19 febrero, 2011


¿La Gallina Turucuanto?


El Queco se cansa de la ciudad; tanto pastiche urbano le nubla los anteojos, así que decide urdir un día de campo en el descampado de la esquina. Este lugar es El Dorado del infante: tiene mucho pasto de selva imaginada, horizontes tapiados y algunos animales para jugar a que los corran despavoridos entre aleteos y gorgojos. Se ha puesto los pantaloncitos cortos, pero también medias hasta las rodillas, no vaya a ser que los cardos le dañen la piel -o peor aún- sus gemelos tan bien cuidados. Sube al tapial del descampado con todo el cuidado del universo, mira a un lado y otro buscando que nadie lo vea (los Quecos son tan exclusivos de ellos mismos), y ya está escuchando algo como un baile familiar, o la inminencia de una dificultad. Allí abajo, justo donde tiene pensado alunizar con un gran salto para el Queco y al corno la humanidad, una Tita hace círculos y corretea dando tumbos carneros, mientras los animales vuelan y saltan y vuelven a hacer lo mismo todo el tiempo, como buenos animales que son. Queco se lamenta, pues quiere jugar; el problema es que siempre lo hace solo y con sus reglas, las que ni él mismo trampea a pesar de ser creador absoluto. La Tita se lanza en vuelos al ras, tratando de alcanzar algún animalito. El Queco piensa “Que no la agarre, que no la agarre...”, pero ya la muchacha tiene su gallina preferida en el regazo y la acaricia con un canto.

–¡Tita ladrona, deja mi gallina en paz! –grita de saltos y caídas al pasto (Armstrong tendrá la exclusiva, siendo más humilde).

La Tita echa un paso adelante, y Queco se aplasta contra el tapial, como buscando un escondite en las grietas.

–Queco Queco... ¿Es tu gallinita? Pues me gusta lo tuyo, ¿puedo jugar con ella yo también? –y lanza al aire al animal, que con unos aleteos truncos va a parar encima de un matorral. El Queco se espanta; la Tita hace burbujas de aire con el aire burbujeante y se las regala.

–¡Turuleca! ¡Ven aquí conmigo, vamos a comer bichitos! –llega a balbucear el muchacho.

–Es Turuleta, Queco.

–Esta gallina es mía, y es Turuleca, Tita insana. No me des vuelta ol euq ogid.

–Bueno. Pero es Turuleta, ¿estamos?

El Queco hace pucheros con sus labios, y Tita hace sonrisas de flores en las manos; casi que lo está convenciendo. Un dejo de impaciencia y nerviosismo se le agarra por adentro, como las patas de la gallina se aferran a las ramitas del matorral.

–Shhh, Tita; verás, sabrás y callarás –dice el Queco, dirigiéndose a la gallina en cuclillas. –Turuleca, ven aquí conmigo.

–Turuleta...

–¡Turuleca, Tita!

–Turuleta, ven con tu amiga la Tita.

El pobre animal no sabe hacia donde ir; se ha hecho un lío en la identidad. Mira a uno y otro, quiere arrancar hacia el Queco, luego la Tita, se mueve en el matorral, salta, no salta. Los pequeños rivales se acercan uno al otro agachándose, buscando complicidad y estirando sus manitas.

–Turuleca... –el Queco.

–Turuleta... –la Tita.

–¡Leca, Tita!

–¡Leta, Queco!

–¡Leca!

–¡Leta!

Leca, Leta, Leca, Leta... Ya la gallina está hecha puré de indecisión, pobrecita. El Queco y la Tita se han puesto uno al lado del otro y se codean, uno con el rostro colorado, la otra con la voz por el aire y dibujos en el vestido. Por fin de un salto la gallina va al suelo, y comienza a acercarse en un continuo zigzag que no hace más que desorientar, hasta que llega donde los dos, tan juntos que sienten el cuerpo del otro al contacto.

–Hola Leca! –dice Queco.

–Hola Leta! –dice Tita.

Los dos se miran. Tienen en brazos a la gallina, y esta se siente tan a gusto que se deja acariciar y acariciar, tanto por uno y otro.

–¡Lecaleta! –grita la Tita con un brillo de alegría.

–¿Lecaleta, Tita?

–Ladanza, Queco.

Los dos sonríen y se ponen a bailar Ladanza con la gallina Lecaleta. La Tita gira que gira, y al Queco se le han bajado las medias hasta los talones; los cardos acarician sus pantorrillas y no le importa.
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07 diciembre, 2010


Espejitos De Colores 6



"¿Deseas buscar el camino que conduzca hacia ti mismo? Espera todavía un momento y escúchame: Quien busca, fácilmente se pierde. Todo aislado es una culpa. ¿Eres tú una nueva fuerza y un nuevo derecho? ¿O eres un primer movimiento? ¿O una rueda que gira sobre sí misma? ¿Puedes obligar a las estrellas a que giren alrededor de ti? ¡Son tantas las codicias que quieren elevarse hasta las alturas! ¡Tantos los movimientos desordenados de los ambiciosos! ¡Existen tantos grandes pensamientos que sólo actúan como una vejiga inflada! Cuanto más se inflan se hacen más vacíos. ¿Te llamas libre? Quiero que me digas tu pensamiento más importante y que no te has escapado de un yugo. ¿Eres alguien que tuvo el derecho de liberarse de un yugo? Hay quienes pierden su último valor al sacudirse de una servidumbre. ¿Libre, de qué? Pero tu límpida mirada debería anunciarse: ¿libre, para qué? ¿Puedes señalarte a ti mismo tu bien y tu mal y suspender tu voluntad por encima de ti como una ley? ¿Puedes ser tú el vengador y el juez de tu propia ley? Es terrible permanecer a solas con el juez y el vengador de su propia ley. Como una estrella proyectada en el vacío y en la helada atmósfera de la soledad. Hoy todavía te atormenta el número, a ti, el único. Hoy todavía posees todo tu valor y todas tus esperanzas. Sin embargo, tu soledad te fatigará un día. Tu orgullo se doblegará y tu valor rechinará los dientes. Un día gritarás: ¡Estoy solo!. Un día no verás más tu elevación, y tu bajeza estará demasiado cerca de ti. Lo que hay en ti de sublime te causará miedo, como un fantasma. Un día gritarás: ¡Todo es falso!. Hay sentimientos que quieren matar al solitario. Si no consiguen medrar, tendrán que perecer a su vez. Pero ¿eres tú capaz de ser asesino?"


