27 mayo, 2010


Marañal 3


¡Reverendos animales! Hurgando en mi casilla de correo, me he encontrado con un mail más de esos que se envían porque pensé en tí (y me fue más simple apretar un botón que escribir unas líneas verdaderas); típico mensaje con frases que buscan enseñarme a ser mejor persona, aunque de seguir el consejo, lograrían todo lo contrario: convertirme en un imbécil. Dice algo así:

"Hay un punto en tu vida, en el que te das cuenta quién importa, quién nunca importó, quién no importa más, y quién siempre importará. De modo que no te preocupes por la gente de tu pasado, hay una razón por la que no estarán en tu futuro."

Es alarmante el grado de estupidez evasiva al que podemos llegar los seres humanos. Realmente. Oh, qué gran verdad para tener en cuenta, cuánta sabiduría, pensará la persona acostumbrada a abrazarse de la primer porquería que le ponen bajo las narices, sin el más mínimo atisbo de cuestionamiento. Porque todo importa; todo hace a lo que soy, todo me completa hasta hoy, inclusive mis más amargos errores; y restarle importancia a ello, sentarme a dejar ser a todo esto, no es otra cosa que irresponsabilidad e inmadurez. Así me lo dictan en estas frases ambiguas, así ordenan que me vuelva un Pilatos, que pase de todo y mire adelante, ya que supuestamente existe una especie de destino, impulso universal o razón mayor que se encarga de hilvanar el bordado de mi vida, dictaminando qué o quiénes importan, ayer, hoy y mañana.

Y no es así, porque Yo soy responsable de todo; Yo soy la razón por la que he dejado gente en el pasado, y Yo seré responsable de que esa gente no esté en mi futuro. No me vengan a embaucar con destinos y razones mayores, responsables éstos de que alguien, uno o varios, hayan quedado atrás. Porque así como han quedado en el camino, así como los he dejado atrás en pos de crecer y mejorar, puedo haberme equivocado al tomar tal o cual decisión, y el precio a pagar termina siendo peligroso. Tanto para mi integridad como persona, como para mi entorno. Y si estoy equivocado, Yo tengo el deber moral de resarcir mi error, y la oportunidad de hacerlo se encuentra al alcance de mi mano, no del destino. El destino es una patraña. Por culpa del mismo, de la creencia en el mismo, se arruinan historias, se olvidan puertas abiertas, se vive en la equivocación. Si tiene que ser, será, dicen también por ahí; una de las grandes estupideces a las que nos aferramos para escapar de toda responsabilidad ante las cosas que nos pasan y dejarlas en la nada, cuando requieren a gritos una acción clara y concisa de nuestra parte. Otra gran forma de pasar de todo sin culpa, ya que por algo es.

No te preocupes por la gente de tu pasado, hay una razón por la que no estarán en tu futuro. Claro que hay una razón, esa razón soy Yo, esa razón son los Demás, esa razón somos Nosotros, y en Nosotros está la clave. Seguir el dictamen de este tipo de frases orgullosas y esquivas es una de las tantas cosas que tienen al mundo como está hoy en día, hundido en la individualidad, en un aquelarre de escapismo. No dejemos las cosas en manos del destino; pongamos en juego lo que hace falta, humanidad, dobleguemos ese orgullo putrefacto, demos el brazo a torcer, reconozcamos nuestros errores. Pero con eso no basta. Luego de esto, hay que ponerse en acción; allí es donde verdaderamente demostraremos nuestro valor. El valor de responsabilizarnos ante los acontecimientos. El valor de poder recomponer las cosas que requieren nuestro esfuerzo. El valor de no dejar atrás porque simplemente quedó atrás. El destino lo hacemos nosotros.
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25 mayo, 2010


Espejitos De Colores 2


La Revolución de Mayo fue hecha por Buenos Aires y para Buenos Aires, sin las provincias y contra las provincias.
Juan Bautista Alberdi.
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20 mayo, 2010


