15 septiembre, 2010


Génesis


No me gusta el tren fantasma. Contrario a esto, la mayoría de la gente disfruta del mismo, y creo entender por qué tiene tantos adeptos. La razón más evidente es la necesidad de sentir algo tan real y palpable como el miedo, la adrenalina disparada por todo el cuerpo y el corazón bombeando la vida en cada latido; una forma arcaica de saberse vivo, que escapa a cualquier intento de lógica, y conecta directo a los temores primarios de una persona, como la oscuridad, lo oculto o lo sobrenatural. Es también un deleite masoquista; quien se lanza a esa nada lúgubre está alimentando lo más íntimo y traumático de su infancia, o quizás construye un acto de osadía contra el mismo temor, una suerte de provocación efímera para salir victorioso al terminar el recorrido; aunque yo no he visto a nadie entrar solo. Siempre es acompañado. Es muy sencillo compartir la experiencia si se tiene otra persona para tomar del brazo y sentirse protegido, pero quisiera ver qué sucede si alguien se expone al hueco del tren fantasma en la más absoluta soledad. Estoy seguro que de esta manera la atracción ya estaría entre aquellos divertimentos que la mentira del progreso se ha tragado. Pero más allá de todo esto, más allá del miedo en sí, hoy en día veo que la convocatoria del paseo se resume a una sola cosa: sentir. Sentir algo. Aunque sea espantoso. Pero algo real.

He vivido lo suficiente para afirmar, como dice la gente grande, que el mundo de hoy ya no es el de antes. Podría hacerse una salvedad al respecto y decir que el mundo sigue siendo el mismo, y la gente es la que ha cambiado. Yo declaro lo siguiente: el mundo es el mismo y la gente también; lo único que cambian son las máscaras. Y este presente que nos toca atestiguar es la era de la máscara. Todos están escondidos, viviendo el anonimato, al resguardo del otro, mirando por sobre los hombros. ¿Pero qué ha vuelto a las personas así? El miedo. Un miedo demasiado abstracto y volátil como para entenderlo y difícilmente identificarlo. Muta constantemente: temor a mostrarse real, vulnerable y lleno de errores, prejuicios ante lo nuevo o distinto, competencia desleal y traicionera, individualismo salvaje y excluyente, miedo a saltar vacíos confiando en los demás sin pensar en las consecuencias; y así se termina siendo otros, esos, aquellos, los demás, y nunca nosotros. Hoy es tiempo del nadie. Nadie hace, nadie dice; sin embargo el mundo sigue andando.

Entonces, en este reino absoluto de la máscara y las apariencias, cabe preguntarse cual es la realidad. La realidad del ser humano es su miedo más íntimo. Es lo único auténtico y palpable que le ha quedado. Por eso entiendo que tantas personas se vuelquen al tren fantasma y siga vigente, a pesar de la falsa explosión de sentidos a la que nos ha llevado la tecnología. Es paradójico: se huye del miedo a través del miedo, y se busca lo real a través del disfraz. Porque justamente la atracción es eso, una gran máscara oscura, maquillada de celofán y cartón, escenario de humedad, sombras y mugre, cables, alambres y dispositivos de puro artificio, laberintos que hacen vivir el horror auténtico y primigenio, un miedo puro y cristalino que toma forma diferente para cada uno, pero que sin duda alguna viene del mismo lugar, de la misma entraña, la misma humanidad y el mismo temor instintivo que hace a todos iguales. Ése es el miedo real, y no el que reina en el mundo fuera de los túneles del tren fantasma; ése es el miedo que nos muestra la verdad: la gente no ha cambiado nunca.

Aún así, tras décadas enteras de trabajo sin interrupciones y conociendo todos los secretos sobre el arte de asustar, hoy desprecio mi labor en este sitio. Tarde o temprano iba a suceder, lo supe cuando huí de mis tierras ya hace tiempo, y finalmente estoy cansado. Vivir encerrado en esta mentira decorada no es para mí; no me han nacido para esto. Sin embargo, nunca me he sentido tan a gusto en otro lugar que no sea éste. Y no hablo de melancolía o nostalgia por antaño, ni remembranzas de niñez; este lugar es lo más cercano a un hogar que he tenido en mucho tiempo. Allá afuera los autos, las luces, el ruido, el rebaño y la acometida furiosa del progreso me han desplazado definitivamente, para terminar en este hueco escondido y apagado. Todo por tener escrúpulos; por dudar del llamado natural. Por creer en el ser humano. Una raza acabada, mohosa, sin ningún atisbo de humanidad, viviendo una mentira y en la recta final que conduce a la destrucción. Eso es lo que buscan en estos túneles; revivir el último baluarte de sus realidades. Eso es lo que piden: la aniquilación total del afuera, la muerte de la máscara, la urgencia de un nuevo camino; realidad a través de lo auténtico.

El paso del tiempo y el curso de la historia han demostrado que no hay lugar en el mundo para lo que soy. Así como se debe aceptar lo irreparable, abracé esta idea y me hice a un costado, legando el reino a la humanidad, sólo para ser testigo de su decadencia y posterior caída en este presente aciago. Hoy, la quimera del hombre está abierta junto a las puertas del tren fantasma, clamando el desenfreno del horror y la sangre. Porque la sangre es vida. Y a través de ella nacerá un nuevo mundo, como también el verdadero cambio. Ellos quieren realidad; yo les daré al vampiro.


6 comentarios: on "Génesis"

Elchiado dijo...

Volveré con tranquilidad para leer. De momento, dejo aquí una felicitación de letras y un abrazo, Feliz San Juan!!

Juanopio dijo...

Gracias compañero, ya sabes que eres bienvenido cuantas veces quieras, un abrazo!

Elchiado dijo...

En este tren cabemos todos; no hay problema para conseguir un billete, aunque sea de última hora. Y, por si alguien quedara rezagado, se han habilitado multitud de estaciones a lo largo de todo el camino, que llevan los siguientes nombres: Indiferencia, Ignorancia, Conformismo, Tolerancia a la medida...

Un abrazo

Juanopio dijo...

Amigo Elchiado, la lista es larga...

Un gran abrazo.

forunculo dijo...

Excelente post, me identifique mucho. Seguire curioseando el blog. un abrazo.

Juanopio dijo...

Gracias Forúnculo, pasate cuando quieras, un abrazo grande!

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