Friedrich Nietzsche, Así Habló Zaratustra.
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12 octubre, 2010


Diecisiete (Doce) Cuadras


-Osvaldo... Mire; mejor le digo la verdad. Me cansé de este grupo borrachón. Ya no puedo mantener una conversación coherente, y sus amigos están cada vez peor. Quisiera irme a mi casa. ¿Usted haría el favor de acompañarme?

Se había escurrido entre Manuel y Ramón, que la acechaban después de la undécima copa de vino regalada al brindis. Como una súplica, esquivando las sillas desparramadas fuera del tablón, llegó a mi lugar apartado bajo la frescura del sauce que dividía el patio. Mi cenicero estaba lleno de colillas, quedaban pocos cigarrillos, la nuca me dolía, y el lugar era ya una ensalada amorfa de cuerpos que no tenían la más mínima relación con los sonidos que carraspeaba la fonola.

Y ahí estaba Julia, arrodillada y hablándome al oído; como ocultándose. Era extraño. El reloj recién marcaba un nuevo día y la madrugada despertaba. Los muchachos estaban bastantes insoportables, tal vez, pero era divertido escuchar los raudos suspiros y oraciones inconclusas en las que volcaban todo un paisaje etílico. Julia apretó suavemente mi hombro para insistir. En realidad no estaba muy a gusto con su forma de pedirme aquel favor, pero al notarle cierto brillo de sugerencia en los ojos, dejé de buscar en mi archivo de excusas gentiles para damas, y accedí sonriendo. La tomé del brazo y nos levantamos mientras reflexionaba: apenas había pasado media hora de la medianoche, Julia vivía un poco alejada del lugar, y en realidad nadie sabía qué esperar allá afuera en las calles del barrio, oscuras y húmedas gracias al maldito verano que sufríamos en esos tiempos de miedo casi prohibidos para aquel que quisiera vagar solitario en la noche. Bastaba el sólo hecho de pensar un instante en la posibilidad de caer en las manos de un depravado como el que andaba suelto y al acecho.

Ajenos de lo que sucedía a nuestro alrededor, nos deslizamos hasta un tapial y desaparecimos por detrás del sauce que nos ayudó a pasar inadvertidos. De allí en más, la calle nos acogió con su soledad forzada.

En aquél panorama desértico supongo que hubiera sido agradable observarnos desde lejos. Un indiscreto se habría encontrado con dos siluetas adueñándose de toda la oscuridad nocturna; el caballero y su dama marcando el compás del camino. Un caballero rey en su imagen de hombre considerado y valeroso. Una dama que halagada de encanto, lo llenaba de orgullo. Y allí estaban, eran, pero al mismo tiempo no. Porque también había un hombre que en su interior, donde nadie podía verlo, agradecía estar acompañado en aquella boca de lobo. Un cobarde incapaz de confesar el temor a la oscuridad; un niño que necesitaba de un abrazo y contención; un pasado de carencia afectiva.

Luego de unos pasos faltos de coordinación, doblamos en la esquina y nos detuvimos bajo el toldo del quiosco de María. Que cómo le va, que tanto tiempo sin vernos, que el calor insoportable. En fin, las mentiras piadosas de nuestro papel de siempre, para no pasar al silencio incómodo y rellenarlo con cosas más vacías y menos interesantes que la tranquilidad de esperar un simple vuelto.

Cruzamos la calle sin otra posta en el camino, y Julia abrió su paquete de cigarrillos.

-Tome. Fúmese uno conmigo.

-No, gracias. Ya estoy bastante atabacado por esta noche.

Yo venía tranquilo con las manos en los bolsillos, y no tenía intención de sacarlas por el momento.

-Vamos, Osvaldo. No me deje sola. Compartamos la misma nube de humo.

-Bueno Julia, si insiste...

Trabajosamente, saqué las manos.

-Che, ni que hiciera frío -dijo empujándome con su hombro.

Lo peor que pudo haber hecho en ese momento fue tutearme de manera cómplice para romper el hielo. Junté mis cejas lo más que pude y la miré fijo, esperando no tener que explicar mi desaprobación con su actitud.

-Bueno, como quien diría, el horno hoy no está para bollos... -y me empujó de nuevo.

Otra vez esa confianza insegura y grosera. Quise insultarla, pero me contuve imaginando mi cama bailando en el silencio de la tranquilidad, con el velador encendido sobre mi cabeza. Me limité entonces a tratar de no prestar atención a la oscuridad; bajar la mirada en los pies, contar los pasos, y degustar mi cigarrillo. Para colmo de males eran Fontanares. Ese dibujo estúpido con los arbolitos. Julia entendió mi indirecta, y caminó unos metros sin emitir otro sonido más que el leve exhalar del humo de esa bocota que tenía. Bocota para parlotear como un loro que aprendió su primera palabra; pero según los muchachos del bar, para otras cosas servía.

Verán: Julia hacía poco tiempo que estaba en el barrio. Había llegado casi sin llamar la atención, con nada de equipaje, prácticamente lo que traía consigo. Con el pasar de los primeros días comenzó a pasearse por las veredas como una ráfaga de viento sur; se instaló en el cuartucho de una pensión, y todavía buscaba trabajo. Ya en menos de una semana estaba en boca de las mayores chismosas de la cuadra, y gracias a su desenfado juguetón y sugerente, comenzó a tener cierta mala fama. Y parecía estar hecha para ese juego sucio; le gustaba. No era linda, pero tampoco su espejo se opacaba al reflejarla; grandota, de senos opulentos, siempre ingeniando alguna forma para hacerlos resaltar más de la cuenta. Todo el tiempo su boca pintada de un rojo furioso, que resaltaba los labios como una marquesina de cine. Ella nunca lo decía, pero usaba peluca; una peluca rubia con grandes bucles al estilo Marylin Monroe, que de vez en cuando dejaba escapar algún mechón castaño oscuro. Y siempre llevaba un pañuelo cubriendo su cuello, supongo que para ocultar algún detalle cosmético. Tendría unos treinta y seis años; era una espina de rosa suelta en un salón lleno de globos.