Instructivo N° 2


Algo pasa de repente; pareciera que el velo de la realidad no estuviera en su sitio, o se ha desplazado hasta darle un tono impresionista a las cosas. Usted cierra y abre los ojos, vuelca sus dedos en párpados, lagrimea hasta la náusea y repite la acción como una película de domingo a la siesta; la gente alrededor interpreta según su bagaje: pena de amor, consanguíneo terminal, querella administrativa, piedra en el zapato y los etcéteras. Los ojos colorados, llenos de agua y sal, son puertas abiertas a la imaginación de un testigo azaroso. Pero la cuestión es otra. Usted tiene la vista nublada como una foto movida y fuera de foco, tan molesta como la cacofonía de reciente lectura; la edad comienza a pasarle factura y aquí no estamos para rimas, que no es nada bonito descubrirse miope así sin más, en plena limpieza dental o la cola de un banco.

Todo sigue estando en su lugar, no se preocupe; todo sigue igual. Las manchas y sombras que se mueven y pululan alrededor siguen teniendo la misma importancia que si pudiera delimitarlas con vista de lince. Usted está ahora ante una encrucijada existencial, de esas que pueden cambiar la vida entera tras una simple decisión. Siéntese un momento y medite lo siguiente: hasta hoy, ha conocido un mundo, producto de la unión entre su interior y el exterior, este último llegado a usted a través del sentido de la vista. El mundo ha tomado forma a través de sus ojos, pero la triste realidad es que usted no tuvo la más mínima participación en el proceso creativo del mismo. El estar corto de vista abre entonces la amplia gama del lienzo, presto a embadurnarse ante el pincel del creador. Quédese miope y tendrá al alcance de la imaginación una explosiva forma de hacer su Big Bang con el mundo, o en el caso de ir a misa todos los domingos, crear un Edén a gusto y piacere, con el hombre a su imagen y semejanza. Tal tarea se presentará como ardua; podrá entenderse si usted está demasiado ocupado con deudas impositivas, problemas de reuma y horóscopos de diarios. Hoy le es imposible anexar a la vida una nueva vida sin dejar viudas estas cosas tan importantes para su integridad. Ya es usted una persona hecha y derecha y lo torcido no va con sus formas. Y por supuesto, la solución ante el dilema se encuentra en los anteojos.

Los anteojos cumplen la misma función que las muletas o los bastones; asistir a un impedimento físico para lograr ejecutar de manera normal tal o cual acción. Aún así, mientras estos ejemplos de ayuda no son muy bien vistos por la norma (alguien con muletas será un discapacitado y el que use un bastón es un viejo), quien porte unos anteojos no será para nada un chicato, sino que recibirá comentarios de aprobación y halago, como por ejemplo que su rostro está hermosamente enmarcado y hasta cambia su temple, haciéndolo mucho más interesante; inclusive varios lo confundirán con un intelectual catedrático o filósofo mundano, dependiendo del grado de barba que usted lleve. Si es mujer, la situación cambia. Una fémina sin anteojos podrá ser la más hermosa criatura viviente, pero con ellos será una vieja. No hay estudios certeros sobre el sentido social de tales costumbres, pero que pasa, pasa. Otra gran diferencia con los dispositivos de tracción antes nombrados es que mientras los primeros nos llevan, a los anteojos se los lleva. La idea de dependencia ante cierto objeto para realizar las cosas más cotidianas es aquí pisoteada por un simple adminículo que cumple la misma labor, pero de una manera mucho más pintoresca y cosmética.

Así será que para dar una imagen con la que usted se sentirá medianamente cómodo ante los demás, deberá pensar en qué es lo que quiere transmitir. Hoy ya no importan la graduación de los mismos y su efectividad, tanto como qué le darán los anteojos: popularidad, aceptación, exclusividad, diferencia, etcétera. Una vez elegido el diseño del marco que querrá para su estampa, ahora sí vaya a lo de un oculista para realizar las mediciones pertinentes. Mire con un ojo, luego con el otro, diga la verdad y no se haga el machito. Miopía, astigmatismo, hipermetropía, vengan de a uno o los tres juntos, nada podrán ante sus anteojos.

