la crítica y gran parte del público no han entendido absolutamente nada. O quizás aquí entren en juego cuestiones subjetivas, que me han llevado a encontrar lo que otros no han visto en el film; de ahí el título de esta nota. Porque “Misión a Marte” no es una película de ciencia ficción, viajes por el espacio y suspenso; tampoco cuenta la historia de un rescate en el lejano planeta rojo, que deviene en el primer contacto de la raza humana con una civilización extraterrestre. Eso es sólo la cáscara del motor primigenio que late durante el transcurso de toda la cinta. Porque el film de Brian De Palma es, sobre todo, una historia de seres; un relato del ser, que pone en primer plano las cualidades que nos hacen lo que somos, humanos, por encima del gran apartado científico que prima a través de toda la trama. Es una historia de viajes, sacrificio y heroísmo, y a su vez, un relato de historias individuales, tan pequeñas a simple vista, pero tan enormes cuando se mira hacia adentro. Así como el espacio interminable se extiende allá afuera, De Palma hace hincapié en lo interno, en las marcas, lo que nos retrasa, nos frena, nos clava al piso sin poder despegar, y bucea en la idea del viaje, en este caso el viaje interno, para finalmente encontrar la liberación, la consciencia, el movimiento necesario para dejar ir, soltar lastre y fluir, levantando vuelo hacia un nuevo camino.




Entre naves espaciales, interminables botones, paneles, luces y efectos especiales, allí en el vacío y la total soledad del espacio exterior, De Palma traza el escenario para desplegar el verdadero viaje, ese devenir en el que Jim encontrará el rumbo, el centro, su hogar, la historia de aquí en más, lejos, tan lejos de todo como tan cerca de uno mismo, de lo que él es, y muchas veces somos.

Jim es un experimentado y exitoso astronauta que se ha preparado gran parte de su vida para lograr una hazaña histórica: ser el primer hombre en pisar el planeta Marte. Y no está solo en esta empresa, sino con grandes compañeros y amigos que son parte de la misión. Inclusive su mujer, también astronauta, participa del combo; junto a ella, Jim ha compartido su vida tanto como su trabajo, entrenando, proyectando y preparando ese gran viaje que les había sido asignado y por el que tanto soñaban.

Todo da un vuelco drástico en la vida de Jim cuando su mujer muere tras batallar contra una enfermedad, dejándolo devastado, y según los criterios de la Nasa, en condiciones psicológicas inadmisibles para un proyecto de tal envergadura; por lo que es hecho a un lado, relegado a una especie de “director técnico” de la misión, innecesario para la misma pero necesario a la vez, ya que nadie conoce todos los detalles cruciales tanto como él.




Parte de su grupo embarca al viaje; ya en Marte, se topan con la tragedia en una expedición para investigar un gran montículo que parece emitir ondas de radio. Luego de intentar rastrear la señal, de la misma montaña se levanta un gran torbellino con voluntad propia, que acaba con las vidas de los astronautas, pero dejando un sobreviviente. La base planetaria pierde todo tipo de contacto con la Tierra, y ante la encrucijada, se decide enviar una misión de rescate. Finalmente, Jim se hace con la oportunidad por la que tanto se había sacrificado, y junto a varios de sus compañeros y amigos, emprenden el viaje sin saber qué los espera en el planeta rojo.

Es aquí donde comienza la gran analogía, donde el concepto del viaje se abre a lo interno, centrándose en Jim. Todo el trayecto hasta llegar a Marte se convierte así en una metáfora enorme, que se adapta al detalle con aquella etapa que lo ha marcado a fuego en su historia, con ese viaje de vida que había comenzado a transitar junto a su mujer, quedando trunco y dejándolo a la deriva e inmóvil al mismo tiempo. El viaje espacial es su historia, que comienza con los mejores auspicios y la fe apostada a lo que vendrá, plácido y calmo, siguiendo un trayecto seguro, que con el devenir de los hechos comienza a mostrar sus aristas ante lo inesperado, partiendo de una lluvia de meteoritos que los golpea, los sacude y los marca; de allí en adelante ya nada será igual y todo se decantará en la tragedia, ya que luego de solucionar los problemas eventuales, se toparán ante la verdadera encrucijada, que los llevará a enfrentar el sacrificio y la muerte, quedando expuestos al vacío y el silencio del espacio exterior, a la total inmediatez de la deriva. A medida que se van sucediendo los hechos, podemos apreciar cómo Jim comienza a captar algo implícito allí frente a sus narices, cómo su rostro y sus actitudes muestran la certidumbre de lo inexplicable, sabiendo él mismo ese algo allí presente, aquello que trata de hablarle, que comienza a nacer, como una especie de percepción mayor o entendimiento al que todavía no tiene acceso consciente, pero que sin duda alguna lo está preparando para lo que vendrá, llegado el momento crucial. Jim sabe, pero todavía no entiende. Es el proceso lo que lo hará comprender que es él mismo quien se está hablando, explicando y entendiendo, aquello que le grita desde adentro que ya es hora.