De su vida, poco y nada. Solamente que venía de la capital. ¿A qué en esta ciudad apueblada? Ella decía que buscaba tranquilidad. Y parecía que la encontraba, sobre todo al anochecer, ya que al poco tiempo se hizo habitué del boliche. Llegaba sola, sentada sola, marchaba sola. Una copita de jerez y quedaba perdida en la calle, a través de la ventana. Hasta que una noche se fue con Teodoro. Teodoro era el que más levante tenía en el grupo, y no era raro verlo acompañado por una mujer de vez en cuando. Los dos desaparecieron prácticamente de la misma manera que lo hicimos en la fiesta, y esa noche con los muchachos quedamos varados en ideas que con el pasar de las horas se tornaron historias prohibidas.

La intriga perduró hasta el día después, cuando Teodoro apareció medio deshecho, y las conjeturas continuaban en el mismo lugar donde habían quedado la noche anterior. Lo rodeamos como niños prestos a una travesura secreta, y allí tomó forma la célebre historia de la boca de Julia. Las viejas del barrio escribían simples gacetillas; nosotros, todo un diario completo.

En nuestro recorrido nocturno, todas estas cosas que sabía de Julia me daban vueltas en la cabeza como un carrousel de ideas, subiendo y bajando, desapareciendo y mostrándose en cada nueva vuelta. Su boca, su ropa, el misterio, la sugestión... En realidad, no sabía que hacer. Se me tiró encima y me tomó del brazo. Yo seguía con muy poco humor, e intentaba guardar aunque sea una mano en el bolsillo. Y la miré a los ojos otra vez, para recibir justamente lo que no quería: una mirada provocativa.

-Osvaldo... ¿No le da un poco de miedo esto de andar los dos solos por la calle, y a estas horas?

Parecía estar hecha solamente para fastidiarme. Me sentía mal por aborrecerla tanto, pero hacía todo lo que no debía. Miré el cielo que me espiaba con sus miles de ojos, bajé la vista aterrorizado, tomé aire y decidí hablar.

-Para eso me solicitó que la acompañe Julia, para que no tema.

-Si, ya sé, tontito... Pero... ¿Mire si ahora sale el loco ese y nos mata a los dos juntos?

La vena latiendo en mi nuca señalaba el límite de tolerancia -que en general ha sido siempre bastante efímero-, y mis manos comenzaban a transpirar sudor frío. Ataqué sin importarme ser rudo o grosero.

-Le dije que la acompaño para que no pase nada. ¿Usted no lee los diarios?

-En realidad no simpatizo con la tergiversación amarillista.

-Bueno, a ver si me atiende un poco. Supongamos que nos topamos con el tipo; sinceramente, creo que no haría nada. Este hombre, según lo que se describe en el diario, respeta ciertas condiciones al actuar. Estrangula por las noches, sí, tiene preferencias por las mujeres, pero en oportunidades que son detonantes para su libido criminal. Es necesario que estén solas, y su perfume desparramado a varios metros. La cuestión es que nosotros somos dos, yo soy hombre, y no creo que usted lleve puesto algún perfume.

La miré fijo por un instante en el cual quise cerrar los ojos para abrirlos nuevamente en la fiesta, y emborracharme con mis amigos en una avalancha de abrazos inconscientes y felices. Julia me miraba petrificada: pensé que a fin de cuentas había tocado su orgullo y se callaría por un rato, pero fue todo lo contrario. Su credulidad e inocencia le hicieron tomar mis palabras como un cumplido; sonrió, y se colgó de mi brazo. Escapé desviando la vista en el camino, ansiando la llegada a mi hogar. Y Julia, sin embargo, se acercaba más a mi cuerpo. Yo, agotado de llevar la máscara del duro, de reojo vigilaba el cielo, falto de luna y lleno de agujeros que miraban y miraban, una y otra vez. Caminábamos en la oscuridad total, de no ser por unos tímidos faroles que alumbraban a través de las ramas, dibujando sombras espantosas en el asfalto. Y una salida de estos soles nocturnos, nos hundía en una tumba que con cada palada de tierra estancaba mis pasos. El canto del viento a través de las hojas hablaba en el idioma del susto, y al cuerpo entero llegaban los recuerdos del niño que todavía soy bajo el influjo de la oscuridad.

Pero allí estaba Julia con su terca insistencia. Mi rencor comenzó a crecer como un desborde de río, mientras ella no dejaba de hablar del criminal, intentando llevar la conversación hacia el punto crucial: el sexo. Este loco ataba a sus víctimas y las violaba de una forma salvaje y grosera, estrangulando de manera gradual, ejerciendo cada vez más presión, hasta llegar al orgasmo en el mismo momento que la víctima moría asfixiada. Supongo que buscaba una verdadera fusión de la pequeña muerte, como llaman al orgasmo en Francia, con la muerte misma. Era tal la brutalidad aflorante de su frenesí, que cuando las pobres víctimas eran encontradas, sus cuerpos descansaban en un gran charco de sangre; sin embargo, no presentaban un solo corte en todo el cuerpo. En la mejilla de cada mujer, siempre la firma del asesino: una marca de rouge, como un beso de despedida.

Su mirada me punzaba la cabeza aunque intentara no mirarla. En realidad estaba inmerso en una encrucijada para mis pensamientos, porque sería hipócrita afirmar que no me interesaba en lo más mínimo la osadía de Julia; pero el momento y la situación no eran para nada los indicados. El menor sonido o movimiento eran un mazazo en mi nuca, un mareo repentino fuera de control. Ya no sabía de qué manera evitarla. Terminé mi cigarrillo, excusa para no decir palabra alguna durante las pitadas, y con un movimiento brusco me solté, o mejor dicho, solté la mano de Julia que era ya una ventosa adherida a mi brazo, para introducir las mías nuevamente en los bolsillos. Era lo que más quería.