Una vez obtenidos éstos, hay que aprender a usarlos. El ser humano ha sido verdaderamente creativo a la hora de hacer buen uso de los anteojos. Elegir la manera de llevarlos puede ser tan simple como determinante; muchos optan por la elegancia, haciéndolos colgar por una patilla en los bolsillos del pecho en camisas o chalecos, otros interesados en lo moderno los ubican sobre la frente y encima de la misma, forma tal que cumple una doble labor, emitiendo una imagen fresca del rostro mientras sostienen los cabellos en lo alto de la coronilla, modificando inmediatamente el peinado; algunos que persiguen la intelectualidad los posan en las ventanas de la nariz, casi en el final de la misma. Y quien busque dar la impresión del pensar, no tendrá más que tomar los lentes y morder levemente una patilla durante un tiempo. El abanico de posibilidades es amplio; pero quien esté interesado en la función básica y primigenia de los anteojos, deberá abocarse a la misma palabra, donde está explicado el secreto. Los anteojos se usan ante los ojos y no en otra parte. Son pedazos de vidrio encajados en otro pedazo de plástico o metal.

Ya ubicados en su lugar, pruebe un rato. Primero intente mirar; a su alrededor, arriba, abajo, a los flancos. Reconozca todo aquello que le ha sido impuesto desde el momento en que abrió los ojos sobre el regazo de su madre. Mire la calle, los semáforos, la gente, los autos corriendo de un lado a otro. Notará que no hay mucha diferencia con las manchas que vio al quedar miope. ¿Sabe usted por qué tienen tanta prisa? Ni se le ocurra preguntarles. Alce un momento la vista por encima de las azoteas. A que nunca ha contemplado el cielo tan azul y las nubes tan blancas, ¿eh?

Vaya a casa tranquilo; todo está en su lugar. Una vez en el hogar, intente lo siguiente: deje de mirar. Ahora trate de ver. ¿Cree que los anteojos ayudarán a diferenciar una cosa de la otra? Ande, inténtelo. Vaya al baño. Véase en el espejo. Ese es usted. Esa es su mujer que llega del mercado con las compras del día a saludarlo. Esos son sus hijos correteando por la casa sin parar. Esos son los impuestos que hay que pagar antes del día diez. Esa es la televisión ejerciendo el reinado. Ese es el reloj despertador que sonará a las siete. Ese es el mundo.

Tranquilo. Siempre que usted quiera, puede sacarse los anteojos para que todo pierda el sentido, y como hablamos anteriormente, darle forma al nuevo mundo. De qué manera hacerlo, sólo usted lo va a entender. Si pudo dejar de mirar para ver, media batalla está ganada, dijo la frase trillada. Lo demás será libertad e improvisación.
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17 mayo, 2010


Cuer(p)os


Desconfío de lo mío; será que hay algo extraño en mi silencio, porque duerme tristemente sobre el tuyo. Renueva al buscar, sosiega caprichos y distiende en gemidos sinuosos, como la única razón de la vergüenza niña, vil animal que percibe lo que no es suyo. Luego despierto en un bostezo de gris afrenta, ante la imagen que perdí en el instante reflejo; me vuelco en lapsos para fijar la ambigüedad de una curva. No porque tema olvidar; es que esos momentos de carne y líquidos vuelven hacia abajo, con las ganas. Tienen voluntad y ganan terreno; llevan. El deseo busca refugio; porque si eres mi guía en busca de lo silente, fracaso al seguirte; porque si soy tu vigía te llevo al tártaro, juego la silenciosa carta del barro, un as de manga corta. Soy todo un soberbio tramposo.

