19 febrero, 2011


¿La Gallina Turucuanto?


El Queco se cansa de la ciudad; tanto pastiche urbano le nubla los anteojos, así que decide urdir un día de campo en el descampado de la esquina. Este lugar es El Dorado del infante: tiene mucho pasto de selva imaginada, horizontes tapiados y algunos animales para jugar a que los corran despavoridos entre aleteos y gorgojos. Se ha puesto los pantaloncitos cortos, pero también medias hasta las rodillas, no vaya a ser que los cardos le dañen la piel -o peor aún- sus gemelos tan bien cuidados. Sube al tapial del descampado con todo el cuidado del universo, mira a un lado y otro buscando que nadie lo vea (los Quecos son tan exclusivos de ellos mismos), y ya está escuchando algo como un baile familiar, o la inminencia de una dificultad. Allí abajo, justo donde tiene pensado alunizar con un gran salto para el Queco y al corno la humanidad, una Tita hace círculos y corretea dando tumbos carneros, mientras los animales vuelan y saltan y vuelven a hacer lo mismo todo el tiempo, como buenos animales que son. Queco se lamenta, pues quiere jugar; el problema es que siempre lo hace solo y con sus reglas, las que ni él mismo trampea a pesar de ser creador absoluto. La Tita se lanza en vuelos al ras, tratando de alcanzar algún animalito. El Queco piensa “Que no la agarre, que no la agarre...”, pero ya la muchacha tiene su gallina preferida en el regazo y la acaricia con un canto.

–¡Tita ladrona, deja mi gallina en paz! –grita de saltos y caídas al pasto (Armstrong tendrá la exclusiva, siendo más humilde).

La Tita echa un paso adelante, y Queco se aplasta contra el tapial, como buscando un escondite en las grietas.

–Queco Queco... ¿Es tu gallinita? Pues me gusta lo tuyo, ¿puedo jugar con ella yo también? –y lanza al aire al animal, que con unos aleteos truncos va a parar encima de un matorral. El Queco se espanta; la Tita hace burbujas de aire con el aire burbujeante y se las regala.

–¡Turuleca! ¡Ven aquí conmigo, vamos a comer bichitos! –llega a balbucear el muchacho.

–Es Turuleta, Queco.

–Esta gallina es mía, y es Turuleca, Tita insana. No me des vuelta ol euq ogid.

–Bueno. Pero es Turuleta, ¿estamos?

El Queco hace pucheros con sus labios, y Tita hace sonrisas de flores en las manos; casi que lo está convenciendo. Un dejo de impaciencia y nerviosismo se le agarra por adentro, como las patas de la gallina se aferran a las ramitas del matorral.

–Shhh, Tita; verás, sabrás y callarás –dice el Queco, dirigiéndose a la gallina en cuclillas. –Turuleca, ven aquí conmigo.

–Turuleta...

–¡Turuleca, Tita!

–Turuleta, ven con tu amiga la Tita.

El pobre animal no sabe hacia donde ir; se ha hecho un lío en la identidad. Mira a uno y otro, quiere arrancar hacia el Queco, luego la Tita, se mueve en el matorral, salta, no salta. Los pequeños rivales se acercan uno al otro agachándose, buscando complicidad y estirando sus manitas.

–Turuleca... –el Queco.

–Turuleta... –la Tita.

–¡Leca, Tita!

–¡Leta, Queco!

–¡Leca!

–¡Leta!

Leca, Leta, Leca, Leta... Ya la gallina está hecha puré de indecisión, pobrecita. El Queco y la Tita se han puesto uno al lado del otro y se codean, uno con el rostro colorado, la otra con la voz por el aire y dibujos en el vestido. Por fin de un salto la gallina va al suelo, y comienza a acercarse en un continuo zigzag que no hace más que desorientar, hasta que llega donde los dos, tan juntos que sienten el cuerpo del otro al contacto.

–Hola Leca! –dice Queco.

–Hola Leta! –dice Tita.

Los dos se miran. Tienen en brazos a la gallina, y esta se siente tan a gusto que se deja acariciar y acariciar, tanto por uno y otro.

–¡Lecaleta! –grita la Tita con un brillo de alegría.

–¿Lecaleta, Tita?

–Ladanza, Queco.

Los dos sonríen y se ponen a bailar Ladanza con la gallina Lecaleta. La Tita gira que gira, y al Queco se le han bajado las medias hasta los talones; los cardos acarician sus pantorrillas y no le importa.
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