Fue entonces cuando nos internamos en un callejón completamente oscuro. Era el final: mis miembros comenzaron a responder de una forma insólita, y un sudor frío, de hielo mortal, marcó mi frente. Las piernas comenzaron a temblar, y cada paso era una eternidad; cada sonido disparaba mi corazón en una carrera espantosa y lastimera. Los brazos, las manos, colgaban como carne congelada. Estaba muerto de miedo en una vida de latidos acelerados, y lo único que quería era tirarme al piso y llorar.

Lentamente caminamos; Julia me empujaba como si fuera un juego de escondidas macabro, y arrastrando los pies como si mis suelas fuesen de hierro, me dejé llevar hacia el terror. Transitábamos ya la mitad del callejón, y me hubiera costado todo el resto de mi vida llegar al otro extremo, si no hubiera sido porque en ese momento Julia tomó mi mano.

-Osvaldo... Lo que sí sé sobre ese hombre es lo que hace antes de matar a sus víctimas...

De repente todo en mí era calma. El temblor que amenazaba con tumbarme como una pared desapareció. La oscuridad era ahora mi amiga de toda la vida; por las ventanas de las casas no me acechaba nadie; la luna asomaba entre las azoteas para saludarme, rodeada de constelaciones; los murciélagos sobrevolaban mi cabeza silbando al alejarse, y tenía frente a mi sonrisa eterna y novel, a esta mujer que apretaba suavemente su mano con la mía y hablaba no sé qué cosa. Y un impulso me mandó actuar; algo a lo que no quiero encontrar explicación; algo que nunca jamás voy a reprocharme.

Tomé a Julia por la cintura, la miré a los ojos, y le entregué el beso que entregaría solamente a la mujer de mi vida, que no era precisamente ésta. Pero sentí el impulso y la necesidad de llevarlo a cabo, como también el de abrazarla y acariciarla; desnudarnos poco a poco y bajo la penumbra, mi nuevo hábitat, entre paredes derruidas y en una calle mojada por la humedad, hacer el amor clandestinamente, y llegar de la manera más hermosa, juntos, al éxtasis. La pequeña muerte. Y vivirnos en una pasión ultrajada e improvisada; pero valedera y legítima.

En realidad no sé si Julia hubiera sido la solución a mi dilema. Probablemente; pero nunca lo voy a saber. La única certeza con la que cuento es que hubiera sido terrible el depender de la aversión hacia una persona, y estar con ella por el solo hecho de que correría con todos aquellos temores que volvieron después. Me consuelo pensando de forma negativa; que como todos decían, era una perdida que cambiaba de hombre como de bombacha. Pero me siento una basura insensible ya que hay algo, marcas, que me dictan lo contrario y martirizan a mi arrepentimiento, que se arrastra de una forma reptil para enredarse entre mis piernas y hacerme caer en la verdad de lo que siento.

Ni bien terminamos nuestro acto de entrega, finalmente pude meter las manos en los bolsillos para colocarme los guantes de goma. Julia acarició mi rostro con cariño, y me besó sincera, dibujando un te quiero en sus labios. Yo respondí con una sonrisa y la abracé fuerte con todo el cuerpo. Subí mis manos hasta su cuello y apreté demasiado.

Y me marché dejando un problema nuevo a la policía, y un miedo nuevo a la gente, y un sentimiento nuevo para mí.
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27 septiembre, 2010


02 - El Franco y la Noche


Hasta el día de hoy la civilización, tal y como la concebimos la gran mayoría de los mortales, nos ha manejado con algunas variables más, algunos cambios menos, de la misma manera: para acallar el total salvajismo de la naturaleza humana se imparten ciertas reglas, creencias y mandatos represores, estableciendo un leve equilibrio en común que garantiza la convivencia entre unos y otros para no terminar destruyéndonos. Aquellos individuos que responden al modelo instaurado por lo general proliferan en números, y si el sistema de vida logra sostenerse y las bases del mismo se arraigan al inconsciente colectivo, la ecuación da como resultado una sociedad. Que ésta prospere y se mantenga en el tiempo depende de una sola cosa: obediencia. O mejor dicho pasividad.

Una sociedad se puede comparar con un río. Tiene un cauce donde el agua es contenida, y a su vez una dirección única que debe ser obedecida sin demasiado esfuerzo, pues una vez en ese cauce y abrazadas por el mismo, lo único que las aguas deben hacer es dejarse llevar. Suele decirse que la vida misma es como un río, entonces el ser humano sería un pez que fluye en la corriente. Dentro de ésta, su ciclo vital puede llevar un desarrollo óptimo: nacer, comer, crecer, multiplicarse y morir. En resumidas cuentas, si despojáramos al ser humano de algunas costras que nos han legado la civilización, las sociedades y la historia, nuestra vida no distaría demasiado de la de un pez. Ciertos ortodoxos de lo civilizado se aferran a la supuestamente irrebatible idea de que gracias a un ordenado modelo de sociedad, el ser humano logra desarrollar tanto sus libertades colectivas e individuales, siempre que el mismo acate las reglas y mandatos de convivencia estipulados, para que su pasar por la vida se asemeje al del pez fluyendo en la dirección que marcan el río y su cauce. Pero muchos olvidan que una cosa es un pez, y otra muy diferente un pescado.

Y el Franco siempre ha sido uno de esos que viven cuestionando lo estipulado. Baste un ejemplo, el día y la noche, tal y como se los concibe en la forma natural de nuestras sociedades. Como siempre le ha gustado eso de ir contra la corriente -su animal preferido es el salmón-, Franco vive de noche. Pero no duerme de día; más bien dormita, pues no quiere perderse nada del mundo, aunque despotrique contra casi su total integridad (asegura que la gran mayoría de lo que nos rodea y nos pasa merece ser criticado). Todos sabemos muy bien que en ciertas horas de la madrugada es necesario, hasta para la persona más noctámbula e insomne, cierto momento de relajo; despilfarrar por allí algún que otro cabezazo, jugarle una apuesta al sueño por pura gana, o el trabajo que no terminamos y trajimos a casa (otra vez). El Franco aprovecha esos momentos de debilidad en la conciencia para acometer contra su cuerpo. Cuando lo físico lucha la batalla del cansancio y exige recarga energética, mi amigo ofrece vigilia inagotable, cargamentos de café ennegrecido y extraños procedimientos con los que humilla al sueño, y disfruta su burla como un párroco luego del sermón ante los fieles. Cuando logra un estado de frágil lucidez que se asemeja a esa sensación que tenemos justo al momento de quedarnos dormidos y nos damos cuenta que eso es lo que está sucediendo, Franco inexplicablemente logra mantenerse a voluntad en ese estado durante horas.