Cuerpos; ¿qué os oculta, hijos del pecado? ¿Qué es el ansia en la vil injuria de la soledad? La piel del otro, un sabio cuero que cubre y enseña. Allí asedian caricias como látigos y uñas; las fuerzas de conquista desgarran en sumisión. Muy pronto se forjan caminos de lo intransitable y despega la fiebre, como el calor del verano en el asfalto. Y ante la desidia en esta rutina de actuar vestigios, habla el idioma del tacto, la lengua y los sexos.

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14 mayo, 2010


Interviniendo A Quasimodo


La idea del ejercicio fue la siguiente: elegir de una serie de textos presentados en la clase el que más nos gustara o movilizara, e intervenirlo. La forma de la intervención era libre, se podría entonces agregar texto, cambiar las palabras o el sentido de las mismas, utilizar el original y encajarlo en una creación nueva, etc. Terminé eligiendo un breve poema de Salvatore Quasimodo, que me impactó por su hermetismo y su fuerza devastadora. Tan cerrado como abierto, tan puntual como universal:


Cada uno está solo
sobre el corazón de la tierra
traspasado por un rayo de sol;
y enseguida anochece.


La intención fue entonces abrir un poco el poema y anclarlo, llevándolo a algo más puntual. El resultado de tal destrucción por parte de quien escribe fue el siguiente:


De pie a bruces, al ras en la altura;
se imparten reflejos donde el matiz
el tacto, el cuerpo en su elemento
y ocurre un lenguaje silente, rito de cercanía
a piel, boca y pliegues
para olvidar, un momento
que cada uno está solo sobre el corazón de la tierra.
Así, traspasados por un rayo de sol efímero
súbitamente anochece
y dentro uno mismo, el otro, los demás
en la arena y el viento.
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09 mayo, 2010


Instructivo N° 1


Empezar a caminar puede llevarse a cabo de muchas maneras, siempre y cuando usted se atenga a una regla básica e inamovible, que involucra en exclusivo al uso paulatino de los pies y los pasos. Toda trasgresión a la norma, léase inventos expeditivos de la raza (correr, bailar, patear, calzarse un zapato), deberá considerarse con prioridad y bajo su propio riesgo, ante la ocasión de afrontar una querella por regalías y derechos de autor.

Para caminar es preferible no esperar mucho tiempo, no vaya a ser que el evento lo sorprenda en plena actividad impositiva y con problemas de postura, ya sea a causa de la edad o la inclinación política. En relación a las inclinaciones más o menos aconsejables, la OMS recomienda unos precisos noventa grados con respecto al suelo en la etapa próspera del caminante (el grado óptimo dependerá del nivel de vida que nos preste la misma, no tanto como la edad que uno cargue en el cuerpo). Para no embarcarnos en habladurías de mesa y café, partamos del estado básico y natural que lo calificará a usted para esta empresa: estar parado (Nota: si este instructivo es consultado con motivos didácticos e involucrando a un tercero nato y precoz al que se intentará heredar la verticalidad, déjelo en el piso y gateando, hombre, ya tendrá bastante luego con todo lo heredado de usted).

Estando ya parado verá que nada es fácil desde tal altura, y sin apunarse, recuerde el principio básico de la ley de gravedad: todo cuerpo (el suyo en este caso) tiende a caer hacia el centro de la tierra (la masa debajo de sus suelas), y si usted no mantiene el equilibrio va a romperse los cuernos (gravedad). No hablaremos de la manera en que mantendrá el equilibrio, porque hoy como está el mundo sería utópico lograr un buen balance.