Y la hora llega, estando ya en Marte, luego de encontrarse con uno de sus compañeros de la primera misión. El grupo decide volver a aquella montaña ahora descubierta del polvo marciano, que muestra en todo su esplendor un rostro gigante mirando hacia lo profundo del espacio. Descifran el enigma, y son invitados al interior de la antigua construcción. Dentro de la misma son testigos de los vestigios de una antigua civilización marciana que al enfrentar una catástrofe planetaria, deben huir al espacio, sin antes enviar a la tierra una cápsula con ADN que al caer en el océano, da inicio con la vida y su evolución. Jim comienza a comprender: “Ellos son nosotros, y nosotros somos ellos”, dice con una leve sonrisa cómplice.

Es entonces que todo se decanta, cuando se dan cuenta que la enorme construcción marciana es una puerta de invitación a las estrellas, al concilio entre las razas, a la unión entre unos y otros. Y es Jim quien toma la posta al aceptar la travesía, comprendiendo que ése es su lugar, que todo aquello que lo mantuvo inmóvil internamente debe ser soltado, debe irse, tanto como él mismo debe tomar un nuevo camino de ahora en más, una nueva aventura tan grande como la vida misma. Sus compañeros regresan a la tierra y Jim se interna en una suerte de cápsula, mientras los compases sublimes de Ennio Morricone comienzan a volar, cada vez más altos, más intensos, y un líquido transparente llena la cápsula, y Jim se asusta, intenta liberarse, hasta quedar sumergido y conteniendo la respiración, un momento, sólo un momento, hasta no soportar más, soltar el poco aire que queda en los pulmones y quedarse así al instante, atónito, darse cuenta que está bien, que en ese líquido amniótico está él, Jim, sólo él, muriendo y naciendo a la vez, soltando el lastre, abierto a lo inmediato, peregrino de una vida nueva, y así, abriendo los ojos lo ve, lo entiende, finalmente sabe, en esa mirada y esa sonrisa está todo aquello que fue, todo aquello que termina de encajar, la vida pasando frente a él, imagen tras imagen, hablándole, diciéndole, y Jim aceptando, Jim feliz, cuando la música encuentra el clímax apoteósicamente como la luz del amanecer entrando en las pupilas, como la vida misma estallando por los poros, como Jim que sonríe de ojos abiertos, muy abiertos, asintiendo levemente con la cabeza, comprendiéndolo todo, abrazado a la vida.




Y Jim se va, Jim vuela al espacio y las galaxias, estalla desde adentro como un mandala, se interna en el nuevo Jim, en sí mismo, tan lejos como tan cerca, un ser nuevo, el alfa y el omega, el principio y el fin, la flama de la esperanza; Jim es la caricia del renacer, Jim es un hombre amaneciendo, Jim soy yo.