Llegó entonces la noche en que se me ocurrió acompañarlo, y terminé descubriendo lo que es estar loco. En ese estado de vigilia ensoñada, Franco comenzó a divagar. Contó que ciertas personas aseguran que un demente no es otra cosa que alguien soñando despierto. Y el término soñar le parecía a su vez un feliz acierto, pero casi una verdad apocalíptica, ya que todo el mundo, tal como lo conocemos, no sería otra cosa que una ilusión colectiva. Bien sabemos que estamos divididos por consciente e inconsciente, y que este último se manifiesta en el sueño ejerciendo su libertad, la cual no encuentra en el estado consciente, gracias a las barreras que imponen la moral, la ética, los valores. Un loco entonces es aquél que ha dejado de reconocer -o ha perdido- todas estas imposiciones, y libera su inconsciencia al mundo material. Es así que sueña despierto. Pero entonces, ¿no está haciendo, no está siendo lo que realmente quiere, y el mundo no le deja ser y hacer? Según Franco, una gran razón para no dormir. Sacar al inconsciente a que tome un poco de aire; volverlo realidad constante. Yo le hice notar que gracias a las manifestaciones de la conciencia encontramos el equilibrio justo para lograr la convivencia con los demás; si no fuera por ésta, ya la raza humana se habría exterminado a sí misma. Y Franco me reprochó -luego de esto no supe qué decir- que ése es nuestro destino. Tarde o temprano vamos a ser exterminados por nosotros mismos, y ya lo estamos haciendo desde que somos hombres; y que gracias (GRACIAS) a la conciencia lo vamos a hacer muy tarde. Es como si estuviéramos pagando nuestro certificado de defunción en cuotas. Despotricó contra la histeria de la raza y sentenció que si vamos hacia nuestro fin, sería mejor hacerlo de una buena vez y no dar tantas vueltas.

“Mirá Juan; todos somos únicos, y eso lo sabemos bien. Esto se debe a que por suerte existe la subjetividad; creo que es la característica más rescatable del ser humano. Gracias a ella no somos logaritmos fríos e incorruptibles números, o piezas compactas de un rompecabezas. Pero a fin de cuentas, ¿lo somos o no? A qué estamos atados, qué o quién nos puso un grillete, de qué somos prisioneros? ¿Qué es este mundo delante de nuestras narices? ¿Vos fuiste partícipe de todas estas reglas y mandatos? ¿Alguien pidió tu opinión para que las cosas sean como son? Las pelotas. Me cago en este mundo. Me cago en vos, en mí y en los demás. Me cago en los que siguen lo estipulado; en la objetividad almidonada. Yo alabo lo subjetivo; mi subjetividad, la tuya, y la de toda la gente que la exprese. Esos miles de mundos diferentes que existen gracias a quienes piensan distinto e intentan hacer esa diferencia, aunque sea desde ese lugar tan chiquitito que ocupan en la sopa que es la gente. Y alabo a los artistas, que riegan con sus perfumes el nauseabundo olor a podrido que reina por todos lados; los artistas, que nos salvan con la sensibilidad de lo subjetivo. Y si decir esto es ser un loco, me cago mucho más en todo, y orgulloso estoy de mi delirio.”

Como dije, esa noche conocí la locura. Y hoy me da miedo lo que veo; siento que lo que me rodea puede llegar a esfumarse en algún momento, que pronto esa ilusión colectiva de la que Franco hablaba va a derrumbarse y a ser escombros de una estabilidad de marioneta, y no encuentro otra salvación que la de cerrar los ojos e intentar verme por dentro para salir afuera. Pero en ocasiones -que son las más- no me gusta lo que encuentro.


(Continuará en próximas publicaciones)
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16 septiembre, 2010


Instructivo N° 4


Tarde o temprano usted notará que las uñas de su mano crecen. Lo mismo en la otra, y si observa que al final de cada una de sus dos piernas hay un pie, el asunto termina siendo un espanto de queratina. Justo cuando usted menos guarda su apariencia y más desprecia la cultura de lo superfluo, ese familiar viscoso o aquél vecino recalcitrante se aparece con un trabajo de manicura que da ganas de apalearlo hasta sentirse feliz. Luego mira cada una de sus uñas, desprolijas y aferrándose hasta la vergüenza de toda su carne, escucha el clamor, esos gritos minúsculos, y siente una lástima insufrible. Usted vela por libertad y justicia, simpatiza con movimientos humanistas y hasta participa en alguna manifestación cuando no hay partido; pero lamentablemente debe censurar la naturaleza, aunque le duela en el alma igual que unas anginas. Es verdad, para que no reine el caos debe existir algún tipo de control; remoto es el tiempo en que la paz y el amor eran estandartes de la más sentida generación que no pudo cambiar al mundo. Dulces los recuerdos de armonía y coexistencia, amplia la cúpula que atesora su ideal; pero usted deberá ahora cortarse las uñas, ya que si por el contrario elige tomarse un vermut en cualquier momento van a amotinarse de tal manera, que bastará una leve comezón en su cuello para que al momento de rascarse llegue la venganza como un zarpazo, repatriando chorros tibios en su camisa y comensales.

No es tiempo de vacilar; sus uñas lo odian y lucharán como nunca nadie ha defendido su existencia. Seguramente recuerda aquella discusión con su ex pareja, y todavía han de dolerle cada uno de los rasguños impartidos; pero sépalo usted, que estaba equivocado. Las causas y razones varían de cuando en cuando, pero generalmente son las mismas. He allí lo superfluo. Las crisis maritales no son otra cosa que un gran pasatiempo para ocultar la cruzada que mantienen las uñas contra los humanos. Quizá piense que esta advertencia es el fruto de un ferviente facundo de feria, pero ni la cacofonía podrá desteñir el siguiente, y más revelador de los hechos: usted está en pavorosa desventaja; son veinte uñas contra un humano, y van a vengarse en el próximo evento cotidiano.