Bien, entonces usted se va a ir de bruces al suelo; recuerde que tiene a mano, o pie, los pasos. Nada de baile, en un santiamén llegarán los inspectores. Comience de la siguiente manera: cuando el ángulo de noventa grados que forma su cuerpo con respecto al piso disminuya, y note al plano horizontal con un tinte surrealista ante el brusco cambio de posición, cierre los ojos y piense en alguna litografía de Escher. Visualice en mente todas las convexidades que pueda generar su imaginación; sienta el mareo, y verá luego que el piso comenzará a acercarse hacia su nariz como aquella vez que de niño recibió un bello puñetazo del matoncito de la otra cuadra. Y usted no quiere moretones ni magulladuras en su rostro; con lo que le devuelve el espejo cada mañana es suficiente. Contrariamente a lo que imagina, para dar el primer paso no hay que estar seguro de nada, ni habrá que armarse de valor y confianza; todo lo contrario. Si usted siente su fe inquebrantable, pronto yacerá en posición decúbito dorsal en la guardia más próxima de algún hospital de mala muerte. Vuelva a imaginar esa innegable realidad: salud pública. Horas de espera, camillas y pasillos solitarios, enfermeras gordas y viejas fumando en los rincones, doctorcitos veinteañeros recién escupidos de la facultad, sonriendo sin poder desbaratar el nerviosismo en sus facciones, y de pronto allí el dedo índice enguantado, ejerciendo una pequeña presión en su tabique nasal, conviertiéndose en el dolor más desgarrador que emerge desde lo hondo de sus entrañas en un grito baboso y aniñado, digno de un pusilánime. Querrá salir corriendo, por supuesto. Pero espere, que primero hay que caminar.

Con todo el horror encima oprimiéndole el pecho y usted yendo derecho al desastre en el pavimento, intente lograr un indulto consciente para que ese espanto quede libre de toda culpa en su cuerpo. Luego de poner la casa en orden, dele una delegación típica de oficina, y me lo asigna del pecho al pie con orden de ejecutar un primer paso (si es supersticioso mucho cuidado que no sea el izquierdo). Entonces verá usted cómo el pie sale disparado hacia adelante, e inmediatamente su suela quedará plasmada en el piso. No empiece con festejos y deje las morondangas para Armstrong, que ahora viene lo más difícil; dar otro paso. Venga; allí está usted de piernas abiertas, y en un principio ha burlado la ley de gravedad. Ahora será importante rescatar el pie izquierdo. Pero claro, reconducir el miedo inicial del pie derecho a su contraparte sería echar por tierra todo el arduo trabajo que ha llevado adelante desde un principio. Deje el pie con su miedo allí dentro, esa será su motivación de ahora en más.

Llame a alguien. Seguramente estará dando un espectáculo en la vía pública, y varios transeúntes disfrutan de usted y su perseverancia para aprender a caminar. Ya con su colaborador elegido, dígale que junte las monedas y los magros billetes que la concurrencia habrá aventado tras algunos aplausos, y los guarde en su bolsillo. Que se quede con algo de propina; sea buen samaritano. Le indicará lo siguiente: es necesario que se ubique detrás de usted, muy cerca, y con uno de sus pies (no los suyos, ya están ocupados), le pise la suela trasera izquierda, justo en el talón, gritando de manera épica el nombre Aquiles. Verá usted que bastará ese toquecito inocente para que su pie izquierdo salga de manera automática en busca de su hermano derecho. Ahora será cuestión de intercalar los pies y los pasos, encontrando el ritmo y la coordinación a medida que siga los ejemplos de Frankenstein en primer término, Verbal Kint en el nivel medio, y Tony Manero al alcanzar la plenitud del caminar.

He aquí la técnica descrita en su totalidad. Miedo a caer en la derecha, cuidado que lo pisen por detrás en la izquierda. Usted no tiene más que pensar. Los pies, cada uno por su lado, responderán a sus patologías de manera automática, a no ser que alguna vez se le de por hacer terapia y encuentren la razón verdadera de su accionar. Si esto sucede, la casa no se responsabiliza por daños y perjuicios; buscará entonces nuevos traumas para sus pies.