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01 mayo, 2010


Marañal 2

La mediocridad humana se adquiere. De forma inconsciente, por herencia, educación o entorno; creo que es en vano discutir sobre esta afirmación. También están aquellos que la adquieren a conciencia, trocando sus voluntades por las exigencias del contexto en el que desarrollan sus vidas. Cabe preguntarse de qué manera una persona se vuelve mediocre, pudiendo intentar una analogía con otro de los tópicos que generan opiniones dispares: el talento humano. Hay quienes afirman que se nace con él, otros dirán que se lo forma, aquellos agregarán que es un ida y vuelta entre los genes de la ascendencia, mas el énfasis en estimular ese talento innato con el paso del tiempo. En relación a la mediocridad, podría pasar lo mismo. Para quien nace y comienza a desplegar su vida en un entorno mediocre, habrá dos caminos posibles: el primero, será vivir indiferente en ese entorno, envuelto en la naturalidad de su esquema de vida -que no es otra cosa que el esquema de vida de quienes le rodean-, y así cumplir un rol de engranaje. El segundo camino es mucho más complicado y riesgoso, pero no menos enriquecedor; será cuestión de encontrar alternativas que nos lleven a cuestionar nuestro mundo, lo que pasa en él, lo que nos pasa a nosotros mismos, y de una forma u otra ir abriendo los ojos ante lo estipulado y los dictámenes de pensamiento y roles, ya sean familiares, sociales, de relación o laborales. Esta apertura puede llegar de muchas maneras y por medio de distintas fuentes; lo que ya no cambiará nunca es que una vez abiertos los ojos, y habiendo incorporado las demás realidades a la nuestra, será imposible hacer caso omiso de ellas y obviarlas. Comienza así la eterna lucha, lucha por el ideal, por la utopía, lucha por la que correrán lágrimas de amargura y desazón. Porque quien abre los ojos y comienza el derrotero de capitanear su vida, su actuar y su pensar según decisiones propias, chocará innumerablemente contra los escollos de la mediocridad reinante, y muchas serán las piedras que lo harán trastabillar en la búsqueda de su ideal: indiferencia, cuestionamientos, incomprensión, desarraigo, acusaciones, prejuicios, falta de pertenencia; soledad. Quien quiera ser su propio dueño deberá sortear estas tempestades que los mediocres lanzarán sin piedad contra su pecho. El que haya abierto los ojos no tiene otra salida más que esta: luchar, y luchar. Constantemente. Y puede que la vida le vaya en ello. El valor que se impregne a la misma será el estoicismo ante todo y todos.

Podrá afirmarse entonces que el primer camino planteado es mucho más sano, menos pedregoso y más simple. Que la vida de esa manera es más llevadera. Y esto es verdad. Para los mediocres, la vida es simple. Pero como hemos dicho, una vez abiertos los ojos, imposible el cerrarlos.

Existe un tercer camino. El más despreciable de todos. Es el camino de aquellos quienes han abierto los ojos, quienes han descubierto la alternativa, la verdad indisoluble en un punto de quiebre para sus vidas, y tarde o temprano, mientras luchan una y otra vez contra las piedras, se dejan vencer o huyen de la senda. Y no hablo aquí de perder batallas; quienes tomen el segundo camino perderán inumerables. Hablo de perder la guerra contra lo mediocre. De volver al primer camino. De suicidarse en vida; para pertenecer, formar parte de algo, ser alguien, no quedarnos solos, para ser simples y sin cuestionamientos. Cobardes. Mediocres.

O tal vez simplemente quien tome el tercer camino haya sido siempre una persona mediocre, y el abrir los ojos la ha desplazado de su escencia natural. De ser esto posible, entonces sí se puede nacer mediocre, y mi primera afirmación es discutible.
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29 abril, 2010


Momentos Irrepetibles 1


Hoy mientras viajaba en colectivo a la velocidad de las ciudades, abrí levemente la ventanilla para que corriera un poco de aire; fueron apenas dos centímetros. Cuando bajo mi mano y la apoyo en el regazo, por la abertura de la ventana entra revoloteando una hojita de árbol, da dos vueltas en el aire, y como buscando una caricia se posa en mi mano.

De manera natural recordé una noche mientras andaba en bicicleta, hace unos años atrás. Noche de domingo a la vuelta de la casa de Juan Manuel. La calle Laprida estaba desierta y yo transitando bien en el medio de la misma, cuando veo varios metros adelante cómo una hoja se desprende de una rama y lentamente comienza a descender. El movimiento fue tan natural que hasta el día de hoy recuerdo la sonrisa que se me quedó en el rostro; seguir el mismo ritmo del pedaleo, la misma dirección, ver cómo la hojita seguía cayendo, recorrer los metros restantes, alzar mi mano y tomarla cuando nuestros dos caminos se cruzaron de manera exacta.

O también el día que abrí un libro hermoso, "El Barón Rampante", de Italo Calvino, y buceando entre las hojas, como por arte de Maga encontré otra hoja, la de la foto que ilustra este texto.

Cuánta dicha en tan poco. Aunque la concesionaria, la tienda de ropa, las telefónicas, las publicidades, las casas de electrodomésticos, no piensen lo mismo.
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