Corra. Grite. Abandónese al caos. Porque el fin puede estar en la próxima caricia.

Seguramente ya tiene su tijera o cortauñas consigo. Ha dejado cualquier idea de libertad, igualdad y fraternidad en París (ya bastante tienen en Francia con las revueltas de vello axilar y la demanda insospechada de afeitadoras descartables). Es hora de sentencia y guillotina.

Para cortarse las uñas deberá usted estar muy atento y ser fuerte de carácter; muchos serán los momentos donde una lástima injusta se cuelgue por los recuerdos: esa picadura donde no ha llegado ni la más valiente de sus yemas, y su uña del meñique, sabia y laboriosa, hurgó en buen momento hasta hacerle sentir el éxtasis; aquél resfrío en su fiesta de confirmación, cuando todos prepararon la foto familiar y usted era puro mocos y baba, hasta la magnífica exploración de su índice en cada fosa nasal para barrer con la vergüenza que sería ver su rostro año tras año en los recuerdos de domingo; y por último pero no menos, la satisfacción de haberle arrancado el pellejo con todos los dedos a ese púber que recreo tras recreo atestaba de arena los bolsillos de su delantal. Para no caer en las redes del sentimentalismo es recomendable la más simple solución: emborracharse. Pero cuidado al hacerlo; puede ser un gran problema si al momento de cortar el mundo se escapa en vueltas; peor aún cuando la vista se dobla; verá usted la revolución en plenas narices y querrá escapar, olvidando que las uñas lo persiguen en su cuerpo. Y usted no quiere eso; usted quiere cortarse las uñas.

Una vez borracho y olvidados los recuerdos, extienda en el suelo una buena porción de nylon y acuérdese de alguna canción de cuna. A las uñas les encantan las dulces melodías. Busque calmarlas, y la oportunidad aflorará en el próximo compás. No se duerma, por favor. Será noticia de primera plana si lo hace. Cantando el arrorró, lentamente acerque su tijera extendiendo la mano pero haciendo de cuenta que va a aplaudir el final de la canción. Cuando crea necesario, grite repentinamente, ateste un seco movimiento, y lance la guadaña en picada contra sus uñas. Cierre, abra una y otra vez, disperse los trozos a diestra y siniestra, hurgue en la fina capa que expulsa su piel de cada invasión, llene de estruendos la noche, corte todo vestigio rebelde. Gane la guerra y extienda su bandera en el campo de batalla.

Querido lector; usted se ha cortado las uñas forjando el poderío de la razón sobre la barbarie. Contemple el premio servido al nylon. Es ardiente el triunfo y la sangre del fin, testigo inviolable de un paso rotundo; vasto el fuego de la determinación. Ahora junte cada trocito que haya resultado de un desliz, y marche al hospital, botella en mano. Nadie, ni los médicos, van a opacarle el festejo.
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15 septiembre, 2010


Génesis


No me gusta el tren fantasma. Contrario a esto, la mayoría de la gente disfruta del mismo, y creo entender por qué tiene tantos adeptos. La razón más evidente es la necesidad de sentir algo tan real y palpable como el miedo, la adrenalina disparada por todo el cuerpo y el corazón bombeando la vida en cada latido; una forma arcaica de saberse vivo, que escapa a cualquier intento de lógica, y conecta directo a los temores primarios de una persona, como la oscuridad, lo oculto o lo sobrenatural. Es también un deleite masoquista; quien se lanza a esa nada lúgubre está alimentando lo más íntimo y traumático de su infancia, o quizás construye un acto de osadía contra el mismo temor, una suerte de provocación efímera para salir victorioso al terminar el recorrido; aunque yo no he visto a nadie entrar solo. Siempre es acompañado. Es muy sencillo compartir la experiencia si se tiene otra persona para tomar del brazo y sentirse protegido, pero quisiera ver qué sucede si alguien se expone al hueco del tren fantasma en la más absoluta soledad. Estoy seguro que de esta manera la atracción ya estaría entre aquellos divertimentos que la mentira del progreso se ha tragado. Pero más allá de todo esto, más allá del miedo en sí, hoy en día veo que la convocatoria del paseo se resume a una sola cosa: sentir. Sentir algo. Aunque sea espantoso. Pero algo real.

He vivido lo suficiente para afirmar, como dice la gente grande, que el mundo de hoy ya no es el de antes. Podría hacerse una salvedad al respecto y decir que el mundo sigue siendo el mismo, y la gente es la que ha cambiado. Yo declaro lo siguiente: el mundo es el mismo y la gente también; lo único que cambian son las máscaras. Y este presente que nos toca atestiguar es la era de la máscara. Todos están escondidos, viviendo el anonimato, al resguardo del otro, mirando por sobre los hombros. ¿Pero qué ha vuelto a las personas así? El miedo. Un miedo demasiado abstracto y volátil como para entenderlo y difícilmente identificarlo. Muta constantemente: temor a mostrarse real, vulnerable y lleno de errores, prejuicios ante lo nuevo o distinto, competencia desleal y traicionera, individualismo salvaje y excluyente, miedo a saltar vacíos confiando en los demás sin pensar en las consecuencias; y así se termina siendo otros, esos, aquellos, los demás, y nunca nosotros. Hoy es tiempo del nadie. Nadie hace, nadie dice; sin embargo el mundo sigue andando.

Entonces, en este reino absoluto de la máscara y las apariencias, cabe preguntarse cual es la realidad. La realidad del ser humano es su miedo más íntimo. Es lo único auténtico y palpable que le ha quedado. Por eso entiendo que tantas personas se vuelquen al tren fantasma y siga vigente, a pesar de la falsa explosión de sentidos a la que nos ha llevado la tecnología. Es paradójico: se huye del miedo a través del miedo, y se busca lo real a través del disfraz. Porque justamente la atracción es eso, una gran máscara oscura, maquillada de celofán y cartón, escenario de humedad, sombras y mugre, cables, alambres y dispositivos de puro artificio, laberintos que hacen vivir el horror auténtico y primigenio, un miedo puro y cristalino que toma forma diferente para cada uno, pero que sin duda alguna viene del mismo lugar, de la misma entraña, la misma humanidad y el mismo temor instintivo que hace a todos iguales. Ése es el miedo real, y no el que reina en el mundo fuera de los túneles del tren fantasma; ése es el miedo que nos muestra la verdad: la gente no ha cambiado nunca.