Ahora usted sabe cómo caminar. Limítese a fluir entre paso y paso, firme y hacia adelante. Salga, coma veredas, experimente en la hierba, la tierra del campo, cualquier superficie sólida es la mejor opción. No se deje tentar por las extravagancias; deje las hazañas a Jesucristo o Michael Jackson, y en cuanto hacia dónde ir, hágale caso a Machado.
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02 mayo, 2010


Catalizador


Apenas vio la luz en las salas de cine, “Misión a Marte”, film del talentoso Brian De Palma, acabó destruido bajo el yugo de la crítica especializada; muy pocos fueron benévolos en su apreciación, y en verdad, pueden entenderse las razones hostiles con el resultado final: objetivamente es una cinta obvia, fofa y llena de clichés. Más allá de estos detalles, personalmente creo que la crítica y gran parte del público no han entendido absolutamente nada. O quizás aquí entren en juego cuestiones subjetivas, que me han llevado a encontrar lo que otros no han visto en el film; de ahí el título de esta nota. Porque “Misión a Marte” no es una película de ciencia ficción, viajes por el espacio y suspenso; tampoco cuenta la historia de un rescate en el lejano planeta rojo, que deviene en el primer contacto de la raza humana con una civilización extraterrestre. Eso es sólo la cáscara del motor primigenio que late durante el transcurso de toda la cinta. Porque el film de Brian De Palma es, sobre todo, una historia de seres; un relato del ser, que pone en primer plano las cualidades que nos hacen lo que somos, humanos, por encima del gran apartado científico que prima a través de toda la trama. Es una historia de viajes, sacrificio y heroísmo, y a su vez, un relato de historias individuales, tan pequeñas a simple vista, pero tan enormes cuando se mira hacia adentro. Así como el espacio interminable se extiende allá afuera, De Palma hace hincapié en lo interno, en las marcas, lo que nos retrasa, nos frena, nos clava al piso sin poder despegar, y bucea en la idea del viaje, en este caso el viaje interno, para finalmente encontrar la liberación, la consciencia, el movimiento necesario para dejar ir, soltar lastre y fluir, levantando vuelo hacia un nuevo camino.




Entre naves espaciales, interminables botones, paneles, luces y efectos especiales, allí en el vacío y la total soledad del espacio exterior, De Palma traza el escenario para desplegar el verdadero viaje, ese devenir en el que Jim encontrará el rumbo, el centro, su hogar, la historia de aquí en más, lejos, tan lejos de todo como tan cerca de uno mismo, de lo que él es, y muchas veces somos.

Jim es un experimentado y exitoso astronauta que se ha preparado gran parte de su vida para lograr una hazaña histórica: ser el primer hombre en pisar el planeta Marte. Y no está solo en esta empresa, sino con grandes compañeros y amigos que son parte de la misión. Inclusive su mujer, también astronauta, participa del combo; junto a ella, Jim ha compartido su vida tanto como su trabajo, entrenando, proyectando y preparando ese gran viaje que les había sido asignado y por el que tanto soñaban.

Todo da un vuelco drástico en la vida de Jim cuando su mujer muere tras batallar contra una enfermedad, dejándolo devastado, y según los criterios de la Nasa, en condiciones psicológicas inadmisibles para un proyecto de tal envergadura; por lo que es hecho a un lado, relegado a una especie de “director técnico” de la misión, innecesario para la misma pero necesario a la vez, ya que nadie conoce todos los detalles cruciales tanto como él.




Parte de su grupo embarca al viaje; ya en Marte, se topan con la tragedia en una expedición para investigar un gran montículo que parece emitir ondas de radio. Luego de intentar rastrear la señal, de la misma montaña se levanta un gran torbellino con voluntad propia, que acaba con las vidas de los astronautas, pero dejando un sobreviviente. La base planetaria pierde todo tipo de contacto con la Tierra, y ante la encrucijada, se decide enviar una misión de rescate. Finalmente, Jim se hace con la oportunidad por la que tanto se había sacrificado, y junto a varios de sus compañeros y amigos, emprenden el viaje sin saber qué los espera en el planeta rojo.

Es aquí donde comienza la gran analogía, donde el concepto del viaje se abre a lo interno, centrándose en Jim. Todo el trayecto hasta llegar a Marte se convierte así en una metáfora enorme, que se adapta al detalle con aquella etapa que lo ha marcado a fuego en su historia, con ese viaje de vida que había comenzado a transitar junto a su mujer, quedando trunco y dejándolo a la deriva e inmóvil al mismo tiempo. El viaje espacial es su historia, que comienza con los mejores auspicios y la fe apostada a lo que vendrá, plácido y calmo, siguiendo un trayecto seguro, que con el devenir de los hechos comienza a mostrar sus aristas ante lo inesperado, partiendo de una lluvia de meteoritos que los golpea, los sacude y los marca; de allí en adelante ya nada será igual y todo se decantará en la tragedia, ya que luego de solucionar los problemas eventuales, se toparán ante la verdadera encrucijada, que los llevará a enfrentar el sacrificio y la muerte, quedando expuestos al vacío y el silencio del espacio exterior, a la total inmediatez de la deriva. A medida que se van sucediendo los hechos, podemos apreciar cómo Jim comienza a captar algo implícito allí frente a sus narices, cómo su rostro y sus actitudes muestran la certidumbre de lo inexplicable, sabiendo él mismo ese algo allí presente, aquello que trata de hablarle, que comienza a nacer, como una especie de percepción mayor o entendimiento al que todavía no tiene acceso consciente, pero que sin duda alguna lo está preparando para lo que vendrá, llegado el momento crucial. Jim sabe, pero todavía no entiende. Es el proceso lo que lo hará comprender que es él mismo quien se está hablando, explicando y entendiendo, aquello que le grita desde adentro que ya es hora.




Y la hora llega, estando ya en Marte, luego de encontrarse con uno de sus compañeros de la primera misión. El grupo decide volver a aquella montaña ahora descubierta del polvo marciano, que muestra en todo su esplendor un rostro gigante mirando hacia lo profundo del espacio. Descifran el enigma, y son invitados al interior de la antigua construcción. Dentro de la misma son testigos de los vestigios de una antigua civilización marciana que al enfrentar una catástrofe planetaria, deben huir al espacio, sin antes enviar a la tierra una cápsula con ADN que al caer en el océano, da inicio con la vida y su evolución. Jim comienza a comprender: “Ellos son nosotros, y nosotros somos ellos”, dice con una leve sonrisa cómplice.

Es entonces que todo se decanta, cuando se dan cuenta que la enorme construcción marciana es una puerta de invitación a las estrellas, al concilio entre las razas, a la unión entre unos y otros. Y es Jim quien toma la posta al aceptar la travesía, comprendiendo que ése es su lugar, que todo aquello que lo mantuvo inmóvil internamente debe ser soltado, debe irse, tanto como él mismo debe tomar un nuevo camino de ahora en más, una nueva aventura tan grande como la vida misma. Sus compañeros regresan a la tierra y Jim se interna en una suerte de cápsula, mientras los compases sublimes de Ennio Morricone comienzan a volar, cada vez más altos, más intensos, y un líquido transparente llena la cápsula, y Jim se asusta, intenta liberarse, hasta quedar sumergido y conteniendo la respiración, un momento, sólo un momento, hasta no soportar más, soltar el poco aire que queda en los pulmones y quedarse así al instante, atónito, darse cuenta que está bien, que en ese líquido amniótico está él, Jim, sólo él, muriendo y naciendo a la vez, soltando el lastre, abierto a lo inmediato, peregrino de una vida nueva, y así, abriendo los ojos lo ve, lo entiende, finalmente sabe, en esa mirada y esa sonrisa está todo aquello que fue, todo aquello que termina de encajar, la vida pasando frente a él, imagen tras imagen, hablándole, diciéndole, y Jim aceptando, Jim feliz, cuando la música encuentra el clímax apoteósicamente como la luz del amanecer entrando en las pupilas, como la vida misma estallando por los poros, como Jim que sonríe de ojos abiertos, muy abiertos, asintiendo levemente con la cabeza, comprendiéndolo todo, abrazado a la vida.