Aún así, tras décadas enteras de trabajo sin interrupciones y conociendo todos los secretos sobre el arte de asustar, hoy desprecio mi labor en este sitio. Tarde o temprano iba a suceder, lo supe cuando huí de mis tierras ya hace tiempo, y finalmente estoy cansado. Vivir encerrado en esta mentira decorada no es para mí; no me han nacido para esto. Sin embargo, nunca me he sentido tan a gusto en otro lugar que no sea éste. Y no hablo de melancolía o nostalgia por antaño, ni remembranzas de niñez; este lugar es lo más cercano a un hogar que he tenido en mucho tiempo. Allá afuera los autos, las luces, el ruido, el rebaño y la acometida furiosa del progreso me han desplazado definitivamente, para terminar en este hueco escondido y apagado. Todo por tener escrúpulos; por dudar del llamado natural. Por creer en el ser humano. Una raza acabada, mohosa, sin ningún atisbo de humanidad, viviendo una mentira y en la recta final que conduce a la destrucción. Eso es lo que buscan en estos túneles; revivir el último baluarte de sus realidades. Eso es lo que piden: la aniquilación total del afuera, la muerte de la máscara, la urgencia de un nuevo camino; realidad a través de lo auténtico.

El paso del tiempo y el curso de la historia han demostrado que no hay lugar en el mundo para lo que soy. Así como se debe aceptar lo irreparable, abracé esta idea y me hice a un costado, legando el reino a la humanidad, sólo para ser testigo de su decadencia y posterior caída en este presente aciago. Hoy, la quimera del hombre está abierta junto a las puertas del tren fantasma, clamando el desenfreno del horror y la sangre. Porque la sangre es vida. Y a través de ella nacerá un nuevo mundo, como también el verdadero cambio. Ellos quieren realidad; yo les daré al vampiro.
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06 septiembre, 2010


Espejitos De Colores 5


No son los muertos los que en dulce calma
la paz disfrutan de la tumba fría;
muertos son los que tienen muerta el alma
y viven todavía.

No son los muertos, no, los que reciben
rayos de luz en sus despojos yertos;
los que mueren con honra son los vivos,
los que viven sin honra son los muertos.

La vida no es la vida que vivimos,
la vida es el honor, es el recuerdo,
por eso hay muertos que en el mundo viven
y hombres que viven en el mundo, muertos.


Antonio Muñoz Feijoo.
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05 septiembre, 2010


Ramón


Mar adentro,
mar adentro.

Y en la ingravidez del fondo
donde se cumplen los sueños
se juntan dos voluntades
para cumplir un deseo.

Un beso enciende la vida
con un relámpago y un trueno
y en una metamorfosis
mi cuerpo no es ya mi cuerpo,
es como penetrar al centro del universo.

El abrazo más pueril
y el más puro de los besos
hasta vernos reducidos
en un único deseo.

Tu mirada y mi mirada
como un eco repitiendo, sin palabras
‘más adentro’, ‘más adentro’
hasta el más allá del todo
por la sangre y por los huesos.

Pero me despierto siempre
y siempre quiero estar muerto,
para seguir con mi boca
enredada en tus cabellos.


Ramón Sampedro.
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28 agosto, 2010


Aparecer(teme)


Me vale el peso en tu ausencia, lamiendo al tiempo perdido, cayendo como un pendiente (pendiente de todo). Descansa en palma, sudor y ambiente. Sí; gusto de emprender viaje, canto para andar presto, porque tú y la sonrisa ninfa. En blanca imagen de hambres te enciende la noche, llama ardiendo que brama a la calma. Y desprendo gemido, dibujos y brazos prietos, los hijos del muro vientre; lleguen, griten nombres que has tenido por cada vez que he besado. Un beso era tierra abierta; otro aljibe de boca, seca lengua que explora, tiempo vacuo y luz salival. La caricia como el tiempo en la vida, y ya nada sin ese capricho, el de andar pregonando el idioma del cuerpo; esa forma de hablar sin palabra, pero amándola en todo momento. La palabra: tu forma cielo, tu carne horizonte, recuerdo donde hoy mismo, para vengar tu ausencia.
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23 agosto, 2010


Espejitos De Colores 4


Mientras tomemos lo útil como lo útil, nada hay que objetar. Pero si esta preocupación por lo útil llega a constituir el hábito central de nuestra personalidad, cuando se trate de buscar lo verdadero tendremos a confundirlo con lo útil. Y esto, hacer de la utilidad la verdad, es la definición de la mentira.


José Ortega Y Gasset, El Espectador.
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03 agosto, 2010


Proporciones


En la plaza hay albores de sol cuando el Queco llega y comienza a buscar un buen sitio de pasto y serenidades. Le es imperante descansar un poco la perspectiva, ya que hasta hace rato no ha hecho otra cosa que mirar demasiada gente en la calle -e irremediablemente- sentirse muy solo. Y como los Quecos llevan de estandarte el amor a la soledad, tanto bullicio de veredas y peatones lo ha descolocado: lleva la nariz en los dientes, los dientes en la frente y las ganas de alguien en las manos, algo así como querer abrazar. Busca y desespera entre los bancos de la plaza, pero en cada uno de ellos encuentra razones que se dispersan en sus brazos para estirarlos y apretujarse muy fuerte; el anciano dando de comer a las palomas, la madre haciendo mimos al bebé, los niños jugando a la popa, la chica que lo mira de reojo y sonríe tibiamente.

El Queco se pone muy nervioso y ahora sus orejas están en los hombros. Corre al azar, a diestra y siniestra siente la tarde, hasta que por fin el aquelarre de sus piernas lo llevan detrás de unos árboles donde el pasto es tan verde como el rojo en el vestido amarillo que lleva esa Tita, de espaldas al suelo, de frente al cielo y de ojos cerrados. Como es costumbre, un encuentro de estas magnitudes es infortunio para el Queco, que de un sobresalto da media vuelta y se dispone a correr pelándose los codos que ahora están donde sus pies. Recuerda que al fin y al cabo el Merthiolate arde a mares, y luego de un sollozo con voz desconocida, se sienta en el césped a merced del azar.