Y Jim se va, Jim vuela al espacio y las galaxias, estalla desde adentro como un mandala, se interna en el nuevo Jim, en sí mismo, tan lejos como tan cerca, un ser nuevo, el alfa y el omega, el principio y el fin, la flama de la esperanza; Jim es la caricia del renacer, Jim es un hombre amaneciendo, Jim soy yo.


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01 mayo, 2010


Marañal 2

La mediocridad humana se adquiere. De forma inconsciente, por herencia, educación o entorno; creo que es en vano discutir sobre esta afirmación. También están aquellos que la adquieren a conciencia, trocando sus voluntades por las exigencias del contexto en el que desarrollan sus vidas. Cabe preguntarse de qué manera una persona se vuelve mediocre, pudiendo intentar una analogía con otro de los tópicos que generan opiniones dispares: el talento humano. Hay quienes afirman que se nace con él, otros dirán que se lo forma, aquellos agregarán que es un ida y vuelta entre los genes de la ascendencia, mas el énfasis en estimular ese talento innato con el paso del tiempo. En relación a la mediocridad, podría pasar lo mismo. Para quien nace y comienza a desplegar su vida en un entorno mediocre, habrá dos caminos posibles: el primero, será vivir indiferente en ese entorno, envuelto en la naturalidad de su esquema de vida -que no es otra cosa que el esquema de vida de quienes le rodean-, y así cumplir un rol de engranaje. El segundo camino es mucho más complicado y riesgoso, pero no menos enriquecedor; será cuestión de encontrar alternativas que nos lleven a cuestionar nuestro mundo, lo que pasa en él, lo que nos pasa a nosotros mismos, y de una forma u otra ir abriendo los ojos ante lo estipulado y los dictámenes de pensamiento y roles, ya sean familiares, sociales, de relación o laborales. Esta apertura puede llegar de muchas maneras y por medio de distintas fuentes; lo que ya no cambiará nunca es que una vez abiertos los ojos, y habiendo incorporado las demás realidades a la nuestra, será imposible hacer caso omiso de ellas y obviarlas. Comienza así la eterna lucha, lucha por el ideal, por la utopía, lucha por la que correrán lágrimas de amargura y desazón. Porque quien abre los ojos y comienza el derrotero de capitanear su vida, su actuar y su pensar según decisiones propias, chocará innumerablemente contra los escollos de la mediocridad reinante, y muchas serán las piedras que lo harán trastabillar en la búsqueda de su ideal: indiferencia, cuestionamientos, incomprensión, desarraigo, acusaciones, prejuicios, falta de pertenencia; soledad. Quien quiera ser su propio dueño deberá sortear estas tempestades que los mediocres lanzarán sin piedad contra su pecho. El que haya abierto los ojos no tiene otra salida más que esta: luchar, y luchar. Constantemente. Y puede que la vida le vaya en ello. El valor que se impregne a la misma será el estoicismo ante todo y todos.

Podrá afirmarse entonces que el primer camino planteado es mucho más sano, menos pedregoso y más simple. Que la vida de esa manera es más llevadera. Y esto es verdad. Para los mediocres, la vida es simple. Pero como hemos dicho, una vez abiertos los ojos, imposible el cerrarlos.

Existe un tercer camino. El más despreciable de todos. Es el camino de aquellos quienes han abierto los ojos, quienes han descubierto la alternativa, la verdad indisoluble en un punto de quiebre para sus vidas, y tarde o temprano, mientras luchan una y otra vez contra las piedras, se dejan vencer o huyen de la senda. Y no hablo aquí de perder batallas; quienes tomen el segundo camino perderán inumerables. Hablo de perder la guerra contra lo mediocre. De volver al primer camino. De suicidarse en vida; para pertenecer, formar parte de algo, ser alguien, no quedarnos solos, para ser simples y sin cuestionamientos. Cobardes. Mediocres.

O tal vez simplemente quien tome el tercer camino haya sido siempre una persona mediocre, y el abrir los ojos la ha desplazado de su escencia natural. De ser esto posible, entonces sí se puede nacer mediocre, y mi primera afirmación es discutible.
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