–Gracias –dice la Tita, igual de tibio que la chica que lo mira de reojo.

Como si fuese la nueva costumbre antigua, el Queco se siente en la cuerda floja, a punto de subirse a una aventura de las que no le gustan, esas que no se pueden controlar.

–No entiendo por qué me agradeces, Tita serena.

–Que gracias por el salto floral que diste cuando me encontraste. Mira qué lindo ha quedado mi vestido. Aunque creo que el sueño no es tan mío como pensaba; yo no hice esto. Y la intensidad de un simple beso es proporcional a un abrazo que a brazos damos.

Ciertamente, el vestido ahora está lleno de flores, y el Queco dado vuelta de afuera hacia adentro, o viceversa. Pareciera que empieza a entenderlo absolutamente nada; porque le encantaría reprocharle tantas cosas, pero lo único que le sale es quedarse atónito. Y le sale horrorosamente bien.

–Y perdón, mi Queco... Estás hecho un rompecabezas hermoso que no te gusta, pero siempre me pasa que cuando sueño, juego mucho con lo que no puedo al estar despierta. Por lo menos uno puede ser dueño del sueño, ¿no te parece?

–Pero Tita, ¿cómo es esto? ¿Estás soñando conmigo? –dice el Queco con la voz muy bajita, tanto que se da cuenta que en realidad no ha movido los labios y el sonido resuena en su cabeza. La respuesta le llega de la misma manera, tan vital y desde las entrañas, que siente como si estuviera hablándose a sí mismo. –Y si dejaras de soñar, ¿qué será de mi?

–No lo sé, Queco. Pero creo que sería bueno averiguarlo. Ven que te pellizco a ver qué me sucede –dice la Tita, mientras extiende sus brazos. –Acertar un abrazo ante la necesidad del mismo vale por dos, el uno y el otro. Pero poder pedirlo, vale la vida misma.

–¡No me toques, Tita de la perdición! –grita el Queco, mientras siente que toda su existencia pende de un hilo de barrilete. –¿No ves que este es mi mundo? ¿Que sólo aquí existo y me sé vivo, en esta ventana de imaginación y sueño? ¡No quiero desaparecer, Tita, no lo hagas, por favor, que quiero tantas cosas, tantas que no puedo explicar! –termina diciendo con los brazos muy abiertos.

La Tita lo mira y sonríe tiernamente. El Queco está a punto de llorar. Se acerca a su rostro, le da una caricia con el dorso de su mano, pone cada cosa en su lugar y lo mira al fondo de los ojos, tan adentro que el Queco ve su mirada reflejada en las pupilas de la muchacha como él mismo.

–Tanto en tan poco, –dice la Tita. –Mira qué hermosos son tus brazos abiertos. ¿Quieres un abrazo, Queco?

–Siento mucha vergüenza, Tita. Me gusta tanto estar solo. Pero sí.

–¿Sí qué?

–Quiero un abrazo.

–Entonces despierta. Quizás la realidad no sea tan distinta a la de tu sueño, y yo quiera un beso que se sienta como un abrazo, y tú un abrazo que se sienta como un beso. O viceversa. Igualmente ya sabes que son proporcionales.

–¿Qué?

–Que despiertes –y tomándolo de los hombros, lo empuja hacia atrás.

De pronto un abismo, la caída libre, y justo antes del impacto el Queco despierta en el césped de la plaza, bajo un sol radiante y junto a la Tita y su vestido floreado en una siesta de tres de la tarde. La contempla muy despacio para no despertarla y se acerca a su rostro, mientras siente el tibio ida y vuelta de su respirar en él. Mira hacia un lado, mira hacia el otro, se pone colorado y le da un pequeño beso en los labios, que siente como un abrazo, que siente como un sueño, que siente como un todo. La Tita despierta y sonríe de punta a punta.

–Hola de nuevo, Queco –y lo abraza.
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30 julio, 2010


Cuadrante Inferior Izquierdo


Le fue inútil intentar recordarla. Ya sea porque algunas veces el detalle de su hombro reflotara un momento, allí en el límite de la foto, con amigos y torta de cumpleaños; ya sea porque a las tres de la tarde sonara una débil melodía de plaza, como cuando niños; ya sea al oír algún llanto travieso, colgado en la vidriera de una tienda. Sabía que pronto le quedaría el olvido, único recuerdo de que algo se había perdido para siempre. Pero estaba su hombro, de saco beige y botones nácar, rayando al tiempo que se mostraba a punto de volver. Quizá en ese pequeño anhelo la vida escapara en un santiamén, abriendo un nuevo camino; quizá una tarde de veredas y sol le cruzaría una mirada. Pero fue inútil intentar recordarla, una y otra vez lo fue.

Dejarla ir, como esas cosas nulas para dejar ir, retazo antiguo que podría haber sido, o todo lo contrario. Su hombro en la fotografía, siempre allí, siempre la duda certera.
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24 julio, 2010


Espejitos De Colores 3


¡Ay! Siempre son contados aquellos cuyo corazón conserva largo tiempo sus ánimos y su impetuosidad; en este pequeño grupo el espíritu permanece perseverante. Todo el resto es cobardía. El resto es siempre la mayoría, los vulgares y los superfluos; los que están de más... ¡Todos ellos son cobardes! Quien sea de mi especie topará en su camino con aventuras semejantes a las mías: de suerte que sus primeros compañeros deberán ser cadáveres y acróbatas. Los segundos compañeros, sin embargo, se llamarán los creyentes: una animada multitud, mucho amor, mucha locura; mucha veneración infantil. Quien pertenezca a mi especie entre las personas deberá ligar su corazón a estos creyentes. ¡Quien conozca la especie humana, feble y huidiza, no deberá creer en estas primaveras ni en estas policromas praderas! Si estos creyentes pudiesen de otra manera, querrían de otra manera también. Lo que no es más que a medias, destruye a todo lo que es completo.


Friedrich Nietzsche, Así Habló Zaratustra.
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